[19] BAFICI: “Las cinéphilas”

 

El amor es, sin lugar a dudas, una de las emociones humanas más complejas de comprender y transmitir. Frecuentemente escapando a cualquier tipo de lógica y raciocinio, plantea un imponente desafío ante cualquier artista que se proponga representarlo. A pesar de ello, en esta decimonovena edición del BAFICI hemos podido apreciar algunos notables retratos de este intrincado sentimiento, tal como aquel dirigido con gran maestría por el cineasta brasileño Gabe Klinger -en torno al “amor a primera vista” entre un hombre y una mujer-, en su impecable film “Porto”. Sin embargo, uno podría preguntarse qué sucede cuando ese amor que se intenta reflejar en la pantalla grande no puede ser representado a través de las miradas, las caricias o los besos entre los personajes. A este intrincado dilema se enfrenta con gran aplomo la realizadora María Álvarez, quien, al querer representar el genuino amor que seis mujeres septuagenarias sienten por el séptimo arte, logró un sobresaliente documental titulado “Las cinéphilas”.

 

Si el film ganador del Oscar de Juan José Campanella pretendía transmitirnos que ningún hombre puede cambiar de pasión, el film de Álvarez de alguna manera viene a confirmarnos que cuando dicha pasión se ve atravesada por un afecto tan fuerte como el que exhiben las protagonistas de su film, ni el pasaje del tiempo, ni el deterioro de la salud ni nada podrán detenerlo. A través de seis de los más entrañables personajes que el género documental haya tenido, el film no sólo nos presenta una desprejuiciada mirada hacia lo que significa ser cinéfilo (a no confundir con ‘espectador’, como bien dice una de las señoras); pero también, un amable y jocoso retrato de sus vidas, atravesadas por su inconmensurable amor por el cine.

“[…] el film no sólo nos presenta una desprejuiciada mirada hacia lo que significa ser cinéfilo (a no confundir con ‘espectador’, como bien dice una de las señoras); pero también, un amable y jocoso retrato de sus vidas, atravesadas por su inconmensurable amor por el cine.”

 

Desde los anecdóticos recuerdos de su juventud cuando veían todo el cine del Neorrealismo Italiano y la Nouvelle Vague, hasta sus admirables esfuerzos por cuidadosamente seleccionar, filtrar y organizar sus grillas del Festival de Mar del Plata, la cinefilia de estas mujeres cobra vida a lo largo de cada fotograma del film. Uno incluso podría suponer que no hace falta escucharlas hablar de lo apuesto que era George Clooney o de cómo prefieren ver una película “cachonda” antes que una de Bergman o Rossellini (pues ya han visto la filmografía completa de dichos autores) para entender lo interiorizadas que se encuentran con el séptimo arte. Empero, además de constituir algunas de las escenas más irrisorias del film -el cual, cabe mencionar, posee elevados y muy bien logrados niveles de comicidad-, dichos momentos reflejan el enorme talento de Álvarez como narradora de este documental. En lugar de forzar a las “cinéphilas” a exhibir mediante convencionales preguntas y respuestas aquello que más las moviliza del cine, la paciente directora elige, con una enorme confianza en sus protagonistas, dejar que ellas mismas sean quienes transmitan aquello que verdaderamente sienten, una acertada decisión por la que no podríamos estar más agradecidos.

 

Antes de concluir, resulta pertinente destacar uno de los momentos más enternecedores del relato, cuando hacia su final una de las protagonistas cita la película “Madadayo” (1993), de Akira Kurosawa. El título de dicho film -dice Lucía- proviene de una frase que el personaje interpretado por Tatsuo Matsumura se dice a sí mismo al cumplir años y que se traduce como “aún estoy aquí”. Con total naturalidad, Lucía le confiesa a la cámara que, a partir de aquel film, ella misma ha adquirido el hábito de repetir la frase cada vez que le toca festejar su natalicio, denotando -una vez más- la arraigada cinefilia que la invade. Si bien es Lucía quien cita la frase en cuestión, pareciera como si -de alguna manera- las otras cinco protagonistas y su debutante directora también estuviesen diciendo, a través de este maravilloso documental, “aún estamos aquí… gracias al cine”.

