El amante

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Marguerite Duras siempre afirmó que la historia le había pasado a ella, pero quién sabe: El amante pertenece a la literatura, y entre tantos libros que retratan las relaciones nunca desprovistas de conflicto entre el imperio francés y las colonias del sur asiático, el de Duras tiene la particularidad de enfocar desde el erotismo uno de esos vínculos posibles. O mejor dicho imposibles, porque es un amor prohibido lo que está en el centro de El amante, narrada –en la versión cinematográfica de Jean-Jacques Annaud- con toda la melancolía retrospectiva de la voz de Jeanne Moreau.

 

El argumento es simple: a fines de la década del veinte una chica de quince años (Jane March) conoce, mientras cruza en un ferry el río Mekong para volver al colegio, a un chino de clase alta (Tony Leung) que le lleva casi veinte años. Él, de familia adinerada y educado en París, está semioculto en el asiento trasero de un auto reluciente; ella tiene puesto un vestido liviano que le marca el cuerpo todavía virgen, lleva trenzas y tacos altos, y esa mezcla enloquecedora de nena con mujer se corona con el toque extravagante de un sombrero de varón, algo que nadie usa. Mientras ella está apoyada en la baranda del ferry con gesto casi impúdico él la ve, y aunque el acercamiento es pudoroso encuentra en ella una respuesta inmediata. Se hacen amantes.

 

De ahí en más, se encuentran en un departamento que deja pasar el bullicio de una calle comercial a través de las persianas y tienen sexo sin taparse jamás con una sábana, en escenas escultóricas que le valieron a Annaud algunas críticas de hacer soft-core, o un erotismo demasiado coreografiado. El mundo alrededor de esa habitación donde gozan los amantes es difuso, no sólo porque la lluvia borronea los contornos sino porque el sexo entre ellos niega ese mundo, lo rechaza: él tiene una novia de familia bien y un matrimonio arreglado en el horizonte, ella, hermanos brutos y una madre indiferente, una familia pobre con la que no se conecta más que desde la vergüenza.

 

“El mundo alrededor de esa habitación donde gozan los amantes es difuso, no sólo porque la lluvia borronea los contornos sino porque el sexo entre ellos niega ese mundo, lo rechaza.”

 

Marguerite Duras colaboró con la adaptación de su novela al cine hasta que se peleó con el director y nunca más volvió a decir una palabra sobre el tema; Jean-Jacques Annaud, que había dirigido proyectos tan disímiles como una versión de El nombre de la rosa, de Umberto Eco, y El oso, descubrió a Jane March después de descartar a una infinidad de chicas y la inmortalizó con trenzas y los labios pintados de rojo. Después ella tuvo una carrera desastrosa, mayormente de papeles secundarios, y nunca pudo repetir la fascinación de esa pose que la volvía a encontrar al final de la película, de nuevo con el zapato apoyado sobre la baranda de un barco, yendo de regreso a Francia para hacerse escritora y nunca más volver a ver al amante de la China. Ese barco se llama Alexandre Dumas y no deja dudas en cuanto a qué es lo que se salva de todo lo perdido. El amante es una de esas historias no del todo “de amor” en las que no vale la pena preguntarse “qué hubiera pasado si”: como si fuera necesario aclararlo, lo que viene después es la literatura.

 

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Al filo del mañana: una vez más, con sentimiento

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Wikipedia tiene una rara entrada dedicada enteramente a películas con “time loops”: argumentos en los que una fracción del tiempo se reitera al menos una vez. Films sobre “el rulo del tiempo”: los hay más o menos conocidos; la lista puede revelar historias que no conoce el cinéfilo más curtido en este tipo de cachivaches. Hay una, por ejemplo, titulada 12:01, un telefilm dirigido por el veterano Jack Sholder en 1993, que en Argentina solía darse cada tanto en televisión abierta. 12:01 estaba protagonizada por un oficinista común que quedaba atascado en el peor día de su vida; el día en que presenciaba la muerte de la chica de sus sueños. Mediante un golpe de magia (del guión) a la hora señalada en el título el protagonista vuelve a empezar el mismo fatídico día, una y otra vez. Eventualmente, el muchacho decide que puede sacar ventaja de la posibilidad de examinar en detalle los eventos de la jornada. Vive y aprende. Si el argumento les suena es porque, claro, se parece bastante en su estructura básica al de Hechizo del tiempo (Groundhog Day), la comedia de Harold Ramis estrenada en cines ese mismo año, y en la que el protagonista, condenado a volver a vivir una y otra vez el mismo día, también aprende, y cambia, y logra cambiar a otros.

