Lars von Trier: Sacudir el avispero

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¿Hay que tomarse en serio a Lars von Trier? A esta altura del partido, con más de veinte años de carrera y una docena de películas en su haber, está clarísimo que uno de los objetivos del director danés es el de provocar. La última y más resonante lars-von-triada de Lars von Trier tuvo lugar hace un poco más de un año, en el anteúltimo festival de Cannes. Allí, en medio de la conferencia de prensa tras la presentación de Melancholia, y a raíz de quién sabe qué, el danés no tuvo mejor idea que declarar que entendía y hasta simpatizaba con Hitler (o que sentía empatía, según la traducción). Cuando los periodistas y sus propios compañeros de Melancholia lo miraron un poco extrañados, Lars von Trier no supo cómo salir del berenjenal en el que se había metido, se fue enredando más y más en sus propias palabras y al final terminó declarando, seguramente en chiste: “¡Está bien, soy un nazi!”. Antes de terminar de pronunciar la frase, al pobre Lars ya le llovían cartas, notas, notificaciones y declaraciones de repudio de cuanto instituto contra la discriminación exista en el mundo. A dos centímetros estuvo de que lo declararan persona non grata de la vía láctea y lo mandaran a vivir a la galaxia de al lado.

Lars Von Trier

 

Nada de esto es sorprendente, si consideramos los antecedentes del director. Más de quince años antes de este incidente, en 1995, von Trier ya había causado cierto revuelo en el mundo del cine al publicar, junto con su amigo Thomas Vinterberg, el famoso “Dogma 95”. En este manifiesto los dos directores abogaban por un tipo de cine más “documentalista” que el que se estrenaba semana a semana: filmado en escenarios reales y no en sets, con luz natural, con cámara en mano y sonido directo, sin efectos ópticos ni filtros, etc. La idea, que en realidad no era nueva (John Cassavetes había hecho algo muy similar casi 40 años antes en EE.UU.), era realizar un cine menos artificial y rimbombante que el de Hollywood y, al menos teóricamente, más abocado a registrar las “vibraciones de lo real”. Por supuesto, Lars von Trier realizó una o dos películas así (la única que cumple a rajatabla con los preceptos del Dogma 95 es Los idiotas) y después volvió a hacer lo que hacía siempre: lo que quería. De hecho, Lars von Trier no se llamaba Lars von Trier sino Lars Trier. El “von” se lo agregó para “darse aires”, al igual que Erich von Stroheim.

Todos estos gestos y polémicas nos pueden parecer anecdóticos o simpáticos o irritantes (o las tres cosas a la vez), pero lo cierto es que es esta misma actitud la que le da vigor e intensidad a su cine. La personalidad desmesurada del director suele contagiarse a los personajes de sus películas… desde la abnegación, la entrega y el amor en estado puro de Emily Watson en Contra viento y marea hasta el extremismo del grupo de amigos de Los idiotas, que se hacen pasar por oligofrénicos como forma de rebelión o hastío ante una sociedad que rechazan. Asimismo, el director danés puede pasar del refinamiento visual en blanco y negro de Europa, una película que explora el deplorable estado (tanto material como moral) en el que quedó Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, a la crudeza salvaje y explícita de Los idiotas. Y hasta puede sorprender no siendo polémico, como en el caso de El jefe de todo esto, una simpática sátira sobre un jefe que hace todo cuanto está a su alcance para no dar la cara. “Una película tiene que ser como una piedra en el zapato”, declaró alguna vez Lars von Trier. Efectivamente, sacudir el avispero fue desde siempre el principio rector del director danés, y no está nada mal.

 

Te invitamos a que veas o reveas Contra viento y marea, Los idiotas, El jefe de todo esto y Europa en Qubit.tv y qué nos digas qué te parece el cine de Lars von Trier.

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