Ordinaria locura

Néstor Frenkel

 

En la Argentina de hoy se hacen muchos documentales, generalmente siguiendo las reglas de la televisión a la cual alimentan.  Una de las excepciones es Néstor Frenkel, cineasta de 46 años que hace ya una década viene construyendo una obra muy personal, justamente en un género que no parece el más fácil para hacerlo.  De hecho, Frenkel no es sólo uno de los mejores documentalistas del nuevo cine argentino, sino también un hábil comediante… con las mismas películas.

Buscando a Reynols (2004) es el primero de esta serie que pasea por temas bien disímiles con ojo travieso. Reynols era la banda ideal para un documental de Frenkel: mucho más conocida que escuchada, ya que tocaban raramente, pero con un culto muy difundido por la crítica de rock más vanguardosa, eran conocidos por sus no-recitales y sus discos inconseguibles, puro concepto, así como por tener un baterista con síndrome de Down.  ¿Cómo una banda de vanguardia iba a tener un músico con síndrome de Down?  La película logra contar la historia sin terminar de desentrañar el misterio, que es lo que construyó el mito de Reynols.  Frenkel lo sabe y nos muestra las cosas más extrañas sin abandonar un estilo deadpan al encarar a sus retratados, algo que al principio parecía copiado de Jarmusch pero con el tiempo se iría transformando en su marca personal.

¿Frenkel se ríe “con” o “de” los entrevistados?  El que después de ver la película se siga haciendo esta pregunta, hay que decirlo, es porque no entendió la propuesta (como decía una recordada publicidad del Bafici: “si no es para vos, no es para vos”.)  El humor de Frenkel deja gente afuera, generalmente a quienes miran con la lente de la corrección política.  Pero ¿cómo explicar sino, por ejemplo, la relación de amistad que unió a una banda ruidista como Reynols con el pediatra Mario Socolinsky, cuyo programa de televisión musicalizaban?  El que vea en ese gesto una cargada a Socolinsky está errando el vizcachazo: en realidad se trató de un socorro mutuo, una extraña situación win-win -como dicen los economistas- entre dos palos tan diferentes que su relación parece inverosímil.  Pero la hubo, y si puede decirse que el doctor “usó” a la banda en provecho de su propia imagen, también es cierto que gracias al bolo los músicos pudieron vivir de su trabajo.

Ese extraño equilibrio es similar al que logra Frenkel con sus entrevistados.  En Amateur (2011), un loco del súper-8 llamado Jorge Mario es mostrado en toda su ingenuidad pueblerina, provocando a la vez risa y admiración.  Todos nos damos cuenta de que es un aparato, y él primero que nadie.  La simple exageración de su rutina de hobbies -en la que Mario colabora activamente- produce una empatía inmediata con alguien que en persona podría resultarnos agobiante, monotemático, un freak.  Y sin embargo uno termina queriéndolo; hay nobleza en su dedicación.  Más aún, Amateur recupera un western amateur realizado íntegramente en súper-8, con no actores, que es una pequeña maravilla del cine casero; Frenkel lo había descubierto en una temprana edición del Home Movie Day, celebración abierta de los viejos tesoros del superochismo que se realiza todos los años en Buenos Aires.

En El gran simulador (2013), su último opus, el punto de partida es opuesto: su protagonista es nada menos que René Lavand, el prestidigitador más famoso de la Argentina, una leyenda viviente.  Otro hombre lleno de secretos, que ya nos ganó el corazón antes de ver la película.  La mirada paciente de Frenkel, entonces, buscará los defectos más nimios en esa imagen-coraza: la visión de un Lavand impotente ante un teléfono ligado nos descubre, entre risas, que el mago deslumbrante es después de todo un hombre.  El velo de la figura se corre y deja ver a la persona, un poco como en los grandes reportajes escritos de Gay Talese o Tom Wolfe.

Cualquiera de estos documentales es de visión obligada si uno tiene admiración por el buen cine, más allá del interés que se tenga de antemano por los personajes.  De hecho Frenkel consiguió su mayor triunfo artístico con el retrato de un pueblo anodino, Federación (provincia de Entre Ríos), conocido por haber sido corrido de lugar, en época de Videla, para dejar paso a una represa hidroeléctrica.  Con humor pero también con enorme paciencia, y un gran sentido visual, Construcción de una ciudad (2007) descubre la nostalgia por la ciudad perdida detrás de los manierismos de sus vecinos, evitando tanto la ironía fácil como la bajada de línea militante, y encontrando en el camino unos personajes entrañables en su bizarría, un poco parientes de aquellos texanos de True stories, falso documental realizado en los ochenta por el músico David Byrne.

 

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