Las joyas de Buñuel

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Tres cosas separan al realizador Luis Buñuel (1900-1983) de casi todos los demás.  En primer lugar, es uno de los pocos genuinos creadores de formas del arte cinematográfico; hasta Hitchcock lo ha imitado. Segundo, en todas sus películas se encuentra siempre algo fresco y provocador, que parece filmado ayer mismo. Por último, Buñuel es uno de los cineastas más divertidos que existen.

De su largo período mexicano, donde se cruzan películas muy personales con otros trabajos más alimenticios –pero siempre con el toque perverso de don Luis– elegimos tres joyitas que pueden verse en Qubit:

1. Los olvidados (1950).  Si bien 1929 Buñuel y Dalí ya habían hecho escándalo con Un perro andaluz, la película que impuso el nombre del aragonés fue este drama por el que ganó un premio en el festival de Cannes. Una historia de marginalidad sin héroes ni villanos, contada con una crudeza inédita en ese momento, y que al principio y al final cuenta con una voz en off que hoy resulta quizás innecesaria. Pero Los olvidados, que con un puñado de niños crea una gran película de personajes, se permite el humor y la fantasía personal del director. Verla es darse cuenta de que la mayoría de los films que denuncian la pobreza no le llegan ni a los talones.

 

“Buñuel es uno de los cineastas más divertidos que existen.”

 

2. Ensayo de un crimen (1955). Buñuel era un maestro en llegar a lo insólito con una simple vuelta de tuerca y este “falso” policial, si bien menos delirante que los guiones de su última etapa, permite asomarse a todo su imaginario por debajo de su tono amable y mundano.  En los planes de don Archibaldo de la Cruz lo mágico se mezcla con lo perverso, y las imágenes religiosas tienen su opuesto complementario en el maniquí protagonista de una escena inolvidable.

3. Simón del desierto (1965). El clericalismo ha sido la víctima favorita de las bromas de Buñuel. Profundo conocedor de la fe católica, sus relatos suelen partir de la interpretación literal de sus sacrificios, que examina con el mismo detallismo impertinente y burlón con que hoy Tarantino –un avanzado discípulo– toma las reglas del western o el cine de samurais.  Un santo que prometió vivir sobre una columna es la excusa perfecta para que Buñuel, en su último opus mexicano y en sólo ¡45 minutos! dispare todo su humor desatado y surreal, hasta llegar a uno de los finales más locos de la historia del cine.

 

 

The Matador: Mi nombre es Shepard

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¿Por qué algunos directores son tan mentados y otros no?  No es sólo por sus reales méritos: a veces es capricho de la prensa, a veces suerte…  Si te digo, por ejemplo: Nolan, Bigelow, Zemeckis, los ubicás fácil.  Stone: sí, el de Pelotón, que ahora monta las películas en una trituradora.  Mann: el de Miami Vice, que ilumina todo azul.  Shepard.  ¿Quién?  Richard Shepard.  No, no me suena.  Y sin embargo, es probable que hayas visto algo de él –casi cualquier cosa que haya hecho en la última década– y te haya parecido muy bueno.  Hagamos un repaso.

 

Contando desde 2005 –y viene haciendo películas desde 1990–, Richard Shepard tiene tres largometrajes de primera A, basados en guiones propios, con actores conocidos, los tres excelentes: The Matador (2005), con Pierce Brosnan; Corresponsales en peligro (The Hunting Party, 2007), con Richard Gere; y Dom Hemingway (2013) con Jude Law.  Más aún: aunque a primera vista no parezca, los tres son comedias, con bastante humor negro eso sí.  Además hizo un documental para HBO sobre John Cazale, ese actor ojeroso que trabajó en El Padrino y murió de cáncer y era el marido de Meryl Streep.  (La película, un mediometraje, es de 2009 y se llama I knew it was you, como le decía Michael Corleone a su hermano Fredo en El Padrino II.) Y también dirigió ficción televisiva, llegando a ganar un Emmy por el piloto de la versión americana de Betty la fea.  Entre los varios episodios que hizo para la serie Girls de Lena Dunham, está aquel de la segunda temporada en el que Hannah/Lena era protagonista absoluta y conocía al hombre perfecto, y el tipo le daba bola… y ella no se la bancaba.  Una pequeña obra maestra en una serie que de por sí se destaca en cada episodio. Richard Shepard no sólo es un buen artesano, sino que tiene un currículum soñado, y de él se deduce su buen ojo para elegir encuadres, pero también las historias y los actores que le interesan.

 

“¿Quién?  Richard Shepard.  No, no me suena.  Y sin embargo, es probable que hayas visto algo de él –casi cualquier cosa que haya hecho en la última década– y te haya parecido muy bueno.”

