Shakespeare en el río

rosalinda

Matías Piñeiro es una de las cosas que están pasando en el cine argentino: con un puñado de películas más bien breves, y un puñado de actrices provenientes del teatro que son, cada una de ellas y más aún todas juntas, un hallazgo, Piñeiro (que recién acaba de pasar los treinta) construyó en pocos años una obra que comenzó citando de la francesa Nouvelle vague en El hombre robado y terminó –o en eso estamos ahora, porque es de imaginar que esto recién empieza– plantando al ultra-británico Shakespeare en el Tigre y en los barrios de la Capital, con acento porteño. Así, Rosalinda y Viola dan nombre de heroína de Shakespeare a las dos primeras películas estrenadas hasta ahora de una trilogía en la que el director usa al dramaturgo más venerado de la historia con mucha libertad (adapta sería demasiado poco para nombrar el procedimiento más fragmentario y creativo de Piñeiro) para plantear, ni siquiera historias, sino escenarios en los que las historias fluyan y circulen.

Y esa circulación, en Rosalinda se vuelve fluvial: un grupo de chicos y chicas están alojados en el Tigre mientras ensayan una obra de teatro. En esa obra la joven Rosalinda, ocultando su identidad, se viste de hombre y se hace llamar Ganímedes para proponerle un juego al hombre que ama, el de simular que él-ella es Rosalinda y presentarse cada día a una cita donde él, o en realidad ella, le enseñe algunas cosas sobre el amor. Rosalinda la película comienza y vemos a María Villar (la heroína del cine de Piñeiro y una comediante perfecta) ponerse pantalones masculinos y esconder el pelo debajo de una gorra para transformarse en Rosalinda mientras, diciendo sus líneas, empieza a recorrer una zona arbolada. Que el artificio esté a la vista y no sea otra cosa que la puesta en escena de un drama artificioso importa poco, cuando enseguida se tiene la sensación de estar mirando un espejismo: Shakespeare en argentino y Shakespeare en el Tigre, antiguo en sus construcciones verbales complejísimas y totalmente actual en el acento, la verosimilitud y, sobre todo, un grado de depuración tan alto que el peso de la tradición y la cultura –esa solemnidad, ya saben, cuando se habla de Shékspirrrr– se evapora en el aire como por un encanto.

Pero no se trata de sumergirse en Shakespeare. María Villar y Agustina Muñoz ensayan y abandonan los papeles para zambullirse en el río. Después de nadar un tramo, se encuentran otro grupo de actores que ensaya. Una chica pasa en un bote. Un celular que trae malas noticias de otra parte del mundo permanece ignorado. Las posibilidades de movimiento en ese espacio son muchas y las posibilidades interpretativas son todavía más, en una película ligera donde se juega todo el tiempo (o se actúa, o se seduce, como caras de un mismo y clarísimo prisma), y se siente al mirarla mucho del placer y de ese tiempo distendido que son propios del juego.

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