 

Veinte años después nadie recuerda a la más que decente 12:01, pero cada vez que aparece una película que le hace ese mismo rulo al tiempo es inevitable pensar en Groundhog Day, Phil Connor y la marmota que predice el clima y su vive-vuelve a vivir-aprende. Este año volvió a ocurrir cuando se estrenó Edge of Tomorrow, o Al filo del mañana, y la verdad es que es una premisa perfecta y aun en el cambio de género –esta es más bien de ciencia ficción y acción pesada con extraterrestres y kick-ass girl– y aunque está basada en una novela japonesa para adolescentes (All You Need is Kill, según su título internacional) sigue teniendo algo de remake libérrima de Hechizo del tiempo: por su humor, porque hay interés y conquista romántica, porque su héroe es, en principio, y aunque se trate de Tom Cruise, un antihéroe.

El slogan con que llegó a los cines Al filo del mañana funciona como una especie de postulado de modernidad:  “Vive. Muere. Repite”, que equivale al vivir y volver a vivir para aprender de sus antecesoras pero aludiendo a la dinámica más fugaz de un videojuego. Las primeras secuencias de la historia son, de hecho, puro videojuego, pero narradas con un timing y un manejo del montaje asombrosos: la elipsis consigue un efecto particularmente gracioso cada vez que parece que vamos a ser sometidos, de nuevo, a la reiteración de las escenas iniciales. El que queda atrapado sin comerla ni beberla en esta reiteración es el mencionado anti-héroe de Tom Cruise, que no, no interpreta al soldadito-modelo y action hero que esperarán los fans de Misión: Imposible, sino que por el contrario, es el militar-de-escritorio, un experto en relaciones públicas y marketing que solo ocasionalmente se encuentra trabajando para el ejército justo cuando la humanidad está perdiendo la guerra contra una invasión extraterrestre. Y al que, sin consultarlo ni entrenarlo, de pronto lo mandan al campo de batalla.

 

“Ah, no, lo mío no es la acción”, le explica con su mejor sonrisa de acá-evidentemente-hay-un-error” al general que lo quiere despachar al frente ya mismo, “De hecho, ni siquiera tolero la visión de la sangre. Ni un corte con papel”. Este tipo de escenas convierten Al filo del mañana en la película perfecta tanto para los seguidores de Tom Cruise como para sus detractores: quienes siempre estuvieron convencidos de que es uno de los grandes actores de su generación, acá podrán constatar su versatilidad; quienes siempre lo consideraron un poco limitado, habrán podido comprobar que este es el Cruise de más de 50 años que ha decidido reinventarse un poco a sí mismo y en el proceso va descubriendo un sentido del humor que antes estaba ausente de sus personajes, que se burla un poco de ese carácter de action-hero. Quienes hayan visto Tropic Thunder (Una guerra de película) ya tuvieron una prueba breve pero asombrosa del Cruise comediante que Hollywood y el mundo se estaban perdiendo. Ahora ese comediante es protagonista. Mientras Bill Murray se pone más serio y melancólico, Cruise se desata.

 

“El slogan con que llegó a los cines Al filo del mañana funciona como una especie de postulado de modernidad:  “Vive. Muere. Repite”, que equivale al vivir y volver a vivir para aprender de sus antecesoras pero aludiendo a la dinámica más fugaz de un videojuego.”

 

Y está la chica, por supuesto, “siempre hay una chica”. Y antes de cumplir 30 la inglesa Emily Blunt ya había probado su fuerza todo terreno, poniendo en pantalla un remolino de erotismo (Mi verano de amor), conservadurismo y resistencia (El diablo viste a la moda) y hasta la parodia de este conservadurismo (Los Muppets), haciendo drama de corset (La joven Victoria); y comedia matrimonial (Eternamente comprometidos); siempre irresistible. Ahora hace la que le faltaba: heroína de acción, la fatal Rita Vrataski, icono de la guerra contra el invasor, la que eventualmente se une al atribulado Cruise para dejar de dar vueltas en redondo y ponerle fin a la masacre. Y mejor no contar más.

 

El director de la película es Doug Liman, un cineasta surgido del indie cuya revelación fue con dos films pequeños de cierta repercusión en los noventa, Swingers y Go: Viviendo sin límites, que luego inició la saga Bourne con Identidad desconocida;  juntó a Brad Pitt y Angelina Jolie en El Sr. y la Sra Smith y luego alternó una carrera en la televisión con un par de films más. A este no le fue particularmente bien en los cines, pero lo cierto es que tocó competir en algunos territorios con películas mucho menos buenas y mucho más promocionadas (Maléfica). De todos modos, parece el tipo de película destinada a construir un pequeño culto a su alrededor, a ser redescubierta; a revivir, y a ser vista una y otra vez, replicando su encantador truco argumental, su loop, su irresistible hechizo del tiempo: Vive. Muere. Repite.

