Novias-madrinas-15 años: mirar bien

Lejos de la formalidad de la voz en off y los letreros informativos de esos documentales predigeridos de la tele; pero también lejos de los tiempos muertos y “cuelgues” de los otros que suelen premiarse en festivales, Novias-madrinas-15 años apuesta por la sencillez. Los personajes se presentan a sí mismos y hablan mirando a cámara; sus entrevistas sucesivas se van picando con momentos donde se los ve en acción, en la sedería del Once donde se dedican a vender telas para vestidos a las clientas que indica el título del film (copiado de una frase de la marquesina).  Es decir, este es un documental sobre una sedería –de hecho casi nunca abandona el interior del local– donde conocemos a los que allí trabajan.  No se trata de una investigación de campo sobre el negocio de la tafeta y el voile (pronúnciese “vuál”) ni sobre el gremio de los vendedores: se trata de conocer a los personajes.

Y vaya que lo son.  Los hermanos Levy, hijos del dueño de la firma, partieron de un lugar común que se escucha en las charlas de empleado a empleado, en cualquier lugar donde haya aburrimiento compartido, conversaciones, mañas: “éste tendría que estar en una película” (dicho con displicencia mientras se señala a alguien que se mandó alguna, o contó alguna, para llamar la atención o romper la rutina).  Partieron de ahí, entonces, y llegaron a una película que nos convence de que en cualquier local, oficina o taller hay material para hacer una película.

En Novias-madrinas-15 años los personajes cuentan sus cuitas con una combinación de nobleza, miradas nerviosas a la cámara y la ingenuidad del que la tiene delante por primera vez.  El fondo ante el que posan para la entrevista es una de las telas estampadas que venden al público y que eligieron especialmente para la ocasión.  Como en cualquier lugar de trabajo, están el serio, el “loco”, el jugador…  que nos muestran cómo hace media docena de varones para convencer a una infinita sucesión de mujeres –cumpleañeras, novias, modistas, madres– de que la tela que le están mostrando es la que más le conviene.  Y así nos abren, por un rato, una ventana a sus vidas.  Para cuando le llega la hora de hablar a papá Levy, algo cortado, casi hosco (pero en el fondo orgulloso), entendemos que para contar el mundo alcanza con mirar acá nomás.  Mirar bien.

Así, sin pretensiones pero con la puntería de un cazador experto, Novias-madrinas-15 años divierte, asombra y genera una extraña empatía con estos veteranos que miran a cámara como oteando, tratando de calar a los espectadores –aunque no puedan verlos– desde el mostrador donde pasan sus días.

 

Elvis: That’s the Way It Is

Tras una carrera vertiginosa como actor en 31 películas en Hollywood, Elvis Presley decide dejar la ficción en 1969 para volver a dar recitales, actividad que había abandonado para dedicar trece años exclusivamente a ser la estrella juvenil que dejó vacante la muerte precoz de James Dean. Cambio de hábito (1969) fue el último protagónico de ficción de El Rey, y ese título parecía adelantar el nuevo rumbo de su carrera. Al año siguiente filmaría su primer documental, Elvis: That’s the Way It Is, testimonio de su vuelta a la interpretación en vivo. Momento bisagra de su carrera pero también de la tierra del rock, donde en los sesenta habían desembarcado “piratas ingleses”, principalmente timoneados por The Beatles, que antes del rodaje de este documental habían anunciado su separación, y a quienes Presley dedica un guiño musical.

Tres días de ensayos en julio de 1970 en estudios de Metro-Goldwin-Mayer de California, más otros tres días de ensayos y tres de los seis recitales en vivo en agosto en el Hotel Internacional de Las Vegas fueron las únicas jornadas necesarias para completar este documental. El montaje original incluyó entrevistas para registrar la elvismanía de la época, escenas eliminadas en la versión restaurada en 2001 para reemplazarlas con material de Presley descartado en el estreno de 1970. Que solo se utilizaran nueve días de rodaje es testimonio potente de la efectividad de Presley, de su estado intacto tras la década larga que pasó sin actuar en vivo. Por eso, es documento fiel del último apogeo antes de la caída, por la inminente relación destructiva de Presley con las drogas y con el sobrepeso.

El director elegido fue Denis Sanders, que venía de ganar un Oscar por su corto documental Czechoslovakia 1918-1968. Pero tal vez la decisión más importante haya sido contratar al director de fotografía Lucien Ballard, que si bien tenía una carrera prolífica junto a directores como Josef von Sternberg, Hugo Fregonese y Stanley Kubrick, en 1969 también había recibido un Oscar por la fotografía del western La pandilla salvaje de Sam Peckinpah, donde puso toda su destreza para la pantalla ancha, con la que empezó a experimentar desde la década del 50. Así, cada encuadre de Elvis: That’s the Way It Is es una demostración lujosa de los beneficios de la pantalla ancha por la forma en que se registra el dinamismo de la performance de Presley, tanto como la glamorosa artificialidad del escenario de Las Vegas. La elegancia hipnótica de la voz y el cuerpo del Rey se capturan mejor en ese amplio espacio estético, donde se logra representar su relación con la banda y con el público, especialmente con las fans, en una secuencia en la que Presley baja del escenario para ser parte de una orgía de besos. La luminosidad potenciada del astro Rey que logra esta película, verdadero prodigio que multiplica el brillo tanto de las piedras incrustados en los trajes como del sudor de Presley en cada canción, es un adelanto de la seducción y el juego de artificio que el glam rock, con T-Rex y David Bowie a la cabeza, va a desarrollar en ese comienzo de década.

