Sorpresa a la coreana

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Pueden decirse muchas cosas de las películas que nos ha venido entregando Corea del Sur, y probablemente deberían decirse cada vez que alguien de acá ve una película de allá tan lejos, pero por lo menos una es fundamental y se repite en las mejores películas con las que nos encontramos: uno nunca sabe qué esperar de una película coreana.

Parte de esta sorpresa, de esa sensación de terreno inexplorado, tiene que ver, claro, con la simple lejanía: Corea es otro mundo y su gente vive de otra forma. Algo en la comida y el alcohol de los coreanos (que siempre vemos en sus películas) parece fomentar el culto al melodrama, la tensión siempre a flor de piel y la risa que aparece de cualquier parte. También tiene que ver con la gran industria del cine coreano, con sus estrellas y sus éxitos: pocos lugares en el mundo producen tantas películas para tanta gente.

Dos de las grandes figuras del gran cine coreano trabajaron juntos por primera vez en Memories of murder, el actor Song Kang-ho y el director Bong Joon-ho. Tres años después, estrenarían juntos el más grande éxito de taquilla de Corea: The Host, una película con monstruo y familia disfuncional, que llegaría a estrenarse hasta en Argentina. Pero antes del camino del éxito, que llevaría a Bong Joon-ho a estrenar en 2013 una película en Hollywood, estuvo este policial, la segunda película de Bong, una maravilla del cine coreano y del cine a secas.

Dos de las grandes figuras del gran cine coreano trabajaron juntos por primera vez en Memories of murder, el actor Song Kang-ho y el director Bong Joon-ho.

Todo empieza con un cartel que nos explica que lo que vamos a ver es una historia basada en un caso real que ocurrió en 1986 en una provincia de Corea del Sur, durante la dictadura. La historia de Corea es complicada y conflictiva, y Bong nos la muestra como al pasar, con simulacros de ataques, toques de queda y cortes de luz, en su costado más cotidiano y campechano: un detective de policía supersticioso y brutal, bonachón y siniestro. En este contexto (del que podemos saber más o menos, pero que la película pinta a la perfección) empiezan a aparecer los cadáveres de jóvenes hermosas que fueron estranguladas y violadas en el campo por un asesino serial. Un grupo de detectives, con recursos limitados y los periodistas que los rodean siempre ansiosos por alguna novedad, tratará de resolver el caso mientras siguen apareciendo nuevos cuerpos.

Si las películas coreanas son diferentes a todas las que conocemos, no es porque sean raras, innovadoras o vanguardistas. Las películas de Corea son diferentes a todo el cine porque se parecen a todo el cine a la vez: en una única película coreana pueden entrar el amor, el humor, el odio, la guerra, el melodrama y las tensiones políticas más crudas, siempre tocadas por un ligero sentido del absurdo. Memories of murder podría haber sido Pecados capitales o cualquier otra película sobre asesino serial que se nos ocurra: hay crímenes truculentos, hay investigación y barro, personajes torturados y colores tirando al gris-marrón. ¿Por qué Memories of murder? Porque esta película está abierta a todo, cuenta una historia pero también cuenta un mundo, cuenta personajes atrapantes. Porque cuando creemos que la película está yendo para un lado, de pronto nos damos cuenta de que iba para otro. Es difícil seguirle las curvas a Memories…, pero no porque Bong nos llene la pantalla con giros inesperados o sorpresas sacadas de la galera. Bong siempre mira a los ojos, pero no siempre es fácil leerle la mirada.

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