Scorsese + Stones = una fórmula infalible

rolling

 

Febrero de 2016 será recordado como ‘el mes Stone’. En él, coincidieron dos eventos de extrema relevancia para los amantes del buen rock y el mejor cine: la llegada de la banda liderada por Mick Jagger a la Argentina -como parte de su Olé! Latin American Tour-, y el estreno de la serie de HBO, Vinyl, creada y producida por el propio Jagger, en compañía de uno de sus más cercanos y viejos aliados: Martin Scorsese.

 

El famoso director tiene una íntima relación con los Rolling Stones que se remonta hacia comienzos de los setenta, esa inolvidable época musical que aparece tan excelentemente representada en la serie Vinyl. Los Stones musicalizaron algunas de las mejores secuencias de la filmografía de Scorsese, entre ellas la grandiosa entrada de Johnny Boy -interpretado por Robert De Niro- a un bar, al ritmo de Jumpin’ Jack Flash en la genial Calles Salvajes. Imposible evitar mencionar también las tres instancias en que el director neoyorkino implementó Gimme Shelter -dicho sea de paso, uno de los momentos más memorables de los increíbles recitales que los Stones dieron en el Estadio Único de La Plata- en tres de las mejores películas de su obra: Casino, Buenos Muchachos y Los Infiltrados.

 

“El famoso director tiene una íntima relación con los Rolling Stones que se remonta hacia comienzos de los setenta, esa inolvidable época musical que aparece tan excelentemente representada en la serie Vinyl.”

 

Asimismo, cómo olvidar el excitante y emotivo documental que fue Shine A Light, film que Scorsese rodó en el 2008 sobre los conciertos que Keith Richards y compañía dieron en el Beacon Theatre. El film recrea un recital como nunca antes fue visto, teletransportando al espectador a dicho tiempo y lugar, sin que sea consciente de dicho viaje, ya que se está dejando llevar por el rock en su estado más puro y las deslumbrantes imágenes que sólo un director como Scorsese puede orquestar para inmortalizarlo.

 

Similarmente sucede en la más reciente creación del director de Taxi Driver. La serie Vinyl -escrita también por Terence Winter, responsable del anterior proyecto televisivo de Scorsese: Boardwalk Empire– es un adrenalínico viaje a una de las mejores décadas de la música. Desde su capítulo piloto de casi dos horas -dirigido por el propio Scorsese- suenan Led Zeppelin, Bo Diddley, Black Sabbath, James Brown y Chuck Berry, en lo que promete ser LA serie del rock n’ roll. Algunos críticos ya la llaman ‘la Game of Thrones de la música’.

 

Habiendo vivido en carne propia aquella década de drogas, sexo y rock, Scorsese nos regala un producto televisivo sin igual, protagonizado por el brillante y subvalorado Bobby Cannavale, junto a la hermosa Olivia Wilde como su esposa, James ‘el hijo de Mick’ Jagger como el líder incorregible de una banda punk y Ray Romano, quien se destaca en un registro muy diferente al de Everybody Loves Raymond, sitcom que marcó su carrera.

 

Para concluir, resulta irrefutable decir que cada vez que Martin Scorsese y los Rolling Stones se reúnen, nace un producto cinematográfico sin igual. Ambos representan al cine y a la música en su máxima expresión. Su último encuentro en la serie Vinyl, no escapa la regla: la misma es el imperdible fruto de la comunión entre un autor y una banda cuyas vidas, carreras y obra fueron cortadas con la misma tijera: el rock.

 

 

No dejes de disfrutar en Qubit de Shine a Light y otros grandes hitos de la filmografía de Martin Scorsese como Buenos Muchachos, Casino, Los infiltrados, La isla siniestra, Pandillas de Nueva York, La invención de Hugo Cabret y El Aviador, entre otros.

