¡Adrenalina al cuerpo!

 

Si estás recorriendo la provincia de Buenos Aires y decidís parar en el recóndito pueblito llamado El Dorado ¡no salgas a pasear de noche! Fenómenos extraños ocurren en las inmediaciones del lugar y es bastante probable que acabes ‘espantado’.

 

Todo documental que busca retratar una pequeña comunidad, muchas veces aislada y recluida dentro los escuetos límites de su terruño, implica cierto grado de intromisión, importuno y el peligro siempre acechante del etnocentrismo. Sin embargo ‘El espanto’ es justamente lo contrario. Los jóvenes realizadores Martín Benchimol y Pablo Aparo -en su segundo largometraje en conjunto luego de su film ‘La gente del río’, proyectado también en BAFICI en el 2013- forjan una especial comunión con los habitantes de este peculiar pueblo de la provincia de Buenos Aires, lo que inmediatamente se traduce en una colección de los testimonios más sinceros -muchas veces cercanos al ‘sincericidio’-, espontáneos y divertidos de varios referentes de la singular comunidad.

“Todo documental que busca retratar una pequeña comunidad, muchas veces aislada y recluida dentro los escuetos límites de su terruño, implica cierto grado de intromisión, importuno y el peligro siempre acechante del etnocentrismo. Sin embargo ‘El espanto’ es justamente lo contrario.”

En un lugar donde la medicina tradicional es mala palabra y las dolencias más usuales como el empacho, el ojeado y la pata de cabra se curan con cuerdas, sapos y palabras de mágicos poderes curativos, no hay demasiado lugar para la ciencia. No obstante, hay un mal que nadie en el pueblo puede -ni quiere- sanear: ‘El espanto’. Sólo un huraño personaje que vive al otro lado del puente y a quien nadie del pueblo se atreve a visitar, detenta la enigmática solución para este mal que, vaya uno a saber porqué, afecta sólo a las mujeres. Es entonces cuando la narración cobra un matiz surrealista y la tormenta que se avecina en el horizonte augura una noche repleta de misterios.

 

Estrenada en el [19] BAFICI, el film formó parte de la Competencia Oficial Argentina.

 

Marcelo Vázquez

 

[19] BAFICI: “Las cinéphilas”

 

El amor es, sin lugar a dudas, una de las emociones humanas más complejas de comprender y transmitir. Frecuentemente escapando a cualquier tipo de lógica y raciocinio, plantea un imponente desafío ante cualquier artista que se proponga representarlo. A pesar de ello, en esta decimonovena edición del BAFICI hemos podido apreciar algunos notables retratos de este intrincado sentimiento, tal como aquel dirigido con gran maestría por el cineasta brasileño Gabe Klinger -en torno al “amor a primera vista” entre un hombre y una mujer-, en su impecable film “Porto”. Sin embargo, uno podría preguntarse qué sucede cuando ese amor que se intenta reflejar en la pantalla grande no puede ser representado a través de las miradas, las caricias o los besos entre los personajes. A este intrincado dilema se enfrenta con gran aplomo la realizadora María Álvarez, quien, al querer representar el genuino amor que seis mujeres septuagenarias sienten por el séptimo arte, logró un sobresaliente documental titulado “Las cinéphilas”.

 

Si el film ganador del Oscar de Juan José Campanella pretendía transmitirnos que ningún hombre puede cambiar de pasión, el film de Álvarez de alguna manera viene a confirmarnos que cuando dicha pasión se ve atravesada por un afecto tan fuerte como el que exhiben las protagonistas de su film, ni el pasaje del tiempo, ni el deterioro de la salud ni nada podrán detenerlo. A través de seis de los más entrañables personajes que el género documental haya tenido, el film no sólo nos presenta una desprejuiciada mirada hacia lo que significa ser cinéfilo (a no confundir con ‘espectador’, como bien dice una de las señoras); pero también, un amable y jocoso retrato de sus vidas, atravesadas por su inconmensurable amor por el cine.

“[…] el film no sólo nos presenta una desprejuiciada mirada hacia lo que significa ser cinéfilo (a no confundir con ‘espectador’, como bien dice una de las señoras); pero también, un amable y jocoso retrato de sus vidas, atravesadas por su inconmensurable amor por el cine.”