 

Es efectivamente gracias a ese profundo amor por el séptimo arte que, en el último día del festival, en una colmada función “sorpresa” (organizada luego de que el film fuera galardonado con el Premio del Público la noche anterior), los espectadores nos hayamos visto indefectiblemente contagiados por esa innegable vitalidad que “Las cinéphilas” exhibe; por ese pasional -e infinito- compromiso con el cine que cada una de ellas predica; y, sobre todo, por esa rejuvenecedora cinefilia que de manera tan transparente han compartido con nosotros a lo largo de los apenas setenta minutos de duración del film. Gracias a ellas y a films como el orquestado por María Álvarez, en este [19] BAFICI el amor por el cine ha dicho -una vez más- “madadayo”.

 

 

“Zootopia”: Aprendiendo a vivir en sociedad

Zootopia

 

Nunca un film familiar de animación se comprometió tanto con un tema de actualidad -como es en este caso el racismo- de la misma manera que la nueva película de Disney Animation Studios, “Zootopia”. El film, ya disponible en Qubit.tv, cuenta la historia de la entrañable Judy Hopps, una pequeña pero persistente coneja quien sueña con convertirse en la primer oficial de policía de su especie, en la utópica ciudad de Zootopia donde los seres humanos jamás existieron y donde todos los mamíferos del mundo viven en una idílica comunión.

 

Sin embargo, en esta sociedad multiétnica aparentemente perfecta, subyace una profunda herida social que se remonta a tiempos pasados y que aún no ha terminado de sanar. En el interior de la cotidianeidad de su rutina, dentro de esta armoniosa estructura social preestablecida en la que están acostumbrados a vivir los animales, se esconde una contradicción ineludible: los animales se dicen iguales, independientemente de la especie a la que pertenecen, pero no por ello se tratan de igual manera unos con otros. Cualquier similitud con nuestra realidad no es pura coincidencia.

 

“ […] Los animales se dicen iguales, independientemente de la especie a la que pertenecen, pero no por ello se tratan de igual manera unos con otros. Cualquier similitud con nuestra realidad no es pura coincidencia.”

 

Esto se debe a que, a pesar de estar habitada por animales, la ciudad de Zootopia funciona como un reflejo perfecto de nuestra imperfecta raza humana. Los animales del film tienen trabajos, visten ropa, usan smartphones, escuchan a la exótica cantante Gazelle (Shakira) y hasta incluso insultan cuando son multados por estacionar incorrectamente (la personificación de los animales en el film es uno de sus puntos más altos, exhibiendo una gran creatividad por parte de sus guionistas y haciendo uso además de numerosas e hilarantes referencias cómicas). Pero en el fondo de esta simpática sociedad, se esconde una inevitable desconfianza, incertidumbre y hasta incluso miedo de los habitantes de Zootopia respecto de sus co-ciudadanos.

 

Afortunadamente, el film se toma el trabajo de darnos no una mirada unilateral sobre el racismo y la discriminación, sino las dos caras de la misma moneda al incorporar la cosmovisión del otro protagonista del film, el zorro Nick Wilde (interpretado por el siempre genial Jason Bateman). Entonces, lo que en una primera instancia parecía ser meramente un relato de autosuperación de la protagonista débil -no por su personalidad, sino por su especie- logrando vencer la adversidad que le presentaban los más fuertes, el relato en cambio vira hacia algo muchísimo más interesante y valorable: escapando de cualquier tipo de cliché, el film nos regala una entretenida y profunda reflexión sobre los altos niveles de prejuicios existentes en nuestra sociedad.

 

“ […] Escapando de cualquier tipo de cliché, el film nos regala una entretenida y profunda reflexión sobre los altos niveles de prejuicios existentes en nuestra sociedad.”

