Los encantos de Sombras tenebrosas

Sombras tenebrosas

Cada medianoche de su infancia y su juventud, el joven Tim Burton la pasó, todos lo saben, viendo películas de terror por televisión. Ahora bien, lo que tal vez no sepan muchos, es que por las tardes miraba telenovelas. Bueno, una telenovela al menos. OK; en rigor, no cualquier telenovela, sino una que tenía la particularidad de estar coprotagonizada por vampiros y lobizones, y que hoy es un clásico de culto.

Aquel hermoso cachivache (mayormente desconocido por acá, pero que fue editado en dvd, completo, en EE.UU.) se llamó Dark Shadows, y duró cinco años, entre 1966 y 1971, de emisiones diarias. Eso da más de 1200 capítulos. Cuatro décadas después, sus fanáticos no la olvidan. Y entre ellos, un par –el director de El joven manos de tijera y su actor fetiche, Johnny Depp– creyeron que no era una mala idea desenterrarla, exhumarla, desempolvarla, resucitarla. Para el cine. Y con aliento retro, ambientándola en 1972, truco perfecto para poner en escena a la cada vez más atractiva adolescente Chloë Grace Moretz (la de Kick-Ass) en plan hippie-fumeta híper-sensualizada, y desplegar una batalla entre la música presuntamente más ñoña de su época –la de Los Carpenter– y el rock más áspero de Alice Cooper (“una mujer muy fea”, al decir del protagonista). Lo más encantador de Sombras tenebrosas, en todo caso, es que no toma partido necesariamente por la vertiente más obviamente cool de la cultura pop de aquellos tiempos, como queda en evidencia cuando ofrece uno de sus momentos más disfrutables, un clip  “de montaje” en el que suena, completa, “Top of the World” en la voz hechizada, dulce y melancólica de, justamente, Karen Carpenter. Llámenlo placer culpable, si quieren.

El resto no es otra cosa que una breve excusa argumental aggiornada por uno de los guionistas de moda en los estudios hollywoodenses, Seth Grahame-Smith, autor del bizarro y deforme éxito editorial de Orgullo, prejuicio y zombies, y de la adaptación para cine de su propia novela, Abraham Lincoln: cazador de vampiros. Alcanza con contar que esta remake de la novela creada por el productor, escritor y director Dan Curtis en los ’60,  retoma la historia de Victoria Winters, joven huérfana que llega a  la antigua y algo tenebrosa mansión de la familia Collins en Nueva Inglaterra para trabajar como institutriz, cargando un pasado lleno de misterios. Ocurre que Victoria es una suerte de reencarnación de la novia trágica del patriarca de la familia Collins, Barnabas, fallecido siglos atrás pero condenado a la vida eterna. El resto, es la “burtonización” de este relato de culto que tantos norteamericanos recuerdan con afecto. Léase, el triunfo de la dirección de arte, la psicodelización de los decorados, Depp como Barnabas, y el fugaz pero siempre emocionante cameo de Christopher Lee.

Y un poco de sex & violence, también, como corresponde a un artefacto empeñado en trasladarnos a los setenta. En principio, aunando los dos términos (el sexo más la violencia), está Michelle Pfeiffer –que a los 53, más de veinte años después de Gatúbela, está más hermosa que nunca–, escopeta en mano. Y Helena Bonham Carter, en llamas, convertida en la doctora Hoffman, personaje de la tira original  obsesionada con probar también un poco de sangre eterna. Y, finalmente, Eva Green, inolvidable bruja que es un auténtico, literal, tornado de erotismo que arrasa con todo a su paso. Si todo lo anterior no los convenció, sépanlo: a este terceto vamp e intergeneracional no hay muerto que se le resista.

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