 

Desde los anecdóticos recuerdos de su juventud cuando veían todo el cine del Neorrealismo Italiano y la Nouvelle Vague, hasta sus admirables esfuerzos por cuidadosamente seleccionar, filtrar y organizar sus grillas del Festival de Mar del Plata, la cinefilia de estas mujeres cobra vida a lo largo de cada fotograma del film. Uno incluso podría suponer que no hace falta escucharlas hablar de lo apuesto que era George Clooney o de cómo prefieren ver una película “cachonda” antes que una de Bergman o Rossellini (pues ya han visto la filmografía completa de dichos autores) para entender lo interiorizadas que se encuentran con el séptimo arte. Empero, además de constituir algunas de las escenas más irrisorias del film -el cual, cabe mencionar, posee elevados y muy bien logrados niveles de comicidad-, dichos momentos reflejan el enorme talento de Álvarez como narradora de este documental. En lugar de forzar a las “cinéphilas” a exhibir mediante convencionales preguntas y respuestas aquello que más las moviliza del cine, la paciente directora elige, con una enorme confianza en sus protagonistas, dejar que ellas mismas sean quienes transmitan aquello que verdaderamente sienten, una acertada decisión por la que no podríamos estar más agradecidos.

 

Antes de concluir, resulta pertinente destacar uno de los momentos más enternecedores del relato, cuando hacia su final una de las protagonistas cita la película “Madadayo” (1993), de Akira Kurosawa. El título de dicho film -dice Lucía- proviene de una frase que el personaje interpretado por Tatsuo Matsumura se dice a sí mismo al cumplir años y que se traduce como “aún estoy aquí”. Con total naturalidad, Lucía le confiesa a la cámara que, a partir de aquel film, ella misma ha adquirido el hábito de repetir la frase cada vez que le toca festejar su natalicio, denotando -una vez más- la arraigada cinefilia que la invade. Si bien es Lucía quien cita la frase en cuestión, pareciera como si -de alguna manera- las otras cinco protagonistas y su debutante directora también estuviesen diciendo, a través de este maravilloso documental, “aún estamos aquí… gracias al cine”.

 

Es efectivamente gracias a ese profundo amor por el séptimo arte que, en el último día del festival, en una colmada función “sorpresa” (organizada luego de que el film fuera galardonado con el Premio del Público la noche anterior), los espectadores nos hayamos visto indefectiblemente contagiados por esa innegable vitalidad que “Las cinéphilas” exhibe; por ese pasional -e infinito- compromiso con el cine que cada una de ellas predica; y, sobre todo, por esa rejuvenecedora cinefilia que de manera tan transparente han compartido con nosotros a lo largo de los apenas setenta minutos de duración del film. Gracias a ellas y a films como el orquestado por María Álvarez, en este [19] BAFICI el amor por el cine ha dicho -una vez más- “madadayo”.

 

 

BAFICI [18]: “JeruZalem”

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Hay que ser muy desafortunado para irse de vacaciones a un país extranjero justo en el mismo día en que se desata un apocalipsis de proporciones bíblicas. Para nuestro disfrute como espectadores, esto es lo que le sucede a las ‘inocentes’ protagonistas de este entretenido film de origen israelí, proyectado en la 18va edición del BAFICI.

 

Dirigido por Yoav y Doron Paz, el film -de un gran atractivo turístico- podría ser incluido dentro de un posible subgénero llamado ‘terror en primera persona’, categoría que compartiría con films como la pionera “El proyecto de Blair Witch”, la sorpresiva “Cloverfield” y otras tantas películas realizadas con la técnica del ‘found footage’. “JeruZalem”, cuyo título también podría ser “Atrapadas en Jerusalem”, es una divertida y tensionante experiencia voyeurista en la cual visionamos todas las desgracias ocurridas a las protagonistas del film a través de los anteojos Google Glass de una de ellas.