 

Una apuesta sin dudas desafiante para Byron Howard (Enredados) y Rich Moore (Wreck-It-Ralph), los directores de “Zootopia” quienes enfrentaron la difícil tarea de obligarnos, como espectadores, a realizar una introspección y percatarnos -al igual que la querible oficial Hopps- de que vivimos en realidad en una sociedad arraigada por prejuicios infundados e inculcados por los medios y hasta incluso por nuestros propios (y sobreprotectores) padres. Entonces nuestra protagonista, venciendo sus prejuicios y confiando en aquél que es discriminado, logra resolver el misterio que subyace en nuestra xenófoba sociedad: “el mal” no siempre es cometido por aquel que por su aspecto, raza o antecedentes estamos acostumbrados a juzgar. Muchas veces hasta el más pequeño (y de apariencia inofensiva) de los seres es quien más mal le termina causando al mundo.

 

Resulta inevitable visualizar este hermoso film y no relacionarlo con las innecesarias y violentas represalias policiales hacia ciudadanos de raza negra en los Estados Unidos hace poco más de un año (en este sentido, no es coincidencia alguna la profesión de la protagonista del film), o incluso con el trágico evento ocurrido la semana pasada en una discoteca de Orlando donde cincuenta personas perdieron su vida y otras tantas fueron heridas por un estudiante norteamericano de ascendencia islámica. Al día siguiente de este inhumano evento, un hombre de gran elocuencia y fama emitió un tweet básicamente incentivando la discriminación de aquellas personas que, al igual que al asesino, practican cierto culto religioso o que provienen de determinada zona del planeta, ya que -según él- son estas personas las que ejercen el mal en el mundo. Sin embargo y como nos demuestra “Zootopia”, alguien debería decirle al Sr. Donald Trump -este hombre que detrás de su éxito y excesiva seguridad esconde una ideología digna de un dictador fascista- que es en realidad él quien está sembrando el terror entre los ciudadanos, señalando a quien es distinto como fuente de todo mal, similarmente a lo que les sucede a los animales de esta ciudad animada.

 

Como verán, el análisis de un film como “Zootopia” puede extrapolarse a múltiples ámbitos. Esto sucede porque no nos encontramos bajo ninguna circunstancia ante una más de tantas películas animadas que meramente desean entretener a un público infantil con espectaculares animaciones, mundos extravagantes e ingeniosos chistes. Hay algo de eso en el film, pero “Zootopia” es mucho más. Es una de las películas más valientes y autoconscientes de su tiempo, un afable relato que nos enseña que por más avanzados que creamos ser como raza y por más tecnología que tengamos al alcance de nuestras manos, hasta que no nos liberemos de los numerosos prejuicios que gobiernan nuestra sociedad, nunca terminaremos de evolucionar; contrariamente a los animales del film quienes, si bien reflejan nuestra imperfecta naturaleza humana, lograron -al fin y al cabo- vencer todo tipo de discriminación y, sobre todo, transmitirnos una valiosa lección. Ahora queda en nosotros aprenderla.

 

No dejen de ver “Zootopia” en Qubit.tv.
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BAFICI [18]: “JeruZalem”

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Hay que ser muy desafortunado para irse de vacaciones a un país extranjero justo en el mismo día en que se desata un apocalipsis de proporciones bíblicas. Para nuestro disfrute como espectadores, esto es lo que le sucede a las ‘inocentes’ protagonistas de este entretenido film de origen israelí, proyectado en la 18va edición del BAFICI.

 

Dirigido por Yoav y Doron Paz, el film -de un gran atractivo turístico- podría ser incluido dentro de un posible subgénero llamado ‘terror en primera persona’, categoría que compartiría con films como la pionera “El proyecto de Blair Witch”, la sorpresiva “Cloverfield” y otras tantas películas realizadas con la técnica del ‘found footage’. “JeruZalem”, cuyo título también podría ser “Atrapadas en Jerusalem”, es una divertida y tensionante experiencia voyeurista en la cual visionamos todas las desgracias ocurridas a las protagonistas del film a través de los anteojos Google Glass de una de ellas.