 

Notas relacionadas:

SECUELA: LA EPIDEMIA DE LA COMEDIA NORTEAMERICANA

TRES DEL PRIMO VINNY

THE HATEFUL OSCARS: SOBRE TARANTINO Y EL PREMIO DE LA ACADEMIA

 

Adventureland y los ochenta

blog-adventureland-2

Una vez, Norman Mailer había publicado un libro entero dedicado a Marilyn Monroe y alguien le preguntó a su colega Truman Capote a qué se debería la obsesión de Mailer con la actriz.  El autor de A sangre fría fue cáustico: “probablemente a que nunca la conoció”.  Como persona que vivió su primera juventud en los años ochenta, siento algo parecido cuando pienso en la obsesión reciente con la cultura popular de aquella década: creo que de haber estado ahí, estos veinteañeros se habrían decepcionado (y tal vez a mi generación le habría pasado lo mismo con sus mitificados sesenta).  Pero al menos los sesentistas vivieron revoluciones y cambios, la llegada del hombre a la Luna.  Hoy mismo, la web es una fuente de cambios constantes, de nuevas experiencias por virtuales que parezcan. Ahora veamos las novedades que dominaron los ochenta: el VHS, el SIDA y la máquina de ritmos.

 

La nostalgia es truculenta, engañadora; sobre todo si viene de Hollywood.  En los ochenta, por primera vez, el rock parecía ser tratado con real atención por los centros de difusión de la cultura, ocupando los grandes espacios. Pero detrás de la esperanza de la nueva generación había tufillo a marketing.  La ópera-rock concebida desde el vamos por músicos como Roger Waters o Pete Townshend dejó su lugar a comedias juveniles con argumentos intercambiables y bandas sonoras con diez o doce bandas de moda, que a veces ni siquiera sonaban en la película.  El aliento autogestionado de proyectos que apuntaban a diferenciarse de la media –lo que hoy llamaríamos indie– fue reemplazado por películas-envase a medida de los rankings de las radios.  Todo muy reaganiano.

 

Una película como Adventureland (2009), tan detallista con la cultura de la época, no habría podido hacerse en los ochenta.  Para empezar, su protagonista es un loser que no puede ir a la universidad porque sus padres no tienen plata y termina laburando en un Italpark pueblerino. El actor Jesse Eisenberg se parece algo a Steve Guttenberg, el protagonista de éxitos de los ochenta como Cortocircuito, pero las películas no podrían ser más diferentes.  El mérito es de Greg Mottola, el autor y director de Adventureland, que también lo fue de Superbad; pero aquí los gags son secundarios y lo principal es un clima agridulce que recuerda un poco el de su estupenda ópera prima, The Daytrippers.  El tono moderado pone en evidencia, justamente, el glamour artificial de las juvenilias ochentosas que de alguna manera emula.

 

“Una película como Adventureland (2009), tan detallista con la cultura de la época, no habría podido hacerse en los ochenta.”

 

Basta ver las elecciones musicales de Mottola, lo más parecido a pasar un rato de verdad por la época.  En Adventureland hace algo impensado: poner repetidas veces una misma canción –algo que el guión justifica– y encima se trata de “Rock me Amadeus”, uno de esos temas que sonaban todo el tiempo en las radios por obligaciones con las discográficas.  (Explicación: el músico austríaco Falco había tenido un verdadero hit en 1982 con “Der Kommissar”, que le valió un contrato internacional, y la compañía correspondiente difundió a mansalva la subsiguiente “Rock me Amadeus”, consiguiendo como siempre el hastío del público de a pie.)  La cara de disgusto de Jesse Eisenberg cada vez que suena la canción sería impensable en una película ochentosa.  Pero lo cierto es que el criterio musical de las radios de entonces era tan cerrado como en las actuales, o peor, y la mayoría de los artistas que hoy recordamos no tenían cabida en sus playlists.  Digamos, por cada tema de Sumo que podía escucharse en alguna FM argentina sonaban veinte de bandas instantáneas como Graffiti, Los Intocables o Certamente Roma (¡que imitaban a Fito Páez!)