 

El film se condice con la nueva tendencia mundial que gira en torno al uso de tecnología inmersiva (también conocida como Realidad Virtual, como la disfrutable en el Espacio Qubit del Centro Cultural Recoleta) y a films realizados con una estética muy similar a la de un videojuego, en la cual uno ‘ve todo a través de los ojos del protagonista’, por decirlo en pocas palabras. Existe incluso en “JeruZalem” una genial escena en la que el film literalmente se vuelve un videojuego, explicitando el claro e inevitable parentesco que el espectador reconoce. En un año en el que el film ruso “Hardcore Henry” -también filmado desde la subjetiva de su protagonista- causó un gran furor tras su estreno en el Festival de Toronto, no es casualidad alguna que veamos en este BAFICI [18] una película como “JeruZalem” que explora las posibilidades de este tipo de filmación, pero desde el género de terror y al mismo tiempo, aprovechando otras populares tendencias actuales tal como la constante interacción de los jóvenes con las redes sociales, un recurso que es utilizado brillantemente en el film como fuente de ‘comic reliefs’ (Ej: la ingeniosa escena sexual en la que saltan a la pantalla los mensajes del preocupado padre de la protagonista).

 

Con respecto a esto último, es necesario resaltar que uno de los mayores méritos del film es su adecuado y efectivo uso de la comedia. “JeruZalem” es sin dudas, un film de terror y suspenso, pero es también una hilarante comedia. En casos como la escena mencionada anteriormente o en cada una de las instancias en la que la protagonista comete un error y sus anteojos le dicen “FATAL ERROR”, hay una intención consciente por parte de los realizadores, de explicitar algunos de los inevitables clichés del género, que desencadena un inesperado -y gratificante- efecto de comicidad en el espectador. Es decir, la puesta en evidencia de la estupidez de los personajes -sin llegar a pasarse al lado de la parodia- y el hacer que éstos mismos digan ‘que estúpido plan’, genera un efecto irrisorio en el público conocedor del género, quien en cierto punto incluso llega a festejar las malas decisiones tomadas por los protagonistas. Esta apuesta de los realizadores por hacer un film de terror impregnado de comedia, si bien era muy riesgosa, fue llevada a cabo espléndidamente y es uno de los puntos más altos del film, en conjunto con la filmación de -por ejemplo- una fiesta en primera persona o la utilización del loquero como locación para una de las mejores escenas de suspenso del film.

Uno de los mayores méritos del film es su adecuado y efectivo uso de la comedia. ‘JeruZalem’ es sin dudas, un film de terror y suspenso, pero es también una hilarante comedia.

Lamentablemente, no todo es color de rosas para los Hermanos Paz ya que el film tiene efectivamente numerosas falencias tal como la insistente y poco sutil anticipación del evento apocalíptico o la utilización de efectos visuales de un nivel no muy elevado, pero sobre todo, la pésima caracterización e interpretación del personaje de Kevin, quien parece existir dentro del film meramente para generar (insatisfactoriamente) paranoia entre los otros personajes y para “vomitar” diálogos explicativos acerca de la trama sobrenatural que está ocurriendo.

 

A pesar de todo esto, uno sale de “JeruZalem” con un saldo muy positivo e inesperado. Gracias a logrados momentos de suspenso en los que se explota al máximo la ausencia de visión o el desconocimiento acerca de lo que está sucediendo como fuente de miedo, los directores del film han logrado darle una nueva vuelta de tuerca al subgénero iniciado en los noventa por “El proyecto Blair Witch”, tiñendolo de comedia y actualidad, resultando así en una emocionante experiencia percibida desde la angustiante inmovilidad  de la butaca en la que uno se encuentra sentado.

 

 

Notas relacionadas:

 

 

BAFICI [18]: “11 Minutes”

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El gran Orson Welles alguna vez dijo: “En el cine, el montaje no es un aspecto. Es el aspecto. Lo esencial es la duración de cada imagen y lo que sigue a cada imagen. Lo que le otorga al cine toda elocuencia es lo que se gesta en la sala de montaje”. Luego de asistir a una proyección del film “11 Minutes”, en el marco de la 18va edición del BAFICI, resulta casi imposible no relacionar la nueva obra de Jerzy Skolimowski con la frase adjudicada al director de “El Ciudadano”. Incluso se podría argumentar que el más reciente film del realizador polaco es indudablemente un claro ejemplo de que el cine es esencialmente montaje, y siendo este último -de acuerdo con Welles- el aspecto troncal del primero, entonces nos atreveremos a decir que “11 Minutes” es cine (montaje) en su estado más puro.