Elvis: That’s the Way It Is es una película fundamental por su manera de mirar con nitidez el presente y de alucinar el futuro al mismo tiempo: logra capturar toda la esencia elegantemente febril del rock de los inicios como las transformaciones que traerían los 70. Es que la presencia de Elvis tiene tanto de corporalidad física ineludible como de espejismo, una doble dimensión que solo el cine, en su mejor forma, puede capturar.

Mirá Elvis: That’s the Way It Is en Qubit.tv

¡A ver documentales!

Usted está viendo en la televisión un documental sobre la guerra del Peloponeso. Un experto, con anteojos, barba y una gigantesca biblioteca de fondo, habla con voz monótona y monocorde sobre algún episodio bélico. Aparece en pantalla un mapa de la Grecia Antigua con miles de flechas que salen en miles de direcciones diferentes mientras una voz en off enumera, como si estuviera leyendo la lista del supermercado, nombres de reyes y generales, tratados y años, victorias y derrotas. El control remoto está lejos y a usted le está ganando el sueño: no tiene fuerzas como para pararse y cambiar de canal. Se le cierran los ojos. Los expertos se siguen amontonando en pantalla, pero usted ya no sabe si las palabras “Egospótamos”, “arquidámica” y  “Epidamno” están realmente saliendo de la televisión o si las está soñando, si su mente las está inventando para construir su propia guerra del Peloponeso. Justo antes de quedarse dormido, usted se promete a sí mismo nunca más en su vida ver un documental. Y después se entrega al sueño.

La pregunta es: ¿Ha hecho bien? La respuesta es categórica: no. Absoluta y decididamente no. Por un documental malo, que los hay, se va a perder miles de documentales buenos. Y no solo buenos, también ágiles, interesantes, graciosos, terroríficos, iluminadores, polémicos… y sobre todo, variados. Porque lo cierto es que hay documentales de todos los tamaños, formas y colores. De hecho, el prejuicio más arraigado que existe en cuanto a los documentales (es decir, que son todos más o menos iguales, todos más o menos parecidos al descrito en el primer párrafo) es también el más errado. Por cada decisión que toma un documentalista, hay otro que tomó exactamente la contraria. Hay documentales que no tienen ni una sola imagen de material de archivo y hay otros que están hechos solamente de material de archivo. Hay documentales que evitan sistemáticamente las entrevistas y otros que giran completamente en torno a ellos. Documentales que se apoyan en una voz en off omnipresente y documentales que prescinden 100% de ella. Documentales que vociferan verdades y documentales que tímidamente transmiten dudas. Hay documentales didácticos y documentales narrativos. Documentales combativos y documentales poéticos. Hay, en fin, documentales para todos los gustos.

¿No lo convencí? ¿Todavía se aferra a su promesa de no ver más documentales? ¿Sigue teniendo pesadillas con la Guerra del Peloponeso? Hágame caso y comience una terapia de desintoxicación con estos tres documentales:

This Film is Not Yet Rated: Para descubrir y describir cómo funciona el sistema de calificaciones cinematográficas (PG-13, NC-17, etc.) en los Estados Unidos, Kirby Dick contrata a dos detectives lesbianas para infiltrarse en ese oscuro mundo en el que se le “estampan” las calificaciones a las películas… un mundo hecho de oficinas, pasillos, microcines, influencias, contactos, leyes no escritas, grandes estudios, curas, ligas de amas de casa y un largo y siniestro etcétera. Una película graciosa, potente y perfectamente documentada.

Grass: La historia de la marihuana en el Siglo XX en los Estados Unidos. O sea: La historia de los diferentes modos en los que se intentó justificar la ilegalización de la marihuana en los EE.UU. O sea: La historia de cómo apareció la marihuana retratada en el cine, la televisión, la radio, la música y los diarios estadounidenses. O sea: La historia de los estrafalarios mitos, leyendas, exageraciones y mentiras que se construyeron alrededor de la marihuana. O sea: Una película clave (y tremendamente divertida) para entender el grado de manipulación al que hay que recurrir para defender medidas ridículas.

Fetishes: Cuarentones que fingen ser bebés (se ponen pañales y todo) y son castigados por sus amas… judíos que juegan a estar en campos de concentración y sufren las represalias de madamas disfrazadas de guardias nazis… Látigos, esposas, cuero, dominación, simulacros de violaciones… Hay fantasías para todos los gustos (para todos los gustos más o menos retorcidos, claro) en este documental sobre Pandora’s Box, un lujoso club de sadomasoquismo en Nueva York. Y hay un gran documentalista, Nick Broomfield, un gentleman británico, irónico e incisivo, que no se cansa de preguntar y de indagar sobre todas estas prácticas.

 

This Film is Not Yet Rated, Grass y Fetishes pueden verse online en Qubit.tv, los primeros dos, gratis.