El amor atado

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Hay algo placentero, sensual, seductor en la forma en la que Joe Wright filma el color verde en Expiación, deseo y pecado. En la primera parte de la película, el verde lo inunda todo: la campiña inglesa, el verano y el calor, el vestido de fiesta que usa Keira Knightley en la noche que funciona como eje de la película. Todo es muy tranquilo, simple, bucólico, pero hay una tensión que flota en el aire, un deseo contenido que se siente en la cámara que busca, se pasea, pareciera querer mostrar algo que no se anima a mostrar. No se anima a mostrar como sus personajes no se animan a ver: hay algo de la represión de la sociedad inglesa antes de la guerra (esa que estaba a punto de cambiar para siempre), algo de esa sensualidad que se vuelve más pronunciada cuanto más se intenta negarla. Hay algo que quiere estallar en Expiación…, algo que busca, algo que late. Y Joe Wright, el gran cineasta elegante, lo muestra con mano relajada.

“Cuando finalmente la tensión estalla, lo que resulta que tenemos en nuestras manos es una gran historia de amor: de esas historias clásicas, con amores prohibidos, familias rancias y pasiones que luchan contra todo.”

Cuando finalmente la tensión estalla, lo que resulta que tenemos en nuestras manos es una gran historia de amor: de esas historias clásicas, con amores prohibidos, familias rancias y pasiones que luchan contra todo. De esas historias de amor con color de melodrama que pueden arrastrar al espectador, sobre todo gracias al trabajo de Keira Knightley y James McAvoy, y al trabajo de Wright, que sabe entregarse al melodrama sin olvidar nunca la sobriedad de un inglés correcto, amable. El romanticismo inglés corre por dentro. Es esa sobriedad la que le permite vestir su historia de amor de grandes escenarios históricos, de colores más apagados que los verdes del principio, de culpas y guerra y sangre. Incluso le permite un pequeño juego final (cortesía de Ian McEwan, autor de la novela en la que se basa la película), en el que la película reflexiona sobre la ficción y vuelve todavía más punzante esa historia de amantes cruzados y ese aire de destino maldito. Sin grandes gestos ni grandes despliegues (aunque sí con grandes planos secuencia), Wright construye un melodrama moderno, capaz de resultar a la vez arrasador y moderado para el espectador actual.

Uno de los grandes descubrimientos de Expiación… fue Saoirse Ronan, que por entonces tenía 13 años, y que interpreta a Briony Tallis. En el otro extremo, al final de su vida, el mismo personaje será interpretado por la gran Vanessa Redgrave. Saoirse, esa chica pálida de nombre impronunciable, es el centro de Expiación…: unos ojos celestes, temblorosos, ya no tan inocentes, que creen ver algo que no ven, que se niegan a ver lo que vieron, que no saben ver lo que todavía no conocen, esa tensión verde que vibra en la primera parte de la película.

 

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Camila vive

Los puentes de Madison: Queremos tanto a Clint

Oh, Maggie

blog_qubit_secretariaPasan los años y La secretaria (Secretary) sigue siendo una anomalía, un fantasma en la máquina que nos trae aventuras por metro desde ese lugar algo imaginario que solemos llamar Hollywood.  Una comedia romántica cuya protagonista acaba de salir de un psiquiátrico y encuentra el camino del amor… ¡en una relación sadomasoquista!  Claro, dicho así parece una parodia: pero La secretaria triunfa justamente por tomarse en serio el tema y presentar personajes de carne y hueso, sin circo y sin caer en el chiste fácil. Ahora que se prepara una adaptación al cine del best-seller Cincuenta sombras de Grey, sépanlo: La secretaria lo hizo mucho antes y –seguramente- mucho mejor.

Para empezar, el argumento no surge de una saga marketinera como la de E.L. James sino de un cuento publicado en los ochenta por Mary Gaitskill, una muy buena escritora que suele colaborar en revistas como Esquire y el New Yorker.  Dicen que a la autora le pareció –con justicia– algo reblandecida la muy libre adaptación, pero es justamente la mezcla de sordidez y cuento de hadas lo que hace de esta película algo único.  El espectáculo lo aportan el director-adaptador Steven Shainberg –quien luego haría con menos suerte un film sobre Diane Arbus- y sus actores, en especial Maggie Gyllenhaal, quien para entonces ya tenía 23 años de edad y llevaba diez haciendo cine, pero que en esta película cobró status de revelación.