 

El nuevo film del director de “Essential Killing” gira en torno a una serie de diversas (y numerosas) historias que se desarrollan simultánea y paralelamente, en el centro de la ciudad de Varsovia, en el transcurso de tan sólo 11 minutos. Ante dicha premisa, uno podría pensar como espectador prejuicioso que Skolimowski -quien además escribió el guión del film- se enfrentaba, mínimamente, con un enorme desafío: sostener la tensión dramática a lo largo de los 81 minutos de duración del film, girando exclusivamente en torno a un espectro temporal tan reducido y limitante. Sin embargo, y para la grata sorpresa de los espectadores, el film no sólo logra mantener el suspenso y la progresión dramática a lo largo de todo su metraje, sino que además, lo realiza de tal magistral manera que uno no puede evitar estar ansiosamente sentado al borde de su butaca, esperando la épica conclusión de este increíble tour de force.

 

“El nuevo film del director de “Essential Killing” gira en torno a una serie de diversas (y numerosas) historias que se desarrollan simultánea y paralelamente, en el centro de la ciudad de Varsovia, en el transcurso de tan sólo 11 minutos.

 

Entre las herramientas de las cuales se provee Skolimowski para lograr tan admirable hazaña, figura una caracterización de los distintos personajes -desde el guión y casting- tan correcta que resulta imposible perder el hilo conductor de la historia de cada uno de ellos. Similarmente, el director también realiza un tratamiento -tanto visual como sonoro- del film, que hace que cada plano, cada pieza musical, capte férreamente la atención del público. Hay en “11 Minutes” un gran mérito en torno al diseño sonoro de la película y a las precisas posiciones de cámara desde las cuales el director elige contar las diversas historias. Sin embargo, aún no hemos mencionado aquella tarea -brillantemente llevada a cabo desde el montaje y desde su previa escritura en el guión- que hace que efectivamente el film se sostenga de principio a fin. Se trata de la dosificación de la información.

 

Si bien nadie que haya visto el film estaría en desacuerdo al decir que el mismo es una maestría de montaje alterno, cabe destacar que además existe en él un trabajo milimétrico sobre la cantidad -y calidad- de información que se le da paulatinamente al espectador a medida que avanza el relato. Dicho trabajo se remonta obligatoriamente al guión literario del film, que plantea -desde un comienzo- hasta qué momento llega una historia antes de cambiar a otra, cuánto llegamos a conocer a los personajes (lo suficiente como para interesarnos en ellos pero no tanto como para ya anticipar su accionar) antes de conocer a los demás, y finalmente, hasta qué punto podemos tolerar la asfixiante tensión de una escena antes de descomprimir con otra, volver a construir desde cero y así sucesivamente hasta generar no una, sino numerosas bolas de nieve las cuales avanzan firme y rápidamente por la empinada montaña que es el montaje del film, anticipando así la llegada de un épico y explosivo clímax, el cual -una vez que llega- no decepciona en lo absoluto.

 

Pero como si ello no fuera poco -bajo ninguna circunstancia lo es-, una vez ocurrido el tan ansiado clímax, el director aún tiene más para ofrecernos: se trata de una conclusión que de ser descrita como ‘excelente’, sería faltarle el respeto. El film cierra con una pequeña semilla que se fue plantando progresivamente a lo largo de todo el relato, pero que nosotros, embadurnados por la orgásmica tensión del film, dejamos pasar inconscientemente, tan solo para dejarnos sorprender una vez más por lo que posiblemente sea -me atrevo a decir-, uno de los mejores films del año y sin lugar a dudas, una de las experiencias más cinematográficamente gratificantes que nos ha regalado esta nueva edición del BAFICI.

