Johnny Depp podría ir preso

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El actor de Piratas del Caribe llevó a Australia sin permiso a sus Yorkshire terrier, Boo y Pistol, para evitar que pasaran diez días en cuarentena antes de poder volar.  El Senado australiano aseguró que si el caso llega a los tribunales podría costarle a Depp una pena de 10 años en la cárcel o bien, tener que pagar una multa de más de 275.000 euros. 

 

El error cometido por Depp salió a la luz cuando se filtraron unas fotos en la que uno de los empleados del actor los llevaba en un bolso de mano a una peluquería canina de la ciudad de Gold Coast. “Es hora de que Pistol y Boo vuelvan a Estados Unidos. Tiene unas 50 horas para trasladar a los animales. Puede meterlos en el mismo jet privado en el que llegó aquí para que abandonen nuestra nación. El señor Depp tiene que hacer que sus perros regresen a California o tendremos que sacrificarlos”, aseguró el ministro de Agricultura, Barnaby Joyce. “Si comenzamos a dejar que las estrellas de cine entren en nuestro país con mascotas, entonces ¿por qué no nos saltamos las leyes para todo el mundo?”, argumentaba Joyce ante la prensa.

 

“El señor Depp tiene que hacer que sus perros regresen a California o tendremos que sacrificarlos”

 

Tras el mal momento, y para evitar que sean sacrificados, Johnny Depp decidió enviar a sus dos perros de vuelta a Estados Unidos antes del sábado y espera la multa correspondiente por violar la Ley.

 

¿Qué opinas al respecto? ¿Te parece bien la medida que tomó el ministro de Agricultura?

 

 

EL INFIERNO ESTÁ ENCANTADOR

La ultima puerta

 

La ultima puerta

Un plano muestra a un señor escribiendo una carta en su escritorio. La cámara se mueve muy prolijamente hacia una silla y de ahí panea hacia arriba para mostrarnos una soga. Clásico, elegante, discreto y económico. Polanski sabe que cada movimiento de cámara es el necesario, que la historia a contar tiene suficiente cuerpo y que, por sobre todo, deben primar el ritmo adecuado y el buen gusto.

Todo es encantador en esta búsqueda de un par de copias de un libro oculto que el detective editorial Corso (Johnny Depp en su medida justa) realizará para Balkan (magnético, como siempre, Frank Langella), un coleccionista de libros obsesionado con el diablo. Y el tema que se trata es el mejor vehículo para darse todos los gustos como espectador. Libros incunables, bibliotecas hermosas (de las polveadas y las muy bien cuidadas), librerías de rarezas, hoteles elegantes, mansiones, castillos, copas hermosas de brandy, escritorios, muebles y autos antiguos, Emmanuelle Seigner, todo es atractivo. Suele usarse como lugar común evocar el olor de los libros. Viendo esta película se puede oler lo concentrado de ejemplares de siglos atrás y hasta sentir su tacto, porque los objetos son importantes en La última puerta, son todos objetos de deseo.

A todo esto hay que sumarle una fluidez narrativa y un dominio de climas y tiempos envolvente, a lo que contribuye  una perfecta banda sonora de Wojciech Kilar y una gama de colores amables, cálidos, que van desde algunos escasos verdes sin demasiada esperanza, mucho marrón madera donde añejar las mejores historias, y amarillos y rojos encendidos e infernales.

Es lógico que cualquier película quiera ser lo más seductora posible, pero en este caso lo gustoso es esencial para una historia que tiene al príncipe de las tinieblas como protagonista fuera de campo. Como un bueno vino, La última puerta balancea en el paladar cinematográfico intensidades y sabores, gracias a ingredientes como el memorable momento que incluye a una señora en silla de ruedas, o personajes de cuento de hadas como los gemelos libreros Ceniza, apellido que da cuenta del humor sutil característico, cargado siempre de una pícara maldad, en ese ángel expatriado que es el director polaco. Embriagados de placer, y engatusados por el dominio de un director que hace su segunda película sobre el diablo (la primera es El bebé de Rosemary), pero dueño de toda una filmografía diabólica, cada vez nos resulta más difícil volver del viaje que emprendemos con Corso. Cuando nos damos cuenta, con tal de que nos den más de esas superficies de placer, le entregamos el alma a quien sea capaz de proveer semejantes delicias cinematográficas.

