Terminator: 1984 revisitado

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Un año antes de que Marty McFly debiera ingeniárselas para que sus padres sí terminaran juntos a pesar de todo (y así garantizar su propia existencia y el no tan plácido curso de los acontecimientos futuros), un robot malvado y prácticamente indestructible intentaba que los padres de otro muchacho no terminaran juntos (y así evitar su existencia y garantizar el oscuro curso de los acontecimientos futuros). En una había que enderezar la línea de tiempo para que las cosas siguieran siendo como eran, o más o menos. En la otra, había que torcerla y cortarla para que las cosas siguieran otro camino. Pero en mientras que en Volver al futuro, aunque más no fuera en los detalles, la historia terminaba cambiada, en Terminator, el mismísimo intento por cambiar la historia era la condición indispensable para que se cumpliera un destino que ya estaba escrito.

 

Suena un poco enrevesado, pero no lo es: no es otra cosa que una película diciéndonos muy alegremente que cada uno escribe su destino, y otra película diciéndonos que, no importa cuántas vueltas le demos, estamos encaminados inexorablemente hacia un futuro complicado.

 

Y uno puede poner de cabeza o de costado, o de atrás hacia adelante todas las listas de grandes películas de los años ochenta pero Terminator (The Terminator, 1984) seguirá siendo, treinta años más tarde, una de las mejores, de las más importantes, y de las más originales de su década (y una de las mejores de todos los tiempos). Al igual que Volver al futuro, tematiza la paradoja misma del asunto de los viajes en el tiempo, y en ese sentido es posible ver cada tanto películas modernas y muy buenas que parecen haber sido concebidas bajo la influencia del clásico que le reveló al mundo el talento de James Cameron  (que sí, ya había filmado Pirañas 2, que es simpática, pero digamos que no es lo mismo): sin ir ni un poco lejos, este mismo año, como si se tratara de un homenaje por el trigésimo aniversario, se estrenaron dos películas sobre viajeros-en-el-tiempo que retroceden para cambiar el destino. Una fue Al filo del mañana (de Doug Liman con Tom Cruise), que combinaba Terminator con Hechizo del tiempo; la otra X-Men: Días del futuro pasado (de Bryan Singer), aunque esta última está basada en una historieta que precede a Terminator. De hecho, la historia de Terminator está repleta de detalles que buscan relativizar su originalidad, empezando por los juicios que el escritor Harlan Ellison le hizo a Cameron por plagio de dos de sus guiones para la serie televisiva Rumbo a lo desconocido (“Soldado” y “El demonio con una mano de cristal”), que fueron arreglados en favor de Ellison por una suma desconocida. Y sin olvidar el cuento “Los hombres que mataron a Mahoma”, de Alfred Bester, en el que un científico viaja al pasado para asesinar a los abuelos de su esposa adúltera con el único fin de prevenir su nacimiento.

 

Pero lo cierto es que por muy afanada de acá o de allá que se diga que es la premisa de la película de Cameron, su inoxidable carácter de culto se debe a la maestría con que está narrada, que en su estreno no fue suficientemente reconocida por la crítica: Janet Maslin, que dentro de todo estuvo entre sus defensores, la llamó en The New York Times “una película clase B con estilo”.  Su genialidad está en su ritmo, en su potencia, en sus detalles, que no pertenecen a ninguna de sus presuntas influencias: desde el gigantón austríaco Arnold Schwarzenegger con su tan cool campera negra y sus anteojos oscuros diciendo, con su acento teutón, “I’ll be back”, al prosaico programa de eliminación de todas las Sarah Connor de la guía telefónica, a la climática escena del esqueleto cibernético caminando entre brasas. Terminator es indestructible como su protagonista.

“Y uno puede poner de cabeza o de costado, o de atrás hacia adelante todas las listas de grandes películas de los años ochenta pero Terminator (The Terminator, 1984) seguirá siendo, treinta años más tarde, una de las mejores, de las más importantes, y de las más originales de su década (y una de las mejores de todos los tiempos).”

La película convirtió en estrellas a Ah-nold (con un papel que, dice la trivia, había sido rechazado por Mel Gibson; imagínenselo nomás), y a Cameron, que después hizo una secuela-remake que era más o menos lo mismo pero con más plata, más camiones, efectos visuales revolucionarios, el austríaco haciendo de robot bueno y la trama del destino-escrito un poco borroneada. T2: Juicio final fue una de las grandes películas que abrieron los noventa pero no estuvo a la altura de la primera, como no lo estuvo ninguna de las secuelas, ni la pretenciosa precuela ni la mamarrachesca serie televisiva. Hecha con poco más que los recursos justos y grandes aspiraciones, a T1 la alienta ese espíritu sí, algo clase B, que conecta tan bien con su época. Retrospectivamente se dijo que era un film propio de los reaganomics, un mundo duro y sólo para los duros; pero como suele ocurrir con estas interpretaciones, se la puede revertir por completo y pensarla como su contraria: un film sobre la resistencia en tiempos duros. Y, seguro, una película estrenada en el año de la distopía orwelliana que absorbió con las mejores armas narrativas los temores de su tiempo, que supo contar la pesadilla tecnocrática, el advenimiento de la dictadura de las máquinas.

 

Así que sobre la vigencia de este superclásico que ni siquiera su propia productora –la quebrada Orion– supo valorar lo suficiente antes de su estreno, no hay dudas. La pregunta en todo caso es qué fue de sus otros protagonistas, Michael Biehn (Kyle Reese) y Linda “Sarah Connor” Hamilton; y quizá prefieran no saber la respuesta: el futuro no tenía los mejores planes escritos para ellos.