Rápidos y furiosos

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Jean-Pierre y Luc Dardenne

Hace unos quince años que los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne tienen una de las carreras más definidas y personales del cine contemporáneo. Pero no encajan del todo en el molde del cine de autor. Para empezar son dos, y comparten por igual dirección, producción y guión de sus films. Además, recién empezaron en la ficción después de rodar una decena de documentales; los que lograron con éxito ese paso se cuentan con los dedos de una mano. Y si bien tienen todo que ver con la tradición francesa, sus historias transcurren en Bélgica, donde nacieron, viven y trabajan.

En 1996 se hicieron conocidos en los festivales con La promesa, una película que pasa como una exhalación y donde ya estaban maduros todos los elementos de su cine posterior. Ahí se encontraba un rigor dramático poco habitual en otros cineastas, que provoca una incomodidad casi física; los personajes parecen no tener un momento de descanso, y tampoco el espectador. También estaba el “trote” de las escenas, construido con saltos de montaje y una cámara siempre en mano, un poco al estilo del entonces novedoso Dogma danés (pero no en video sino en 16 mm). Y la característica mirada fisgona, que parece asomarse sobre el hombro de los protagonistas, respirándoles en la nuca: una cámara-mochila que de alguna manera da entidad física al agobio de los personajes. No es un invento de los Dardenne, pero este punto de vista nunca había resultado tan eficaz y se convirtió en marca de estilo, un poco como le pasa a Kiarostami con sus planos desde un auto en movimiento.

“Hace unos quince años que los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne tienen una de las carreras más definidas y personales del cine contemporáneo. (…) Recién empezaron en la ficción después de rodar una decena de documentales; los que lograron con éxito ese paso se cuentan con los dedos de una mano.”

En el caso de los belgas, es el recurso perfecto ya que se trata de espiar los gestos más mínimos de unos personajes que tratan de ocultar sus pensamientos. Están al costado de nosotros, literalmente al margen: inmigrantes ilegales, adolescentes, drogones, gente atenta al próximo rebusque, atisbando su limitado horizonte. La ley, en tales territorios, suele estar en un lugar secundario frente a la necesidad.  En las historias de los Dardenne siempre hay un dilema moral, y lo manejan sin concesiones.  No hace falta mucho más para hacer de su cine una experiencia memorable, semejante a transitar una ruta pedregosa a gran velocidad.

Su siguiente film, Rosetta, ganó la Palma de Oro de Cannes en 1999 y desde entonces participarían siempre de su competencia oficial (volvieron a ganar en 2005, por El niño). La adolescente Rosetta vive en un trailer con su madre alcohólica y comienza el film siendo despedida de la fábrica donde trabaja, tras terminar su período de prueba: una estafa del otro mundo, el institucional.  Experiencias simples como éstas, en alguien que todavía está aprendiendo a ser adulto, se viven con desesperación mal disimulada. En este punto hay que decir que el talento de los Dardenne para seleccionar y dirigir actores jóvenes o no profesionales (como Émilie Dequenne en Rosetta o Jérémie Renier en La promesa) es superlativo y parte fundamental del éxito de los fims.

Olivier Gourmet, un profesional que había tenido papeles secundarios clave en los films anteriores, sería el protagonista de El hijo (2002): un hombre que descubre que el asesino de su hijo acaba de salir de la cárcel y se dedica a seguirlo.  Sabemos que por su cabeza pasa una idea espantosa y eso nos hace oscilar entre la identificación y la repulsión. Las películas de los Dardenne suelen terminar en el punto más álgido del conflicto; más exactamente, un instante después de ese clímax. La catarsis, si cabe, deberá hacerla el espectador por su cuenta mientras corren los créditos. Se trata de un cine de máxima intensidad, de condensación dramática, y como tal hay que tomarlo. Si se busca pasarla bien, mejor mirar por otro lado. Pero el suspenso que destilan sus películas ya lo querrían varios artesanos del cine de género.

En El silencio de Lorna (2008) la protagonista está relacionada con una suerte de mafia que consigue papeles a inmigrantes de Europa del Este. Sobre ella se cierne la inminencia de un crimen mucho mayor, del que no quiere sentirse responsable. Esta vez, ese clímax ocurre a mitad de la película y el tema es cómo hará Lorna para digerirlo. Para que nos quede claro, los Dardenne hacen algo impensado: eliminan la escena en cuestión, y pasamos de las esperanzas de Lorna al día después en un simple corte, una elipsis que hiela la sangre.

Su último film estrenado hasta ahora, El chico de la bicicleta (2011) es el primero en que trabajan con una estrella, Cécile de France (este año repetirán con Marion Cotillard). El niño protagonista (interpretado por un no actor) vive de rapiñas y pequeños robos. Una visita al reformatorio le dará la oportunidad de intentar otra vida con Cécile como tutora; las dificultades entre ellos serán el conflicto del film y la relación con el padre biológico, motivo de escenas que no escatiman dureza, sin caer jamás en el golpe bajo.

Los Dardenne no necesitan violines ni explosiones de llanto para provocar el drama; saben que está ahí, a la vuelta de la esquina, que el suyo es un infierno democrático y cotidiano. El nuestro.

 

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