Extrañamente, Maggie no se ha convertido en la estrella que merecería ser, si bien la hemos visto desde entonces en muchos papeles secundarios (revisar Loco corazón, Donnie Darko, Batman: El caballero de la noche, Stranger than Fiction…)  Con su sonrisa enmarcada por los cachetes más lindos de Hollywood, la hermana de Jake e hija de Stephen (el director de Paris Trout y Una mujer peligrosa) suele transmitir una serenidad que Lee, la secretaria del título, está lejos de poseer.  De movida, se nos muestra su difícil vida en el seno de una familia altamente disociada, que resultaría ominosa si no fuera por un tono de distanciamiento similar al de algunos films de David Lynch (la música es de Angelo Badalamenti, y algunos decorados parecen salidos de Terciopelo azul). Lee habla poco, se flagela en secreto y sólo podemos imaginar lo que desencadenó su visita a una institución mental.  El clima va cambiando cuando consigue trabajo como asistenta de un abogado (James Spader), quien le despierta primero curiosidad y pronto un arrobamiento difícil de disimular.  Que a Spader le van bien los personajes con algo de oscuridad –a pesar de sus facciones algo infantiles– no es novedad.  Increíblemente, en la película estrenada en 2002 el apellido de su personaje es… ¡Grey!  (¿No tendrían que demandar por plagio a E.L. James?)

“Ahora que se prepara una adaptación al cine del best-seller Cincuenta sombras de Grey, sépanlo: La secretaria lo hizo mucho antes y –seguramente- mucho mejor.”

Lo que atormenta a Lee es su propio y recién descubierto deseo masoquista, y la sumisión a su jefe será la válvula de escape ideal (sí, es extraña la película).  Sus avances al Sr. Grey y la manera en que éste va descubriendo su secreto y entrando en el juego dan pie a algunas de las escenas de seducción más jugadas -y divertidas- del cine norteamericano reciente.  La película se sostiene en un guión mínimo, con pocos y formales diálogos; es el gran trabajo de los actores el que nos permite adivinar sus pensamientos, leer entre líneas.  Y la Gyllenhaal nos conquista desde el principio: hay que ver cómo se las arregla para seducir sin dejar de mostrarse vulnerable.  En algún momento de la película nos cae la ficha: estamos de su lado, hinchamos por ella y queremos que logre lo que quiere, aunque a nosotros nos cueste concebirlo.

Shainberg, por su parte, salpica con unas cuantas escenas que detallan las fantasías de Lee –aunque su carácter onírico, más de una vez, deja en duda al espectador- y resuelve con pericia el necesario arco dramático: ¿cómo lograr un clímax con un personaje cuya característica principal es la pasividad?  La respuesta está en una de las secuencias más extraordinarias -y bizarras- que puedan verse en una película del género.  Cuando todo termina, esta aventurera del sometimiento ha conquistado nuestro corazón, y nos prometemos seguir a Maggie Gyllenhaal hasta en el papel más chiquito que le manden a hacer.  Es una leona.

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Histeria: La historia del deseo

Una comedia romántica negativa

La velocidad de His Girl Friday

his girl friday

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Prepárense para una experiencia futurista: si alguna vez pensaron que la velocidad es propia del cine de esta época, y de películas donde Tom Cruise se cuelga de un helicóptero para saltar de un puente que colapsa o una banda de muchachos rápidos y furiosos se sacan chispas en las picadas más vertiginosas, un salto hacia el pasado que nos deje en 1940 puede mostrar cómo Howard Hawks inventó otra clase de velocidad –estrictamente cinematográfica– que por momentos puede hacer sentir a un espectador actual que está a punto de volarle la cabeza. Ayuno de amor (His Girl Friday) comienza y uno ya se siente llevado hacia adelante por una cámara que recorre la redacción de un diario, al compás apurado y masculinamente elegante de la protagonista Rosalind Russell, hasta la oficina del director del periódico, Cary Grant. Ellos son Walter Burns y Hildy Johnson, colegas en lo periodístico y recientemente divorciados no por falta de atracción, sino por no haber podido encontrar la manera de sacarse chispas en la oficina y bajar un cambio en casa. Siempre encendidos, siempre al pie del cañón, Walter y Hildy vivieron la aventura de ser dos periodistas enamorados (de su trabajo, ante todo) hasta que Hildy dio un paso al costado. Ahora, a punto de casarse con el más sosegado Bruce Baldwin (Ralph Bellamy) y dedicarse a una vida hogareña y más tranquila, Hildy cae en la redacción del Morning Post para una última visita y enseguida se tienta con un caso que le vuelve a subir la fiebre periodística: un humilde trabajador está a punto de ser ejecutado en la horca por haberle disparado a un policía, y el periódico pretende conseguirle el indulto.

