Stanley Kubrick: sacando las cosas de control

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Hay pocos directores más analizados y discutidos en la historia del cine que Stanley Kubrick. También hay pocos realizadores tan famosos por su carácter obsesivo y perfeccionista, algo que hizo que en algunos casos estuviera más de un lustro para planificar una película y más de un año filmándola. Con este particular ritmo de trabajo, Stanley Kubrick realizó, a lo largo de su carrera, trece largometrajes. De estos, varios dejaron imágenes icónicas en la cultura popular: una y mil veces parodiadas y/o homenajeadas en todo tipo de series, publicidades y largometrajes. Después de todo, el cine de Kubrick fue (y sigue siendo en varios casos) muy popular, capaz incluso de influenciar en la estética de no pocos cantantes de pop y de rock (como el caso de David Bowie y su relación con 2001, Odisea del espacio, o Rob Zombie y su admiración siempre presente por La naranja mecánica). Es raro pensar que tamaña popularidad en las películas viniera de la mano de un director conocido por su carácter recluido y ermitaño, una persona reticente a que le saquen fotos para la prensa o a ser entrevistado.

La obsesión mayor de Kubrick fue la de construir películas que fueran lo más particulares posibles. Y quizás ahí es donde resida su costado más ambicioso, en su necesidad de hacer siempre, en cada largometraje, algo radicalmente diferente a lo que se hizo antes, incluso arriesgándose a cambiar totalmente el tono y el género del film que había hecho anteriormente. Así es como este director pudo pasar de la utopía futurista de 2001 a la distopía prepunk y acelerada de La naranja mecánica, de ahí a la calma fatal de una película de época como Barry Lyndon, y de ahí a una película de terror surrealista como El resplandor. Sin embargo, hay cosas que persisten en todos sus films: un humor retorcido y extraño. Hay quienes ven a Ojos bien cerrados o La naranja mecánica sencillamente como comedias, y es fácil ver que El resplandor es menos una película de terror que una sátira alocada del patriarcado.

En Kubrick siempre hubo una obsesión por mostrar que, más allá de todo el control que quiera ejercerse, siempre hay un elemento externo, a veces azaroso hasta lo ridículo y otras sin causa determinable, que termina por imponerse y arruinar cualquier intento por controlar las cosas. Así es como un monolito acaso arbitrario puede controlar a la humanidad en 2001. Y así es cómo el intento por dominar a un joven delincuente mediante un mecanismo de control neurológico en La naranja mecánica puede arruinarse por algo tan inesperado como una sinfonía de Beethoven. Y también ocurre que un padre de familia en El resplandor se ve imposibilitado de controlar sus instintos inconscientes e inexplicables de querer matar a su familia. Y que un soldado perfectamente entrenado en Nacido para matar pueda terminar volviéndose tremendamente loco. Y que el médico de Ojos bien cerrados pueda darse cuenta de que su vida familiar no está tan establecida como imagina cuando se entera de una fantasía pasada de su mujer. En todo caso, fue siempre ese azar extraño, esa fisura imposible de explicar con la lógica y que no puede controlarse lo que siempre le fascinó a Kubrick, un punto en el cual las cosas simplemente suceden de manera arbitraria y sólo parecen estar ahí para persistir en su carácter de misterio.

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