 

 

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Alamar: la selfie del pájaro

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Dicen que niños y animales son enemigos del actor, porque cuando aparecen pueden robarse cualquier escena.  Es así: esa pura espontaneidad habitual en ellos produce una magia más riesgosa que cualquier guión, divirtiendo aun cuando su energía sea pura dispersión.  El cine trató de explotar ese atractivo creando profesionales, monstruitos que imitan the real thing.  Así, decenas de perros fueron entrenados –y a veces la palmaban– para simular un único can superhéroe, como Lassie o Benji; chicos caprichosos y mentecatos en la vida real repiten los mohínes que les piden los grandes para convertirse en estrellas igual de caprichosas pero ahora impunes, como Macaulay Culkin o Shirley Temple.  Sí, cada tanto apareció un niño buen actor –y genios como Truffaut o Spielberg que sabían dirigirlos– pero aprendimos, a veces dolorosamente, que son la excepción a la regla.

El cine digital permite un acercamiento nuevo al fenómeno: ya no se trata de educar al salvaje, matando parte de su ser en el proceso, sino de capturar lo espontáneo.  Sin depender del celuloide, hoy una cámara puede permanecer prendida durante horas, incluso sin la presencia de un operador, lujo que antes sólo podía permitirse un millonario como Andy Warhol.  La idea prendió en la televisión y dio vida al reality, ese género que concentra la perversión voyeurista del medio.  Pero con un poco más de ética e ingenio, y cariño por las criaturas expuestas, se puede hacer gran cine.

“Sin depender del celuloide, hoy una cámara puede permanecer prendida durante horas, incluso sin la presencia de un operador, lujo que antes sólo podía permitirse un millonario como Andy Warhol.”

La película mexicana Alamar, como la italo-suiza La Pivellina (ambas de 2009), son notorios exponentes de la variante.  Construidas desde una situación que hace caso omiso de las diferencias entre ficción y documental, se limitan durante buena parte de su metraje a recoger y editar las reacciones de sus protagonistas.  En el caso de Alamar, ganadora del BAFICI entre otros festivales, se parte de una situación inicial que insinúa un drama o conflicto por venir: una pareja entre mexicano e italiana se separa y el niño, que vivía con sus padres en Yucatán, deberá partir a Italia con su madre, a quien apenas vemos.  La película es el testimonio de las últimas vacaciones de Natan con su padre y abuelo, que lo llevan a pescar con ellos en aguas del Caribe.

Es difícil adivinar sobre la marcha cuánto de este marco es ficticio, y en realidad no importa: luego, googleando un poco, será fácil averiguarlo.  Porque el 90 por ciento del metraje se centrará en esas vacaciones, donde el niño aprende los secretos del rústico oficio familiar.  Y ahí la película se vuelve documental, pura observación de la interacción entre ellos y la naturaleza.  Es fácil darse cuenta de que los adultos no están “haciendo como que”, sino que de verdad conocen el métier, y el asombro constante del niño también es genuino.  Más aún, vamos aprendiendo con él, y a la vez atisbando y comprendiendo los gestos de protección del adulto; nuestra identificación va del niño al padre y de vuelta a aquél durante todo el film.

Y entonces aparece lo inesperado, lo increíble, el ingrediente que hace a una película memorable.  Un ave zancuda curiosea por los alrededores y termina haciéndose “amiga” del chico, que la bautiza como Blanquita.  El bicho se convierte en un personaje más de la película; vuelve a visitarlos, y aprendemos a distinguirlo de otras aves.  En eso estamos cuando sucede un plano imposible en el cine “de antes”: desde la cabaña flotante donde está la familia, vemos al pájaro distraído, en el fondo del plano. Natan lo llama: “¡Blanquita!”  Y Blanquita planea en dirección a la cámara y termina posada frente a nosotros, en foco, en primerísimo plano.  Un milagro visual no muy distinto a aquella selfie que se sacó un mono de Indonesia sin saber que sería visto por millones de personas en todo el mundo.  De la misma manera, Blanquita entra al arcón de los grandes recuerdos cinematográficos de cualquiera que vea una vez Alamar, la película donde la realidad parece actuar para nosotros.  Podríamos imaginar a Spielberg o James Cameron reconstruyendo ese plano a la perfección en una computadora, pero el aura que tiene en Alamar –para usar el término del filósofo Walter Benjamin- es irremplazable… y eso que fue capturado por una cámara digital.

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¡A ver documentales!

¿Y a vos quién te llamó, futuro?