Tan pronto como Hildy entra en la redacción, un torbellino de palabras y gestos ininterrumpidos, fraguados ante todo por un Cary Grant que acá es un acróbata de la manipulación por la palabra, la lleva a estar metida hasta el cuello en la noticia del día. Y algo parecido le pasa al espectador del presente, que puede sorprenderse todavía más al saber que Hawks armó esta coctelera a partir de la adaptación de una obra de teatro, The Front Page, donde el personaje de Hildy Johnson era un hombre. Pero a fuerza de una edición vertiginosa y actuaciones que están a la altura de la tarea (no por nada el entrenamiento actoral de Grant incluye una llegada a los Estados Unidos desde Gran Bretaña andando en zancos con una compañía de actores), Hawks hizo de este material una de las mejores screwball comedy de su época, con sólo agregar una historia de amor y convertir al “His man Friday” de la obra original (la frase significa algo así como “la mano derecha”) en una chica hiper verborrágica que puede equiparar la energía de Grant y atender tres teléfonos al mismo tiempo. El pasado no viajaba en carreta: con chistes que se superponen con velocidad de dibujo animado y diálogos picantes, casi imposibles de seguir, no se preocupen si para ver y escuchar todo lo que hay en His Girl Friday necesitan una segunda vuelta.

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Cuentos contigo

cuenta conmigo

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Es importante que Cuenta conmigo sea una adaptación de un cuento de Stephen King (El cuerpo). Es importante porque siempre suele serlo cuando es así. Por alguna razón difícil de identificar, las historias del escritor de Maine suelen adaptarse muy bien a la pantalla y la mayoría de ellas no sólo resultan buenas películas sino que se impregnan de esa densidad que son sus textos, densos no por lo oscuro de su usual género, sino por el peso de sus narraciones, que una vez posado sobre nuestras memorias se hace muy difícil de sacar. Pero más allá de King, es importante que sea una adaptación porque Cuenta conmigo es una historia sobre contar historias. Lachance, el escritor interpretado por Richard Dreyfuss, recuerda, escribe y nos cuenta a nosotros de sus doce años y su pandilla de amigos de por entonces, de cómo se unen en sagrada aventura para ir a buscar el cuerpo muerto de un compañero de escuela.  La evidencia de la muerte también es central en Cuenta conmigo. Por la muerte de su mejor amigo en la adultez,  Lachance escribe y recuerda; por la muerte de un compañero, la pandilla vivirá la más importante de sus aventuras; por la muerte temprana de su hermano, Lachance tendrá que darse cuenta a la fuerza que lo suyo es escribir, que sí sirve para algo.

“Es importante que Cuenta conmigo sea una adaptación de un cuento de Stephen King (El cuerpo). Es importante porque siempre suele serlo cuando es así. Por alguna razón difícil de identificar, las historias del escritor de Maine suelen adaptarse muy bien a la pantalla.”

A veces que la única forma de protegerse del mundo es saliendo a por él. O por lo menos suele serlo así en la tradición de relatos americanos sobre la juventud o la infancia. Los cuatro chicos de esta película necesitan escapar de sus casas, de sus padres locos, alienados, desafectivos, de sus maestros abusivos, de los matones malos, del encierro aplastante de un pueblo envejecido, tonto, ignorante y hostil. Y por eso corren a constatar la muerte de un chico, para asegurarse de que el tiempo pasa y que todo termina, incluso ese momento de sus vidas. Y para asegurarse de que lo peor que les podría pasar sería morir en ese pueblo.

Misery, otra de las buenas películas de Reiner y otra adaptación de King, es también sobre la escritura y sobre el infierno grande de los pueblos chicos. Tal vez sea que al contar las historias los demonios se van, o que al escribir nos damos cuenta del tiempo que pasa, o puede que lo hagamos para apresarlo en un infierno grande de hojas. El título original de la película es Stand by Me (“Quédate conmigo”), pero la traducción local le sienta perfecta. Cuenta conmigo no funciona solo como expresión para darle seguridad a un amigo, sino también para pedirle que las historias que tenga que contar las cuente con nosotros, que el trabajo del narrador solitario a veces podríamos hacerlo acompañados. No quedarnos con el otro, sino seguir con el otro. Reiner dirigió Cuenta conmigo en el mejor momento de su carrera, en el que sacaba películas también como Cuando Harry Conoció a Sally. Él nos contaba estas historias a nosotros, pero también confiaba, también contaba con nosotros, en que volveríamos a estos cuentos una y otra vez. Cuenta conmigo es una gran película por muchas cosas, pero sobre todo porque siempre estará allí, porque siempre podremos volver a ella, y verla crecida, distinta a la última de las miles de veces que la vimos.

