ROLLING, STONES!

 

Rolling Stones

Si los Beatles fueron los compositores mayores del rock, a los Rolling Stones les cupo el honor de hacer del rock el gran espectáculo que es hoy: baste decir que fueron los primeros en adaptar su sonido a los grandes escenarios y las giras kilométricas, creando la situación “recital” como hoy la conocemos (en comparación, los Beatles dejaron pronto de tocar en vivo, cansados de no poder escucharse entre los gritos del público).  Esa preocupación Stone también estuvo presente en la gráfica de los álbumes, el diseño de los escenarios, y la propia imagen de los músicos, que el cine se encargó de difundir por los confines del mundo mucho antes de que existiera MTV.  Pocos grupos aprovecharon tanto las posibilidades del cine como los Stones: los documentales de concierto sobre ellos van tan atrás como 1965, y el propio Mick Jagger –encargado desde siempre de la cara más visual y arty– ha tenido una esporádica carrera como actor.  Entre los cineastas involucrados con la banda se cuentan Michael Lindsay-Hogg, Peter Whitehead, Albert Maysles, Robert Frank, Hal Ashby, Julien Temple, Martin Scorsese… y, créase o no, el mismísimo Jean-Luc Godard.

Cuesta imaginarse el encuentro del francés con los Stones: cada uno ya era un astro fulgurante en su rubro, así que debe haber sido un choque planetario.  Terminaba mayo de 1968 y Godard, en pleno proceso “el cine será revolucionario o no será”, venía de marchar por las calles de una París en llamas.  Llegó a Londres tentado por la oferta de una millonaria británica para filmar lo que quisiera.  A Godard le interesaba el rock por su conexión con la juventud de entonces, pero él era bicho de otra generación, una que vestía de traje y escuchaba jazz.

Era la época en que los Stones siempre llegaban segundos detrás de los Beatles, y esta no fue la excepción: Jean-Luc intentó primero interesar a John Lennon para interpretar a Trotsky en un proyecto que nunca vería la luz.  Recién después fue a la sala de ensayo Stone.  El contraste era evidente: el director de Sin aliento con corbata, nervioso, un cigarrillo Gitanes siempre colgando de sus charlatanes labios.  La banda fumaba otra cosa más ilegal y en privado; lucía pelilarga, hippona e indiferente, si bien Jagger estaba cautivado por la posibilidad de trabajar con el cineasta.  El proyecto se iba a llamar One Plus One y consistiría básicamente en dos segmentos intercalados y contrapuestos: por un lado, una serie de manifiestos políticos enrevesados que cruzaban a Hitler con los Panteras Negras, “testimonio” del clima de agitación política; por el otro, los Stones en el proceso de componer una nueva y sofisticada canción en el estudio para su siguiente disco Beggar’s Banquet.  Lo apolíneo y lo dionisíaco, si se quiere.

Los tramos “políticos” del film hoy suenan a morralla anticuada y hasta artificiosa (las proclamas no eran recitadas por militantes auténticos, sino por actores y amigos); en cambio, el relajado ensayo Stone resulta fascinante.  Godard sólo permaneció una semana en el estudio, pero tuvo mucha suerte: la canción que se estaba cocinando era nada menos que “Sympathy for the Devil”, una de las más emblemáticas y sofisticadas de toda la historia del grupo.  Podemos ver cómo Jagger arriba con la letra ya escrita y comienzan a tocarla probando distintos ritmos, hasta llegar al extraño y característico arreglo “salsero” con el que pasó a la inmortalidad.  El testimonio rankea entre lo mejor que puede encontrarse en la docena de documentales dedicados a la banda hasta hoy.

 

“El testimonio rankea entre lo mejor que puede encontrarse en la docena de documentales dedicados a la banda hasta hoy.”

 

Pero dos astros tan refulgentes no podían brillar juntos, y del eclipse resultante saldrían favorecidos los rockeros, si bien no por propia voluntad.  El productor de la película comprendió rápidamente las posibilidades que abría usar la música para argumento de venta: así, el montaje definitivo incluyó en los créditos finales la versión final del tema –contra la voluntad de Godard, que quería mostrar sólo el proceso– y el título cambió a Sympathy for the Devil.  En la premiere, Godard anunció que renegaba de la película y proyectó en simultáneo su versión en una pared del vecindario; terminó la noche a las piñas con su productor.

Los Stones no volverían a encontrar a una estrella cinematográfica de su talla hasta 35 años después, pero en muy distintos términos.  Para 2005, Scorsese ya era un dinosaurio y la banda también: cada uno aprovechó el marketing del otro y así Marty se vio en la incómoda tarea de filmarse a sí mismo, actuando un paso de comedia al tratar de coreografiar la cambiante presentación de la banda en la gira de A Bigger Bang, como lo había hecho en su legendario docu sobre The Band, The Last waltz.  Por supuesto, todo se arregla y su correcta película de concierto, Shine a Light, muestra de cerca y sin perder detalle una presentación de gala de los Stones –a la que asiste el nada revolucionario Bill Clinton– en un teatro neoyorquino.  “Sympathy…” vuelve a sonar en vivo, con la ya habitual intervención del batero Charlie Watts para rollingstonizar el ritmo, convirtiéndola casi en una canción más del repertorio.  Los mejores momentos de la película tienen que ver con los invitados: una Christina Aguilera que sorprende con su garra rockera para cantar “Live with me” junto a Jagger, la participación de un excitado Jack White, y un merecido tributo al veterano bluesman Buddy Guy, que prende fuego el escenario con su “Champagne and reefer” (es decir, champú y porrito).  Algunos de los primeros planos son obra de Albert Maysles (el mismo que registrara el asesinato de un fan en Gimme shelter), contratado por Marty para hacer cámara en mano.  Su ojo de documentalista pone algo de sal en este registro pluscuamperfecto.

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