 

Las tres películas que mencionamos tienen algo en común: sus protagonistas son héroes fallidos que exhiben sus peores defectos, con una personalidad u oficio desagradables. Y sin embargo, Shepard consigue que de alguna manera simpaticemos con ellos y les deseemos un buen destino, aunque nos divierta verlos sufrir un poco –lo que parecen tener merecido– mientras tanto.  Son personajes-desafío para cualquier actor, y es un gusto ver a las estrellas que los encarnan en cada uno de esos films ir en contra de lo que estamos acostumbrados a ver en ellos.  Qué decir de la inédita vena cómica de Gere en Corresponsales en peligro, como un insufrible reportero televisivo que se mete en el conflicto de los Balcanes en un intento desesperado por salir de la mala.  Nadie imaginó que el galán de Mujer bonita podía actuar así.  O el desaforado Dom Hemingway (Law), que acaba de salir de la cárcel y arruina cada oportunidad que tiene por bocón, peleándose hasta con los amigos que lo quieren ayudar.  No sería raro ver al intérprete nominado a algún premio el año que viene.

 

La palma, con todo, se la lleva Brosnan en el papel de su vida.  En The Matador es un sicario internacional, más o menos lo que sería un James Bond de verdad: un egocéntrico macho alfa, sanguinario y sin escrúpulos.  Lo encontramos en el final de su carrera, angustiado porque sabe que está perdiendo el temple, y que nadie se retira indemne de semejante profesión.  El destino lo cruzará con Greg Kinnear, un anodino vendedor que aprovechó una convención para pavear un poco por el DF mexicano.  Unas copas en el bar del hotel y el ejecutivo se hace amigo –a su pesar– del matón estresado.  Para comprobar que lo de Brosnan no es bolazo –lo que iniciará una fascinación enfermiza con este personaje bigger than life– Kinnear vivirá en una plaza de toros una escena que es pura adrenalina, como buena parte de lo que sigue.  El director sabe construir sus guiones y se hace difícil predecir lo que va a ocurrir a continuación: la trama está siempre en el filo entre la burla despiadada y la desgracia inminente, entre la comedia del género y la tragedia de la vida real.  Con ambas construye un cine trepidante, más imaginativo y barato que el de otros cineastas mucho más promocionados. Por eso vale la pena recordarlo: su nombre es Shepard. Richard Shepard.

 

Ebrio, apasionado y brillante

John Huston es uno de los grandes irlandeses del cine, lo que no quiere decir que naciera en Irlanda sino que sentía correr en sus venas sangre irlandesa. Más que sangre, alcohol. Por eso esa filmografía suya a la que sólo cabe describir como bamboleante, ebria, apasionada y brillante. Huston fue, en Hollywood, uno de los primeros guionistas que pasó a la dirección y uno de los primeros directores a los que el mundo reconoció como autor, fue el cineasta que más y mejores finales ha filmado, y fue el realizador de por lo menos diez grandísimas películas, cosa de la que pocos colegas suyos pueden  ufanarse. Tanta es su influencia que Clint Eastwood lo tomó como modelo en Cazador blanco, corazón negro, en la que hacía de un director de cine obsesionado como Huston con cazar elefantes en Africa, jorobar a los productores, seducir mujer y pelearse a golpes de puño.

Habida cuenta de la gran cantidad y calidad de felices finales tristes filmados por Huston, comencemos por la última película de su carrera, la mejor despedida que alguien haya rodado nunca. Desde ahora y para siempre adapta un cuento de Joyce (The Dead, que es el título original de la película) cuya anécdota es pequeña, pero no trivial. Dos mujeres organizan un baile en la Dublín invernal de principios del siglo pasado. Durante la fiesta se come, se bebe, se charla, se canta, se baila, se recita, se tocan instrumentos, se discursa, se saca el cuero y se hacen correr chismes, entre otras rutinas ceremoniales decimonónicas y no tanto, que aquí parecen un réquiem de Huston para el mundo de sus ancestros y para sí mismo (murió seis días antes del estreno en el Festival de Venecia). No hay lentitud, sino calidez, ternura y lirismo. Entre otras fabulosas revelaciones, el protagonista, hombre de mediana edad, aprenderá que el peor rival por el amor de su mujer es un fantasma. El recuerdo clave de uno de los personajes de esta película, tomado del cuento, les sirvió a Rossellini y a Kiarostami para filmar Viaje en Italia y Copia certificada.

Las muertes, derrotas y fracasos del cine de Huston tienen el aire y el aura anti heroicos, románticos y sagrados que Hollywood le daba a sus ficciones y protagonistas. Bogart quizá sea el mejor ejemplo de perdedor admirable, de vencedor moral. Y Bogart era uno de los grandes amigos de Huston, entre otras cosas porque lo había transformado en el detective privado por excelencia del cine clásico en El halcón maltés. Poco después de aquel noir fundamental, filmaron juntos El tesoro de Sierra Madre, mezcla de policial y western contemporáneo en el que nadie gana salvo los espectadores, que asistimos al duelo de actuaciones desatado entre Bogart, Walter Huston (el viejo de John) y Tim Holt. El oro es la meta mítica por excelencia, símbolo de lo más deseado y de lo imposible, trampa para los idealistas y los impacientes. Nadie mejor que Huston para filmar en México (su otra patria, El Dorado más allá de la frontera, paraíso pagano) esta tragedia clásica disfrazada de película de tiros en la que los personajes descubren quiénes son cuando ya no les sirve para nada.