 

Pero no todo fue un bajón; hubo momentos donde algo de lo que realmente pasaba en el ambiente –lo que los americanos llaman sense of place– se encontraba en la pantalla. El regreso de los muertos vivos (1985) es un buen ejemplo: a la vez homenaje y parodia de los zombies de George A. Romero, el film de Dan O’Bannon (guionista de la primera Alien) es una loca carrera de vísceras y extremidades sueltas por el encuadre –en pleno auge de los FX full flesh de Rick Baker, que dieron pie a un nuevo género llamado gore o splatter–, chicas tetonas a grito pelado como Jewel Shepard –quien con los años terminaría escribiendo estupendas crónicas sobre Hollywood– y música de alto voltaje cubriendo cada fotograma.  Están las omnipresentes máquinas de ritmo, claro, pero también bandas del punk más garagero como The Cramps o T.S.O.L.: todo velocidad y descontrol.  El regreso… tenía ya entonces un sabor rabiosamente barato –como diciendo “soy trash y me gusta serlo”–, era una invocación a lo más primal de la adolescencia, estúpida a un nivel militante, divertida a morir.  Fue un gran éxito del VHS.  La clase de película que hubieran disfrutado los personajes de Adventureland.
Nota: Un saludo para Peli, en cuya casa vimos El regreso de los muertos vivos para luego salir en banda al grito de “manden más cerebros…”

Elvis: That’s the Way It Is

Tras una carrera vertiginosa como actor en 31 películas en Hollywood, Elvis Presley decide dejar la ficción en 1969 para volver a dar recitales, actividad que había abandonado para dedicar trece años exclusivamente a ser la estrella juvenil que dejó vacante la muerte precoz de James Dean. Cambio de hábito (1969) fue el último protagónico de ficción de El Rey, y ese título parecía adelantar el nuevo rumbo de su carrera. Al año siguiente filmaría su primer documental, Elvis: That’s the Way It Is, testimonio de su vuelta a la interpretación en vivo. Momento bisagra de su carrera pero también de la tierra del rock, donde en los sesenta habían desembarcado “piratas ingleses”, principalmente timoneados por The Beatles, que antes del rodaje de este documental habían anunciado su separación, y a quienes Presley dedica un guiño musical.

Tres días de ensayos en julio de 1970 en estudios de Metro-Goldwin-Mayer de California, más otros tres días de ensayos y tres de los seis recitales en vivo en agosto en el Hotel Internacional de Las Vegas fueron las únicas jornadas necesarias para completar este documental. El montaje original incluyó entrevistas para registrar la elvismanía de la época, escenas eliminadas en la versión restaurada en 2001 para reemplazarlas con material de Presley descartado en el estreno de 1970. Que solo se utilizaran nueve días de rodaje es testimonio potente de la efectividad de Presley, de su estado intacto tras la década larga que pasó sin actuar en vivo. Por eso, es documento fiel del último apogeo antes de la caída, por la inminente relación destructiva de Presley con las drogas y con el sobrepeso.

El director elegido fue Denis Sanders, que venía de ganar un Oscar por su corto documental Czechoslovakia 1918-1968. Pero tal vez la decisión más importante haya sido contratar al director de fotografía Lucien Ballard, que si bien tenía una carrera prolífica junto a directores como Josef von Sternberg, Hugo Fregonese y Stanley Kubrick, en 1969 también había recibido un Oscar por la fotografía del western La pandilla salvaje de Sam Peckinpah, donde puso toda su destreza para la pantalla ancha, con la que empezó a experimentar desde la década del 50. Así, cada encuadre de Elvis: That’s the Way It Is es una demostración lujosa de los beneficios de la pantalla ancha por la forma en que se registra el dinamismo de la performance de Presley, tanto como la glamorosa artificialidad del escenario de Las Vegas. La elegancia hipnótica de la voz y el cuerpo del Rey se capturan mejor en ese amplio espacio estético, donde se logra representar su relación con la banda y con el público, especialmente con las fans, en una secuencia en la que Presley baja del escenario para ser parte de una orgía de besos. La luminosidad potenciada del astro Rey que logra esta película, verdadero prodigio que multiplica el brillo tanto de las piedras incrustados en los trajes como del sudor de Presley en cada canción, es un adelanto de la seducción y el juego de artificio que el glam rock, con T-Rex y David Bowie a la cabeza, va a desarrollar en ese comienzo de década.

Elvis: That’s the Way It Is es una película fundamental por su manera de mirar con nitidez el presente y de alucinar el futuro al mismo tiempo: logra capturar toda la esencia elegantemente febril del rock de los inicios como las transformaciones que traerían los 70. Es que la presencia de Elvis tiene tanto de corporalidad física ineludible como de espejismo, una doble dimensión que solo el cine, en su mejor forma, puede capturar.

Mirá Elvis: That’s the Way It Is en Qubit.tv