 

El film se condice con la nueva tendencia mundial que gira en torno al uso de tecnología inmersiva (también conocida como Realidad Virtual, como la disfrutable en el Espacio Qubit del Centro Cultural Recoleta) y a films realizados con una estética muy similar a la de un videojuego, en la cual uno ‘ve todo a través de los ojos del protagonista’, por decirlo en pocas palabras. Existe incluso en “JeruZalem” una genial escena en la que el film literalmente se vuelve un videojuego, explicitando el claro e inevitable parentesco que el espectador reconoce. En un año en el que el film ruso “Hardcore Henry” -también filmado desde la subjetiva de su protagonista- causó un gran furor tras su estreno en el Festival de Toronto, no es casualidad alguna que veamos en este BAFICI [18] una película como “JeruZalem” que explora las posibilidades de este tipo de filmación, pero desde el género de terror y al mismo tiempo, aprovechando otras populares tendencias actuales tal como la constante interacción de los jóvenes con las redes sociales, un recurso que es utilizado brillantemente en el film como fuente de ‘comic reliefs’ (Ej: la ingeniosa escena sexual en la que saltan a la pantalla los mensajes del preocupado padre de la protagonista).

 

Con respecto a esto último, es necesario resaltar que uno de los mayores méritos del film es su adecuado y efectivo uso de la comedia. “JeruZalem” es sin dudas, un film de terror y suspenso, pero es también una hilarante comedia. En casos como la escena mencionada anteriormente o en cada una de las instancias en la que la protagonista comete un error y sus anteojos le dicen “FATAL ERROR”, hay una intención consciente por parte de los realizadores, de explicitar algunos de los inevitables clichés del género, que desencadena un inesperado -y gratificante- efecto de comicidad en el espectador. Es decir, la puesta en evidencia de la estupidez de los personajes -sin llegar a pasarse al lado de la parodia- y el hacer que éstos mismos digan ‘que estúpido plan’, genera un efecto irrisorio en el público conocedor del género, quien en cierto punto incluso llega a festejar las malas decisiones tomadas por los protagonistas. Esta apuesta de los realizadores por hacer un film de terror impregnado de comedia, si bien era muy riesgosa, fue llevada a cabo espléndidamente y es uno de los puntos más altos del film, en conjunto con la filmación de -por ejemplo- una fiesta en primera persona o la utilización del loquero como locación para una de las mejores escenas de suspenso del film.

Uno de los mayores méritos del film es su adecuado y efectivo uso de la comedia. ‘JeruZalem’ es sin dudas, un film de terror y suspenso, pero es también una hilarante comedia.

Lamentablemente, no todo es color de rosas para los Hermanos Paz ya que el film tiene efectivamente numerosas falencias tal como la insistente y poco sutil anticipación del evento apocalíptico o la utilización de efectos visuales de un nivel no muy elevado, pero sobre todo, la pésima caracterización e interpretación del personaje de Kevin, quien parece existir dentro del film meramente para generar (insatisfactoriamente) paranoia entre los otros personajes y para “vomitar” diálogos explicativos acerca de la trama sobrenatural que está ocurriendo.

 

A pesar de todo esto, uno sale de “JeruZalem” con un saldo muy positivo e inesperado. Gracias a logrados momentos de suspenso en los que se explota al máximo la ausencia de visión o el desconocimiento acerca de lo que está sucediendo como fuente de miedo, los directores del film han logrado darle una nueva vuelta de tuerca al subgénero iniciado en los noventa por “El proyecto Blair Witch”, tiñendolo de comedia y actualidad, resultando así en una emocionante experiencia percibida desde la angustiante inmovilidad  de la butaca en la que uno se encuentra sentado.

 

 

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Secuela: la epidemia de la comedia norteamericana

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Luego de una espera de exactamente quince años, finalmente ha regresado a la pantalla grande el modelo más estúpido y gracioso del mundo: Derek Zoolander. Sin embargo, dicho regreso (nuevamente dirigido y protagonizado por Ben Stiller) no sólo no está a la altura del film original, sino que -al igual que la gran mayoría de las secuelas cómicas del último tiempo- deja en el espectador una sensación cercana a la decepción.

 

Uno podría preguntarse si dicho fenómeno aplica exclusivamente a Zoolander 2, sin embargo, como dijo un espectador conformista a la salida de una función de dicho film: “Está bien, es una secuela. ¿Qué podés esperar de una secuela? Nunca son buenas!”. Dejando de lado el fatalismo de dicha cita, creo que a pesar de ello, dicho espectador tiene cierto grado de razón, ya que si bien su declaración no aplica para grandes films como El Padrino II, Shrek 2, El Imperio Contraataca y The Raid 2: Berendal (por citar tan sólo un par de diversos ejemplos); sí aplica para la comedia norteamericana actual.

