En ninguna parte

i'm not there

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Siempre es complicado mirar una película biográfica (o biopic, como se los conoce): reducir la vida de una persona a una versión de los hechos que puede ser más o menos amplia, justa o fidedigna, pero no deja de ser una versión (corta, filmable, entretenida). Ya antes Todd Haynes se había acercado a otra figura de la música popular: su película Velvet Goldmine salía a explorar para averiguar qué había pasado con esa vieja estrella del glam de los setenta, tan pero tan parecida a David Bowie. Con I’m not there parece haber tirado la toalla antes de empezar: no se puede filmar la vida de Bob Dylan porque Bob fue muchos, cambió, se mantuvo siempre diferente. En vez de buscar una red con la que atrapar a este gigante, Haynes prueba con otra estrategia: si toda versión de Bob Dylan va a ser siempre un poco mentira (porque Bob no cabe en ninguna), ¿por qué no jugar con las versiones, hacerlas grandes, amplias, un poco exageradas, para tratar de encontrar un poco de verdad en las mentiras?

“No se puede filmar la vida de Bob Dylan porque Bob fue muchos, cambió, se mantuvo siempre diferente.”

Así, para tratar de filmar a Bob Dylan, Haynes usa seis personajes diferentes, interpretados por seis actores diferentes, entre los que aparecen hombres más o menos parecidos a Bob y también aparecen una mujer y un chico negro. Cada personaje tiene un nombre diferente, ninguno se llama Bob Dylan. Algunos representan diferentes épocas en la vida de Dylan (las drogas de los sesenta, el divorcio de los setenta, la conversión religiosa), otros representan diferentes partes de Dylan (la tradición rural de un país de horizontes amplios, la tradición literaria de la poesía europea, el deambular por trenes y por guitarras), ninguna se entiende sin las otras y posiblemente ninguna se entiende si no conocemos algo ya de su vida y su obra.

La película de Haynes decide dejar de lado un elemento fundamental de la tradición del biopic: la información. Sin carteles de fechas, sin explicaciones o resúmenes, sin una línea de tiempo clara (saltamos de un fragmento al otro sin orden aparente), el que entre a I’m not there sin saber nada de Dylan probablemente salga sin saber mucho más. ¿Qué ofrece, entonces, esta película? Ofrece una experiencia con condiciones. El que entre a I’m not there sabiendo algo sobre Dylan (incluso aunque no sea demasiado) va a descubrir mucho más que información: tapado de mentiras, enmarañado en rostros diferentes, escurridizo y variado, Dylan parece asomar por los rincones de una película que pareciera haber renunciado a describir a su objeto y que finalmente conforma el que probablemente sea su mejor retrato.

Notas relacionadas:  

Elvis: That’s the Way It Is

Tras una carrera vertiginosa como actor en 31 películas en Hollywood, Elvis Presley decide dejar la ficción en 1969 para volver a dar recitales, actividad que había abandonado para dedicar trece años exclusivamente a ser la estrella juvenil que dejó vacante la muerte precoz de James Dean. Cambio de hábito (1969) fue el último protagónico de ficción de El Rey, y ese título parecía adelantar el nuevo rumbo de su carrera. Al año siguiente filmaría su primer documental, Elvis: That’s the Way It Is, testimonio de su vuelta a la interpretación en vivo. Momento bisagra de su carrera pero también de la tierra del rock, donde en los sesenta habían desembarcado “piratas ingleses”, principalmente timoneados por The Beatles, que antes del rodaje de este documental habían anunciado su separación, y a quienes Presley dedica un guiño musical.

Tres días de ensayos en julio de 1970 en estudios de Metro-Goldwin-Mayer de California, más otros tres días de ensayos y tres de los seis recitales en vivo en agosto en el Hotel Internacional de Las Vegas fueron las únicas jornadas necesarias para completar este documental. El montaje original incluyó entrevistas para registrar la elvismanía de la época, escenas eliminadas en la versión restaurada en 2001 para reemplazarlas con material de Presley descartado en el estreno de 1970. Que solo se utilizaran nueve días de rodaje es testimonio potente de la efectividad de Presley, de su estado intacto tras la década larga que pasó sin actuar en vivo. Por eso, es documento fiel del último apogeo antes de la caída, por la inminente relación destructiva de Presley con las drogas y con el sobrepeso.

El director elegido fue Denis Sanders, que venía de ganar un Oscar por su corto documental Czechoslovakia 1918-1968. Pero tal vez la decisión más importante haya sido contratar al director de fotografía Lucien Ballard, que si bien tenía una carrera prolífica junto a directores como Josef von Sternberg, Hugo Fregonese y Stanley Kubrick, en 1969 también había recibido un Oscar por la fotografía del western La pandilla salvaje de Sam Peckinpah, donde puso toda su destreza para la pantalla ancha, con la que empezó a experimentar desde la década del 50. Así, cada encuadre de Elvis: That’s the Way It Is es una demostración lujosa de los beneficios de la pantalla ancha por la forma en que se registra el dinamismo de la performance de Presley, tanto como la glamorosa artificialidad del escenario de Las Vegas. La elegancia hipnótica de la voz y el cuerpo del Rey se capturan mejor en ese amplio espacio estético, donde se logra representar su relación con la banda y con el público, especialmente con las fans, en una secuencia en la que Presley baja del escenario para ser parte de una orgía de besos. La luminosidad potenciada del astro Rey que logra esta película, verdadero prodigio que multiplica el brillo tanto de las piedras incrustados en los trajes como del sudor de Presley en cada canción, es un adelanto de la seducción y el juego de artificio que el glam rock, con T-Rex y David Bowie a la cabeza, va a desarrollar en ese comienzo de década.

Elvis: That’s the Way It Is es una película fundamental por su manera de mirar con nitidez el presente y de alucinar el futuro al mismo tiempo: logra capturar toda la esencia elegantemente febril del rock de los inicios como las transformaciones que traerían los 70. Es que la presencia de Elvis tiene tanto de corporalidad física ineludible como de espejismo, una doble dimensión que solo el cine, en su mejor forma, puede capturar.

Mirá Elvis: That’s the Way It Is en Qubit.tv