Secuela: la epidemia de la comedia norteamericana

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Luego de una espera de exactamente quince años, finalmente ha regresado a la pantalla grande el modelo más estúpido y gracioso del mundo: Derek Zoolander. Sin embargo, dicho regreso (nuevamente dirigido y protagonizado por Ben Stiller) no sólo no está a la altura del film original, sino que -al igual que la gran mayoría de las secuelas cómicas del último tiempo- deja en el espectador una sensación cercana a la decepción.

 

Uno podría preguntarse si dicho fenómeno aplica exclusivamente a Zoolander 2, sin embargo, como dijo un espectador conformista a la salida de una función de dicho film: “Está bien, es una secuela. ¿Qué podés esperar de una secuela? Nunca son buenas!”. Dejando de lado el fatalismo de dicha cita, creo que a pesar de ello, dicho espectador tiene cierto grado de razón, ya que si bien su declaración no aplica para grandes films como El Padrino II, Shrek 2, El Imperio Contraataca y The Raid 2: Berendal (por citar tan sólo un par de diversos ejemplos); sí aplica para la comedia norteamericana actual.

 

En Hollywood nadie está a salvo de una secuela. Ni siquiera el clásico ochentoso Top Gun, cuyo proyecto de continuación fue suspendido tras la muerte de su director Tony Scott, para luego ser reanudado al poco tiempo por el propio Tom Cruise. Nadie está a salvo de las secuelas. Menos aún la exitosa y popular comedia norteamericana. En el último tiempo se han producido, casi mecánicamente, secuelas innecesarias (muy pocas veces lo son) de grandes comedias de culto. Entre ellas, Anchorman: La leyenda de Ron Burgundy, Tonto y Retonto y Zoolander, en tan sólo los últimos tres años.

 

“Nadie está a salvo de las secuelas. Menos aún la exitosa y popular comedia norteamericana.”

 

El problema de dichas secuelas es que, en su intento por agradar al público y recordarle lo genial que fue el film original, terminan replicando aspectos superficiales de éste último, en lugar de ofrecer un producto nuevo, original y entretenido que mantenga su esencia, la cual parecen perder de vista. Los guionistas y directores caen entonces en un burdo ‘copy-paste’ de aquellos chistes, momentos, secuencias o incluso tramas que funcionaron originalmente e intentan incorporarlos -forzosa e incorrectamente- en las secuelas de estos films. Teniendo la oportunidad de revisitar, casi veinte años después, a un querido y recordado personaje, trayéndolo a la actualidad, obligándolo a adaptarse a este mundo tan distinto y dándonos a conocer aspectos de su vida aún no explorados, Hollywood en cambio decide facilitar su propio trabajo y meramente ‘refritar’ aquellas geniales comedias de los noventa y principios de los 2000.

 

He allí la razón por la que salimos decepcionados de la sala luego de ver alguno de los films mencionados: en su intento por replicar ‘lo gracioso y memorable’ de las películas originales, los realizadores nos regalan una versión mediocre y actualizada de esas joyas cinematográficas, ahora transformadas en secuelas predecibles, facilistas e intrascendentes. Todo lo contrario a lo que fueron los films que las originaron.

 

Ese es el caso de Zoolander 2, donde obviamente, uno como espectador no puede evitar reírse con la imbecilidad de Ben Stiller, el carisma de Owen Wilson o el legendario Mugatu de Will Ferrell, quien se roba cada escena desde que aparece (bastante tarde) en el film. Pero dicha risa no es una carcajada, es una simple sonrisa nostálgica que nos recuerda todo aquello que era el film original y que la secuela no llega a ser. El mayor ejemplo de este fenómeno es la odiosa secuela de ¿Qué pasó ayer? en la cual parece que su director -Todd Phillips- tan sólo se tomó el trabajo de cambiar el escenario del film, pasando de Las Vegas a Bangkok, dejando intacto absolutamente el resto de la estructura del film.

 

En el caso de Zoolander 2, el film no llega a dicho extremo -gracias a Dios- sin embargo, el film no puede evitar caer en la repetición de la inolvidable secuencia del orange mocha frappuccino, la orgía, los innumerables cameos, el café caliente de Mugatu, ‘el momento Bowie’ y muchos más; haciendo que el espectador pueda anticipar casi todos los chistes del film -como sucedía también en la secuela de Anchorman pero no tanto en Tonto y retonto 2, donde Jim Carrey y Jeff Daniels salieron apenas más airosos que el famoso grupo de periodistas del Canal 5.

 

Donde mejor funciona el nuevo film de Derek y Hansel es cuando los guionistas deciden dejar de lado, tan sólo por unos instantes, al film del 2001 e intentan innovar con ricos e inesperados chistes, que funcionan y son gratamente bienvenidos. Lamentablemente, dichos momentos están lejos de ser la totalidad de la película. Una película que -al igual que su antecesora- se propone parodiar y ridiculizar al superficial y banal mundo del modelaje, pero que a diferencia de aquella, aquí la película se vuelve exactamente aquello que se propone criticar.

 

Ojala algún día, Hollywood abandone este modus operandi, mecánico e industrial, de producir secuelas insignificantes e intente -en cambio- dejarnos sorprender por nuevos personajes, tramas y momentos irrisorios que, sin desprenderse del film original, puedan prescindir de depender exclusivamente de él para hacernos reír.

 

No dejes de ver en Qubit algunas de las excelentes películas aquí mencionadas: Zoolander, El reportero: La leyenda de Ron Burgundy y Tonto y Retonto.

 

 

 

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