Reefer Madness: Algunos motivos para ver una película horrible

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Propaganda contra la marihuana

En general, uno tiende a recomendar películas que le gustan. O sea, películas que le parecen atractivas, interesantes, entretenidas, originales, lindas, graciosas, emocionantes o cualquier otra cualidad positiva que justifique sentarse a perder una hora y media de vida viendo imágenes en movimiento frente a una pantalla. En cambio, en esta nota voy a hacer exactamente lo contrario: les voy a recomendar Reefer Madness (Louis Gasnier,  1936), una película mala. No, peor que mala: malísima, horripilante, de décima. ¿Y por qué voy a hacer semejante cosa? Por algunos de los siguientes motivos. Prepárense. Tres, dos, uno… acá van.

El primero es que es una película extrema. Se sabe que a los seres humanos nos gustan, o más bien nos generan una especie de fascinación morbosa, los fenómenos extremos. Ante un accidente de tránsito, todos detenemos la marcha para pispear qué pasó, aunque en el fondo no nos incumba en lo más mínimo. Si les digo que en este video puede verse el moco más grande del mundo, es probable que ustedes vayan y lo vean. Bueno, Reefer Madness es el equivalente cinematográfico a un accidente de tránsito o a un moco gigantesco. No se hacen películas mucho peores que esta. Cinematográficamente nula, narrativamente torpe, atiborrada de personajes absurdos y acartonados, carente de toda lógica, mentirosa a más no poder, Reefer Madness es probablemente la película anti-drogas (y especialmente anti-marihuana) más infame de la historia. Y es justamente este carácter extremo lo que le confiere su interés.

El segundo motivo está relacionado con el primero: Reefer Madness, de tan extrema y ridícula, es graciosa. Es preferible no contar detalles del argumento, para no anular la sorpresa de descubrirlos, pero a grandes rasgos, y al igual que muchos otros largos y cortos anti-drogas de la época, la película narra la vida de un chico normal que cae “bajo las garras de las drogas”. Lo curioso de Reefer Madness es (a) el grado insólito de ñoñez que ostenta el protagonista principal, que usa moño, es británicamente amable con su suegra y se la pasa recitando Shakespeare con su novia, (b) lo abrupto de la caída: nuestro querido protagonista fuma un cigarrillo de marihuana y antes de terminar de inhalar el humo, se instala sobre su cabeza una sempiterna tormenta de calamidades y (c) cómo a cada rato, el fluir más o menos natural de la trama se ve interrumpido por un experto, que nos cuenta casos igualmente monstruosos relacionados con la  marihuana, como el de aquel muchacho que, bajo los efectos del demoníaco estupefaciente, procedió sin más a asesinar a toda su familia con un hacha. Dije que no iba a contar detalles de la película, pero no me pude contener. En fin. Lo importante es que Reefer Madness no tiene nada que envidiarle a otras películas divertidamente malas como Plan 9 del espacio sideral (Ed Wood, 1956) o Me casé con un comunista (Robert Stevenson, 1949).

El tercer motivo para verla es que la película tiene un valor alto para aquellos que estén interesados en la historia de las drogas en los Estados Unidos. Los treinta fueron fundamentales porque a mediados de la década se promulgó en el país la Marihuana Tax Act, que oficialmente prohibía y penalizaba el consumo de marihuana. Reefer Madness, que es de 1936 y fue financiada por un grupo de padres de una iglesia llamado “Cuéntenle a sus hijos”, no es una anomalía del sistema sino una pieza más de la campaña anti-drogas, demonizadora y  confusa, que se llevó adelante a partir de los treinta. Esta campaña llegaría a su pico demencial en la ultra-conservadora década del cincuenta, con cortometrajes como The Terrible Truth, Drug Addiction y Subject: Narcotics, que pueden verse gratuitamente en Internet Archive. Curiosamente, una década más tarde, la campaña anti-drogas sufriría un duro revés con el hippisimo, movimiento que abiertamente defendía el consumo de la marihuana y el LSD. Pero los sesenta fueron un breve paréntesis y con la caída del hippismo, todo volvió, en materia de drogas, a la represiva normalidad.

El cuarto y último motivo es educativo, casi cívico. Más allá de la risa o irritación que puede producirnos Reefer Madness en particular y las películas anti-drogas antiguas en general, verlas nos sirve para entender cómo se engañó, manipuló y mintió en el pasado y, por ende, para estar más atentos hoy.

En Qubit.tv, además de Reefer Madness, puede verse Grass, que cuenta de forma divertida y bien documentada la historia de la marihuana en los Estados Unidos, y Dirty Pictures, que hace lo propio con el éxtasis.

 

 

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