Es que volver a este tipo de relatos nunca es igual porque su fuerte es el paso del tiempo. El de la película que crece, el nuestro, que esperemos que también. La genial actuación de River Phoenix es, vista después de su muerte, el peso más pesado, la evidencia más certera -como ese cuerpo que buscan los chicos- de lo que cuentan King-Reiner-Lachance y que todos ya sabemos: el tiempo no está a favor o en contra de nadie y no hay manera de pararlo.

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Las películas del rey i

Las películas del rey ii

Las películas del Rey I

Stephen King

Stephen King

 

¿Cuántas veces escucharon decir que “la película es siempre peor que la novela”? Por alguna extraña razón, parece haberse instaurado la idea de que la literatura es un arte “mayor” que el cine, y que no hay manera de que el cine le llegue a los talones. De más está decir que esto es totalmente falso y que hay infinidad de películas superiores a los libros en los cuales se basan. Pero, además, el error más grande de todos está en la comparación. Cuando un libro se adapta al cine se convierte en otro objeto, y todo director y/o guionista debe tener la libertad de hacer todos los cambios que crea pertinentes sin que una manada de fans se le tire en contra, ya que se ha convertido en su propia obra. Además, el cine es un arte muy diferente a la literatura, y algo que puede resultar brillante en papel puede ser espantoso en su paso al cine.

La ventaja que tiene alguien como Stephen King es que su escritura es tan cinematográfica que rara vez resulta necesario llenar sus adaptaciones de cambios sustanciales más allá de acortar personajes y situaciones por cuestiones de duración. Pero, nuevamente, un director tiene todo el derecho a hacer lo que le venga en gana con su película sin tener que preocuparse en “ser fiel” al material original. Y Kubrick hizo eso mismo con su adaptación de El resplandor, que difiere tanto de la novela de King que el propio King se sacó las ganas un tiempo después y escribió una miniserie de TV que dirigió Mick Garris en 1997. Y, recientemente, mencionó que lo que más le molesta de la película de Kubrick es su misoginia al retratar al personaje de Wendy que interpreta Shelley Duvall, lo cual no es del todo errado. Y también mencionó la frialdad de Kubrick hacia sus personajes, lo cual es una constante en el cine de Kubrick.

“La ventaja que tiene alguien como Stephen King es que su escritura es tan cinematográfica que rara vez resulta necesario llenar sus adaptaciones de cambios sustanciales más allá de acortar personajes y situaciones por cuestiones de duración.”

Pero esas son críticas puntuales a El resplandor como película y, por tanto, son atendibles, y King también suele decir que El resplandor es una muy buena película de terror. Y lo es: Kubrick finalmente utiliza su perfeccionismo visual para causas nobles (léase: narrar). En cada uno de los paseos del pequeño Danny en triciclo por los pasillos del hotel, filmados con el virtuosismo que caracterizaba al director de 2001, Kubrick está narrando. Y, lo más importante de todo teniendo en cuenta la película que es, está asustando. El resplandor es una película realmente aterradora; el cuentito de fantasmas que narra es lo suficientemente atrapante como para que podamos disfrutarla sin tener que sobre analizarla y desmenuzarla casi cuadro por cuadro como lo han hecho muchos desde su estreno. El resplandor nos regala algunas de las imágenes más inolvidables de la historia del cine de terror (y una música extraordinaria a cargo de la compositora trans Wendy Carlos), y resulta ser una muestra de que se puede hacer una gran adaptación de una gran novela sin que al encargado de adaptarla le importe siquiera un poco la “fidelidad”.

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Ghost World, de culto

ghost world

ghost world

 

Había una vez en el cine una chica que se llamaba Thora Birch, que en pocos años pasó de rubiecita dulce a adolescente de belleza morocha y agresiva. ¿Se acuerdan de Belleza americana, con su imagen-fetiche de una rubia entre pétalos de rosa? Bueno, pues Thora era la otra, la hija de Kevin Spacey que despreciaba el mundo desde una lucidez medio dark y revelaba a través de una ventana una desnudez más real y perturbadora que la del póster de la película. Un par de años después, a Thora le volvió a tocar la mitad oscura en una dupla de chicas que compartió, esta vez, con la más luminosa Scarlett Johansson en Ghost World, una de esas películas de culto que fracasan en recaudaciones y no suelen llevarse ningún Oscar (aunque hubo una nominación para el guión adaptado del comic de Daniel Clowes) pero siguen su camino secreto en el boca a boca de algún circuito de nerds o de iniciados. Porque, aunque se trate una vez más de retratar un mundo en el momento que sigue a su extinción y cuando todavía no se adivina un sentido posible en ese magma que es –menos poéticamente– el fin del secundario, Ghost World no es la típica película de bisagra conflictiva entre dos épocas, ni es típica en ningún aspecto en realidad.