Kurt Cobain decía que es preferible arder que ir quemándose de a poco. Si es en un infierno como este, nos gustaría arder por toda la eternidad.

 

Notas relacionadas: En busca del grito perfecto  

Los encantos de Sombras tenebrosas

Sombras tenebrosas

Sombras tenebrosas

Cada medianoche de su infancia y su juventud, el joven Tim Burton la pasó, todos lo saben, viendo películas de terror por televisión. Ahora bien, lo que tal vez no sepan muchos, es que por las tardes miraba telenovelas. Bueno, una telenovela al menos. OK; en rigor, no cualquier telenovela, sino una que tenía la particularidad de estar coprotagonizada por vampiros y lobizones, y que hoy es un clásico de culto.

Aquel hermoso cachivache (mayormente desconocido por acá, pero que fue editado en dvd, completo, en EE.UU.) se llamó Dark Shadows, y duró cinco años, entre 1966 y 1971, de emisiones diarias. Eso da más de 1200 capítulos. Cuatro décadas después, sus fanáticos no la olvidan. Y entre ellos, un par –el director de El joven manos de tijera y su actor fetiche, Johnny Depp– creyeron que no era una mala idea desenterrarla, exhumarla, desempolvarla, resucitarla. Para el cine. Y con aliento retro, ambientándola en 1972, truco perfecto para poner en escena a la cada vez más atractiva adolescente Chloë Grace Moretz (la de Kick-Ass) en plan hippie-fumeta híper-sensualizada, y desplegar una batalla entre la música presuntamente más ñoña de su época –la de Los Carpenter– y el rock más áspero de Alice Cooper (“una mujer muy fea”, al decir del protagonista). Lo más encantador de Sombras tenebrosas, en todo caso, es que no toma partido necesariamente por la vertiente más obviamente cool de la cultura pop de aquellos tiempos, como queda en evidencia cuando ofrece uno de sus momentos más disfrutables, un clip  “de montaje” en el que suena, completa, “Top of the World” en la voz hechizada, dulce y melancólica de, justamente, Karen Carpenter. Llámenlo placer culpable, si quieren.

El resto no es otra cosa que una breve excusa argumental aggiornada por uno de los guionistas de moda en los estudios hollywoodenses, Seth Grahame-Smith, autor del bizarro y deforme éxito editorial de Orgullo, prejuicio y zombies, y de la adaptación para cine de su propia novela, Abraham Lincoln: cazador de vampiros. Alcanza con contar que esta remake de la novela creada por el productor, escritor y director Dan Curtis en los ’60,  retoma la historia de Victoria Winters, joven huérfana que llega a  la antigua y algo tenebrosa mansión de la familia Collins en Nueva Inglaterra para trabajar como institutriz, cargando un pasado lleno de misterios. Ocurre que Victoria es una suerte de reencarnación de la novia trágica del patriarca de la familia Collins, Barnabas, fallecido siglos atrás pero condenado a la vida eterna. El resto, es la “burtonización” de este relato de culto que tantos norteamericanos recuerdan con afecto. Léase, el triunfo de la dirección de arte, la psicodelización de los decorados, Depp como Barnabas, y el fugaz pero siempre emocionante cameo de Christopher Lee.

Y un poco de sex & violence, también, como corresponde a un artefacto empeñado en trasladarnos a los setenta. En principio, aunando los dos términos (el sexo más la violencia), está Michelle Pfeiffer –que a los 53, más de veinte años después de Gatúbela, está más hermosa que nunca–, escopeta en mano. Y Helena Bonham Carter, en llamas, convertida en la doctora Hoffman, personaje de la tira original  obsesionada con probar también un poco de sangre eterna. Y, finalmente, Eva Green, inolvidable bruja que es un auténtico, literal, tornado de erotismo que arrasa con todo a su paso. Si todo lo anterior no los convenció, sépanlo: a este terceto vamp e intergeneracional no hay muerto que se le resista.