 

En Hollywood nadie está a salvo de una secuela. Ni siquiera el clásico ochentoso Top Gun, cuyo proyecto de continuación fue suspendido tras la muerte de su director Tony Scott, para luego ser reanudado al poco tiempo por el propio Tom Cruise. Nadie está a salvo de las secuelas. Menos aún la exitosa y popular comedia norteamericana. En el último tiempo se han producido, casi mecánicamente, secuelas innecesarias (muy pocas veces lo son) de grandes comedias de culto. Entre ellas, Anchorman: La leyenda de Ron Burgundy, Tonto y Retonto y Zoolander, en tan sólo los últimos tres años.

 

“Nadie está a salvo de las secuelas. Menos aún la exitosa y popular comedia norteamericana.”

 

El problema de dichas secuelas es que, en su intento por agradar al público y recordarle lo genial que fue el film original, terminan replicando aspectos superficiales de éste último, en lugar de ofrecer un producto nuevo, original y entretenido que mantenga su esencia, la cual parecen perder de vista. Los guionistas y directores caen entonces en un burdo ‘copy-paste’ de aquellos chistes, momentos, secuencias o incluso tramas que funcionaron originalmente e intentan incorporarlos -forzosa e incorrectamente- en las secuelas de estos films. Teniendo la oportunidad de revisitar, casi veinte años después, a un querido y recordado personaje, trayéndolo a la actualidad, obligándolo a adaptarse a este mundo tan distinto y dándonos a conocer aspectos de su vida aún no explorados, Hollywood en cambio decide facilitar su propio trabajo y meramente ‘refritar’ aquellas geniales comedias de los noventa y principios de los 2000.

 

He allí la razón por la que salimos decepcionados de la sala luego de ver alguno de los films mencionados: en su intento por replicar ‘lo gracioso y memorable’ de las películas originales, los realizadores nos regalan una versión mediocre y actualizada de esas joyas cinematográficas, ahora transformadas en secuelas predecibles, facilistas e intrascendentes. Todo lo contrario a lo que fueron los films que las originaron.

 

Ese es el caso de Zoolander 2, donde obviamente, uno como espectador no puede evitar reírse con la imbecilidad de Ben Stiller, el carisma de Owen Wilson o el legendario Mugatu de Will Ferrell, quien se roba cada escena desde que aparece (bastante tarde) en el film. Pero dicha risa no es una carcajada, es una simple sonrisa nostálgica que nos recuerda todo aquello que era el film original y que la secuela no llega a ser. El mayor ejemplo de este fenómeno es la odiosa secuela de ¿Qué pasó ayer? en la cual parece que su director -Todd Phillips- tan sólo se tomó el trabajo de cambiar el escenario del film, pasando de Las Vegas a Bangkok, dejando intacto absolutamente el resto de la estructura del film.

 

En el caso de Zoolander 2, el film no llega a dicho extremo -gracias a Dios- sin embargo, el film no puede evitar caer en la repetición de la inolvidable secuencia del orange mocha frappuccino, la orgía, los innumerables cameos, el café caliente de Mugatu, ‘el momento Bowie’ y muchos más; haciendo que el espectador pueda anticipar casi todos los chistes del film -como sucedía también en la secuela de Anchorman pero no tanto en Tonto y retonto 2, donde Jim Carrey y Jeff Daniels salieron apenas más airosos que el famoso grupo de periodistas del Canal 5.

 

Donde mejor funciona el nuevo film de Derek y Hansel es cuando los guionistas deciden dejar de lado, tan sólo por unos instantes, al film del 2001 e intentan innovar con ricos e inesperados chistes, que funcionan y son gratamente bienvenidos. Lamentablemente, dichos momentos están lejos de ser la totalidad de la película. Una película que -al igual que su antecesora- se propone parodiar y ridiculizar al superficial y banal mundo del modelaje, pero que a diferencia de aquella, aquí la película se vuelve exactamente aquello que se propone criticar.