Películas Online

Películas online - ¿Y a vos quién te llamó, futuro?

En una época todo era más fácil. Uno iba al cine, elegía una de las películas en cartelera (o más de una, si era cine continuado), la veía y a otra cosa. Felizmente las cosas se fueron complicando a un ritmo estratosférico a medida que aparecieron, en orden cronológico: (a) los cineclubes, (b) los festivales de cine, (c) la televisión, (c) los reproductores hogareños, (d) Internet y el mundo de las películas online. Consideren, por ejemplo, cuántas películas podía ver una persona por año en 1920 y cuántas ahora. No, mejor: Consideren cuántas películas se perdía una persona en 1920 y cuántas ahora. El menú de opciones se amplió exponencialmente, llegando a límites salvajes. Sin exagerar mucho, se puede decir que prácticamente toda la historia del cine está al alcance de un click.

¿Esto quiere decir que estamos en el paraíso cinéfilo? No del todo. En las salas de cine, el mejor lugar para ver… bueno, cine… el panorama no es tan alentador. Además de ser cada vez más caro, lo que puede verse no es variado bajo ningún criterio, ni estético, ni geográfico, ni temático, ni ningún otro que se nos ocurra. En relación al número de películas que se filman por año, podemos ver en pantalla grande un porcentaje realmente ínfimo. Los festivales de cine y los cineclubes ayudan a paliar la situación, pero tampoco pueden hacer magia. De modo que muchas películas, por no decir la mayoría, solo pueden verse en pantallas de televisión o computadora. Lo cual tampoco es tan grave, considerando que los formatos hogareños se ven y escuchan cada vez mejor. Lo cierto es que, lo queramos o no, nos guste o no, lo hayamos previsto o nos haya tomado por sorpresa, en la actualidad este es el modo de consumo más extendido y no parece que vaya a cambiar en un futuro cercano.

[gn_quote style=”1″] ¿Esto quiere decir que estamos en el paraíso cinéfilo? No del todo. En las salas de cine, el mejor lugar para ver… bueno, cine… el panorama no es tan alentador. Además de ser cada vez más caro, lo que puede verse no es variado bajo ningún criterio, ni estético, ni geográfico, ni temático, ni ningún otro que se nos ocurra. [/gn_quote]

Paralelamente, y a raíz de estos cambios, los espectadores actuales están en un estado de mutación constante. Si en una época remota la gente iba al cine, veía lo que había y volvía a su casa, en las últimas décadas empezaron a aparecer nuevos tipos de espectadores. Está el público más “festivalero”, el  público de televisión por cable o satelital, el público que solo ve series, el público de DVDs o Blurays, el público cibernauta… Algunos son muy proactivos y se mueven como pez en el agua en este nuevo panorama: buscan lo que quieren ver y van y lo ven. Pero hay muchos otros que están un poco a la deriva, en un limbo: por ejemplo, se sientan frente a una computadora y se paralizan. No saben dónde buscar o ver películas online, o no saben dónde conseguir subtítulos, o cómo usarlos, o se bajan una película para chicos y termina siendo una pornográfica (¡pasa!), o cualquier otro “o” que a uno se le ocurra, porque en muchos aspectos y para mucha gente Internet es una verdadera selva. Pero además de este aspecto más técnico, está el tema de la cantidad, que de tan grande puede marear: ¿Qué ver? ¿A quién hacerle caso? ¿Vale la pena arriesgarse con esa película experimental checa sobre amebas? ¿Es garantía de algo que una película haya estado en 73 festivales? ¿O que la hayan visto 300 trillones de personas? Hay muchísimas películas para descargar o ver online, sí, pero no siempre sabemos qué.

Por eso, la máxima aspiración de este blog es convertirse en una especie de brújula (o, más acorde con estos tiempos, un GPS) más o menos confiable, más o menos interesante, que ayude a recorrer los cada vez más inciertos territorios del cine. La idea es recomendar y proponer y hablar y pelearnos y discutir sobre las películas para ver online que tenemos en  Qubit.tv y de esa forma recuperar, al menos un poco, eso que se pierde cuando uno ve una película desde su sillón y no desde una butaca: la dimensión más social y colectiva del cine. Ojalá nos acompañen.