“Había una vez en el cine una chica que se llamaba Thora Birch, que en pocos años pasó de rubiecita dulce a adolescente de belleza morocha y agresiva.”

No por nada el casting decidió que Thora Birch –melena y anteojos calcados de Enid, el mismo personaje en la historieta–, con tetas como globos XL en un cuerpo de hombros talle M, y con inteligencia y cinismo de vieja que está vuelta de todo en una cara todavía aniñada, fuera la protagonista. Enid es la mejor amiga (pero no en el sentido BFF, best friends forever de las niñitas que visten de rosa o escuchan a Britney, sino de las que dicen “sentémonos en este rincón juntas a despreciar el mundo”) de Rebecca en un pueblito de esos que todos los que amamos las películas queremos conocer, y de los que los adolescentes sólo quieren marcharse. Entre las fiestas del colegio, las caminatas sin rumbo definido y la mesa compartida en el Diner, Enid y Rebecca terminan de delinear el plan de conseguir trabajo y pagarse un departamento juntas, escudadas en la amistad y en esa superioridad que da el hecho de no entusiasmarse hasta los grititos con los greatest hits de la adolescencia: hasta ahí todo bien. Pero Enid es de esas que no se va dócilmente por la puerta sino dinamitando las paredes: Ghost World se trata de ella, de su devenir mutante que a cada escena cambia de lentes y peinados, de su alejamiento de Rebecca y con ella, de todo lo que conoce, de la digresión que la lleva del esmirriado Steve Buscemi como amigo imposible y arbitrario a la parada de un colectivo fantasma que Enid puede o no puede tomar, y de cómo los discos, las historietas y las ventas de garage pueden hacer de mapa que permita desear otro camino.

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Tierra de gigantes

Jack, el cazagigantes

Jack, el cazagigantes

 

Jack, el cazagigantes es una bienvenida vuelta al cine de aventuras más primario y festivo, casi una película clase B teniendo en cuenta el grandotismo (a veces para bien y a veces para mal) del cine mainstream actual. Es también la película más relajada de Bryan Singer (autor de Los sospechosos de siempre, Operación Valkiria, Superman regresa y las dos primeras X-Men), aquí acompañado en el guion por Christopher McQuarrie, guionista de Los sospechosos… y director de la enorme Jack Reacher. La película es una recreación del famoso cuento de hadas Jack y las habichuelas, aunque en este caso se agregan reyes, princesas, traiciones y todo un ejército de gigantes que vive en la tierra sobre la tierra. Y nos narra la historia de Jack (Nicholas Hoult, ex niño de Un gran chico y protagonista de la reciente Mi novio es un zombie) y su viaje a aquella tierra de gigantes a rescatar a la princesa del reino junto a varios guardias reales y al pretendiente de dicha princesa, cuyas intenciones son mucho más oscuras.

Pero no hay oscuridad en Jack, el cazagigantes: todo en la película está narrado a puro humor y con un tono lúdico que la convierte en algo encantador. Hasta los villanos (brillantes Stanley Tucci y Ewen Bremner) están jugados por el lado de la comedia, aunque quien más resalta en este sentido es Ewan McGregor, quien porta un (des)peinado que se vuelve cada vez más pronunciado y ridículo a medida que avanza la película y se encarga de convertir cada una de sus frases de diálogo en un gran one-liner.

Igualmente, el hecho de que la película mantenga un tono sostenido de comedia no le impide ser también un gran film de aventuras. Y Singer construye escenas y maneja el suspenso con maestría: al primer gigante que vemos, Singer nos lo va mostrando de forma progresiva: primero, desde lejos confundido entre los árboles del bosque, casi ininteligible. Luego comenzamos a verle las piernas y los pies. El siguiente plano en que vemos al gigante es una subjetiva de Jack desde abajo del agua, donde también se lo ve difuso. Y, por último, antes de verlo en todo su esplendor, Singer nos lo muestra de espaldas. La escena funciona como las apariciones progresivas del tiburón de la película de Spielberg, pero en una versión compacta que no por ello deja de ser altamente efectiva. Otra escena brillantemente construida no será revelada para mantener a este texto spoiler-free, pero involucra una campana y a Jack gritando y galopando en su caballo, y da paso a unos treinta minutos finales que son pura adrenalina.