 

Ojala algún día, Hollywood abandone este modus operandi, mecánico e industrial, de producir secuelas insignificantes e intente -en cambio- dejarnos sorprender por nuevos personajes, tramas y momentos irrisorios que, sin desprenderse del film original, puedan prescindir de depender exclusivamente de él para hacernos reír.

 

No dejes de ver en Qubit algunas de las excelentes películas aquí mencionadas: Zoolander, El reportero: La leyenda de Ron Burgundy y Tonto y Retonto.

 

 

 

Unidad básica

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Es difícil explicar la magia de los dúos cómicos. Cuando se produce la chispa, de pronto descubrimos algo nuevo, que es mucho más que la suma de las partes. No se trata (no alcanza) con juntar dos buenos comediantes (o, en otra variante más clásica, un comediante y un actor serio) para que se produzca: la yuxtaposición de los talentos no garantiza el dúo. El dúo se produce por otro lado, por otras cosas. Hay algo en la relación, en la interacción, en el intercambio de frases, de gestos, de algo que no se explica. El dúo es una unidad fundamental de la comedia.

 

“Es difícil explicar la magia de los dúos cómicos. Cuando se produce la chispa, de pronto descubrimos algo nuevo, que es mucho más que la suma de las partes.”

 

Ben Stiller y Owen Wilson trabajan en varias películas juntos. Coinciden, por ejemplo, en Los excéntricos Tenembaum y en la serie de La familia de mi novia. Pero su primer verdadero trabajo como dúo se da en la gloriosa Zoolander: dirigida y (en sentido estricto) protagonizada por Ben Stiller, la película alcanza sus momentos más altos como vehículo de esta nueva pareja del cine. Después de Zoolander, Stiller y Wilson volvieron a protagonizar otra película, la injustamente olvidada Starsky y Hutch, dirigida por Todd Phillips (quien luego filmaría las hermosas ¿Qué pasó ayer? y Todo un parto). Y trabajaron otra vez juntos en la serie de Una noche en el museo, con Wilson en un papel muy secundario y deslucido por la falta de interacción real (efectos especiales mediante) entre Stiller y Wilson. La magia y el culto alrededor de Zoolander hicieron que 15 años después de su estreno esté a punto de estrenarse Zoolander 2, un tiempo entre secuelas apenas superado por El padrino.

 

Owen Wilson nace al cine dentro de un dúo: el que forma con su hermano Luke en Bottle Rocket (primera película también de Wes Anderson) y una y otra vez a lo largo de su carrera ha compuesto diferentes parejas cómicas. Algunas más improbables (como la que formó con Jackie Chan), otras un poco más chatas (sus trabajos con Vince Vaughn), Wilson forma parte de esos actores generosos, colaborativos, que saben entregarse a una película sin buscar un protagonismo llamativo (como, por ejemplo, en esa maravilla que no nos cansaremos de elogiar: How do you know). No exento de cierta melancolía (inevitable en las películas de Wes Anderson), con el correr de su carrera Wilson también ha protagonizado diferentes películas de diferentes tonos (como las recientes Terapia de Broadway, Sin escape, Medianoche en París, Vicio propio).

 

Ben Stiller (hijo de comediantes) formó en cine desde muy temprano una carrera más variada y oscura, no solo por haber trabajado como director, sino por el tono de muchas de sus películas (su primera película como director, Generación X, estaba lejos de la comedia), que muchas veces se acercan al cine independiente (sus trabajos con Noah Baumbach) y la mayoría se sumergen sin dobleces en el mainstream más llano (desde voces de animación hasta secuelas innecesarias de uno de sus primeros éxitos, La familia de mi novia). Stiller puede y busca ser una figura levemente obsesiva, escondida, con por lo menos una nota de seriedad.

 

Su perfil de comediante nunca brilló tanto (y con tanta alegría) como en Zoolander. Y una pieza clave de esa alegría es la presencia de Wilson, un actor que porta su sonrisa con felicidad, que nunca tiene pruritos para entregarse plenamente al papel que está haciendo. La levedad de Wilson como Hansel y la libertad que se permite Stiller como Zoolander son lo que terminan por componer esa hermosa pareja del cine feliz.