 

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Hay que salir del agujero interior

El Hobbit

El Hobbit

J.R.R. Tolkien no escribió El Hobbit como parte de su gigantesco –y desquiciado, seamos sinceros– ciclo mítico de la Tierra Media, sino como un cuento infantil, un relato para sus hijos. Sin embargo, algo sucedió en el medio y la novela terminó convirtiéndose en el lazo de unión entre su mitología y lo que luego sería El Señor de los Anillos. El asunto del pequeño cincuentón Bilbo, héroe a su pesar y personificación del sentido común inglés ante la adversidad, resultó un enorme éxito editorial, a tal punto que Disney quiso comprarlo inmediatamente e intentó una adaptación primero como largometraje y, luego, como uno de los fragmentos de la no realizada Fantasía 2. Allí Bilbo hubiera rescatado a una walkiria (!!!) al ritmo de Wagner. Tolkien básicamente lo mandó al Diablo, y además creía en el Diablo.

De todos modos, El Hobbit fue la primera obra de Tolkien adaptada a la pantalla, en este caso chica. Fue en 1977, pocos años después de la muerte del autor, un largo hoy de culto producido por la empresa Rankin-Bass. Es de hecho una adaptación bastante fiel, con muy buenos dibujos tradicionales de un realismo adecuado al cuento. Pero de algún modo a ese film le faltaba el aliento épico, quizás por haber sido realizado para la televisión. Y además daba poca cuenta de lo esencial de ese libro anómalo: la mutación de un cuento sin pretensiones a una fábula épica donde la muerte no carecía de peso.

Es evidente que Peter Jackson es algo así como el campeón del desquicio gigante. Aunque sus películas no le salgan bien (y no son pocas las que le han salido “no bien”, ninguna le ha salido directamente “mal”), tiene un gran cariño por el mundo que plantea (a veces prestado, como en King Kong y en gran medida esa parodia de los Muppets llamada Meet the Feebles, una obra maestra de la sátira cómica) y por sus personajes. Y también es evidente que ese ex gordito nerd (nerd sigue siendo) veía los libros de Tolkien como un refugio. Se los conoce de memoria, nombre a nombre e incluso –mal que nos pese– verso a verso. Y ha sido un lector crítico, como se nota en el humor que se desliza en varios momentos de El Señor de los Anillos, especialmente en las secuencias de acción. Hacer El Hobbit, si bien fue un proyecto anómalo que atravesó varias tormentas judiciales y de producción, con cambio de realizador incluido, implica volver al refugio. Como lector de Tolkien, aviso: esos libros, leídos a la edad justa, quedan como un lugar al que volver cuando el mundo se pone demasiado hostil. Lo que tienen es algo difícil de asir o aislar, una especie de alma que quizás se nos hace vicio.

“Hacer El Hobbit, si bien fue un proyecto anómalo que atravesó varias tormentas judiciales y de producción, con cambio de realizador incluido, implica volver al refugio.”

El Hobbit – Un viaje inesperado, es un poco o un mucho, más bien un mucho, esa búsqueda de refugio en la fantasía ante un mundo que se nos aparece cada vez más hostil. Pero cuidado: por alguna extraña, diabólica razón, el personaje más interesante y más humano es el a medias digital Gollum. Gollum es el obsesionado por el Anillo, el tipo que vive encerrado en una caverna royendo cualquier cosa y viviendo en la sola contemplación de un objeto. Muchos adolescentes poco adaptables que encontraron hogar en la Tierra Media –y no me cabe duda de que tanto Jackson como su guionista y esposa Phillippa Boyens lo fueron, como una versión light de la dupla de Criaturas celestiales– son Gollum, un extraño ser freudiano en un universo que detesta la modernidad. Si esta primera parte de la nueva trilogía de Jackson merece ser vista es por cómo Bilbo y Gollum, dos solitarios, se ven reflejados el uno en el otro. Y cómo, en el momento culminante, un acto de piedad es también un acto de mezquindad, un punto complejo mientras todo lo demás es furiosa, prolija, vertiginosa, divertida corrida de enanos matando duendes babosos. Es cierto, la película tarda en arrancar y, cuando lo hace, casi es demasiado tarde. Pero, a diferencia de otras fantasías multimillonarias que hoy sobreabundan en las pantallas, ésta tiene una sinceridad y un amor por lo deforme que no se encuentra habitualmente en el cine. Y, en ese sentido, sí es un viaje inesperado: no hacia la guarida del malvado dragón a punta de espada sino a la memoria de quien fue, alguna vez, un hobbit con demasiado miedo de salir de su agujero en el suelo.