 

Notas relacionadas:

. Comedias coloridas

 

 

La Nana: el drama micro

La Nana

 

La Nana

En 2009, La nana ganó un premio mayor en el festival de Sundance confirmando el buen momento que empezaba a pasar el cine chileno y que hoy ya no es secreto (baste ver la nominación al Oscar para No hace pocos meses).  Como La sagrada familia, Tony Manero o El salvavidas, La nana es obra de un director joven y casi debutante (Sebastián Silva); aprovecha al máximo las posibilidades que abre el cine digital –fue filmada en quince días en la casa del cineasta– y comparte valores estéticos del ayer nuevo cine argentino, con el que lo une además cierta impronta generacional.

Cierto, La nana es una de esas películas “minimalistas” que casi no utiliza los trucos del cine comercial: una situación argumental de vida o muerte, imágenes de gran espectáculo, música subrayando o construyendo el “clima”.  Y sin embargo brindará igual diversión y emoción que aquél al espectador que se anime a verla.  Silva toma una situación típica, la de la empleada doméstica “cama adentro”, y evita los lugares comunes tanto del folletín como de la denuncia teñida de paternalismo, tan común en el cine latinoamericano.  Desde el principio vemos que Raquel, la mucama que no es linda ni buena pero sí fiel y dedicada, ha hecho de la familia para la que trabaja la suya propia: una suerte de síndrome de Estocolmo que se da en el rubro y que será el sustrato, la semilla del drama, que se desencadenará cuando su salud se resienta y la patrona decida agregar una ayudanta, poniendo así en cuestión su lugar en la casa.

En este sentido, La nana funciona como una versión mínima y latina de Lo que queda del día (1993), aquel dramón de James Ivory con Anthony Hopkins y Emma Thompson (basado en brillante novela de Kazuo Ishiguro).  Allí veíamos al lacayo Stevens preocuparse más por los detalles de una importante celebración que por la salud decreciente de su padre, que moría en pleno convite.  Una escena dramática que terminaba de forjar el reprimido carácter de Stevens ante el espectador, y que Ivory reprodujo del libro tal cual.  Silva lo hace de manera mucho más simple y sutil: al comienzo de La nana, la familia le arma a la mucama una modesta celebración por su cumpleaños.  Mientras agradece los regalos, algo incómoda por ser el centro de la escena, Raquel recibe un llamado de su madre.  Después de intercambiar unas pocas frases con ella, le corta “porque aquí la familia me está celebrando”.  Es claro a quiénes considera Raquel su familia.

A diferencia entonces de La ceremonia (Chabrol) o la película de Ivory, y más en sintonía con el papel de la servidumbre en películas como Cama adentro o las de Lucrecia Martel, aquí no hay nada de trágico: nadie muere, nadie es amenazado ni chantajeado ni sufre por amor, no ocurre nada extraordinario, nada de lo que se piensa como “materia de ficción”.  Van llegando diversas ayudantas y Raquel entra en una crisis de celos que sacará a la luz sus más bajos instintos.  Sorpresivamente, todo esto da lugar a una comedia…  Que surge no ya del gag guionado, sino del detalle con que son observados todos los personajes, con sus virtudes, mañas y miserias.  El trabajo del elenco es sobresaliente –en especial el protagónico de Catalina Saavedra, en la línea de una Isabelle Huppert– pero florece a partir de la habilidad de Sebastián Silva como narrador.  El guión, que escribió con Pedro Peirano (No, 31 minutos) se basa en sucesos de su propia familia, y se nota: hay cosas que no se pueden inventar.

La gran lección de La nana, la que tendrían que aprender todos los estudiantes de cine, es que el drama, la ficción, pueden encontrarse en cualquier parte.  Algunos maestros lo supieron siempre: basta con ver una película de Rohmer o leer un cuento de Scott Fitzgerald (por ejemplo, “Berenice se corta el pelo”).  Ya vimos demasiados operaprimistas metiendo un revólver en el bolso de un personaje para construir interés dramático en algo que por sí mismo no lo despierta.  Queremos más películas como La nana.

 

Notas relacionadas: Comedia independiente