Grandes escenas (1): El fugitivo

No, no es la escena en la que Harrison Ford salta a la catarata desde la represa. Es otra.

Pero no tan rápido. Así como se dice que el cuento es sobre el asesinato y la novela, sobre el asesino, suele decirse también que hay películas más “centradas en la trama” y películas más “centradas en los personajes”. Desde ya, no se trata de categorías científicas: en cualquier película la trama y los personajes son fundamentales (de hecho, no existe una cosa sin la otra) y en muchas no es claro ni relevante cuál de los dos elementos tiene más peso. Sin embargo, en algunos casos hay un claro predominio de alguno de ellos. En Piratas del caribe, por ejemplo, la trama definitivamente prima sobre los personajes. A nadie le importan demasiado los “vaivenes emocionales” que sufre Jack Sparrow. Nos entusiasma el vértigo de la aventura y que Johnny Depp le parta la cara al Kraken. En cambio, en Los puentes de Madison el énfasis está puesto en los personajes y en los cambios que atraviesan: en la relación entre Clint Eastwood y Meryl Streep y en cómo cada uno se ve obligado a repensar y cuestionar el estilo de vida que eligió. Lo-que-pasa en Los puentes de Madison, la “trama”, se puede contar en quince segundos. Para describir las vueltas y giros de Piratas del caribe necesitamos varios minutos.

El fugitivo es una película claramente “centrada en la trama”. De Richard Kimble (Harrison Ford) sabemos poco y nada. Básicamente, que es un médico acusado injustamente de asesinar a su esposa y condenado a muerte. Al principio de la película, el ómnibus penitenciario que lo traslada sufre un accidente y el personaje queda súbitamente libre. Durante los 120 minutos que dura la película, Kimble tiene que hacer dos cosas: 1. Escapar de la policía, liderada por un incansable e impávido Tommy Lee Jones. 2. Encontrar al verdadero asesino de su esposa. El fugitivo es una verdadera máquina de movimiento perpetuo: El Dr. Kimble no para de correr, esconderse, disfrazarse, escabullirse, nadar, robar ambulancias, hacer llamadas telefónicas, meterse en casas ajenas, investigar archivos… y sí, saltar a cataratas. El problema es que no es tan fácil caracterizar a un personaje en medio de tanto vértigo. Sí, Kimble es ágil e ingenioso y sus colegas le dicen a la policía que es bueno… ¿pero quién sabe? ¿Cómo creerles? Al fin y al cabo, Kimble podría estar afiliado al Partido Fascista o ser un golpeador de mujeres. Imposible estar seguros.

Hasta que llega la escena en cuestión. Kimble está en un hospital, disfrazado de enfermero, buscando información sobre el asesino de su mujer. Hay decenas de policías persiguiéndolo. En un momento, una doctora (Julianne Moore) le pide que lleve a un chico que está en una camilla al segundo piso. Sobre el pecho del enfermo está su expediente médico. Kimble mira para todos lados, comprueba que no viene nadie, y ojea rápidamente el diagnóstico, algo extrañado. Después le pregunta al chico qué tipo de dolor padece. El chico le contesta y Kimble empieza a tachar algunas cosas del expediente y a agregar otras. Los policías se acercan y, cada vez más apurado, Kimble termina de corregir el expediente, lleva al chico a un piso diferente al indicado por la doctora y le dice a un médico que tienen que operarlo de urgencia. Unas escenas más tarde nos enteramos de que eso le salvó la vida. O sea, estamos frente a un personaje que, con el tiempo contado, asediado por policías, resolviendo un caso de asesinato y de paso desenmascarando a una poderosa empresa farmacéutica, se hace unos minutos para corregir un diagnóstico equivocado y salvarle la vida a un chico. Ya está, con ese detalle de caracterización no necesitamos más nada. Estamos entregados al personaje. Y dicho sea de paso, ¡qué fenómeno!

El fugitivo está en Qubit.tv. También las primeras tres Piratas del caribe. Los puentes de Madison va a estar en unos días.

¡A ver documentales!

Usted está viendo en la televisión un documental sobre la guerra del Peloponeso. Un experto, con anteojos, barba y una gigantesca biblioteca de fondo, habla con voz monótona y monocorde sobre algún episodio bélico. Aparece en pantalla un mapa de la Grecia Antigua con miles de flechas que salen en miles de direcciones diferentes mientras una voz en off enumera, como si estuviera leyendo la lista del supermercado, nombres de reyes y generales, tratados y años, victorias y derrotas. El control remoto está lejos y a usted le está ganando el sueño: no tiene fuerzas como para pararse y cambiar de canal. Se le cierran los ojos. Los expertos se siguen amontonando en pantalla, pero usted ya no sabe si las palabras “Egospótamos”, “arquidámica” y  “Epidamno” están realmente saliendo de la televisión o si las está soñando, si su mente las está inventando para construir su propia guerra del Peloponeso. Justo antes de quedarse dormido, usted se promete a sí mismo nunca más en su vida ver un documental. Y después se entrega al sueño.

La pregunta es: ¿Ha hecho bien? La respuesta es categórica: no. Absoluta y decididamente no. Por un documental malo, que los hay, se va a perder miles de documentales buenos. Y no solo buenos, también ágiles, interesantes, graciosos, terroríficos, iluminadores, polémicos… y sobre todo, variados. Porque lo cierto es que hay documentales de todos los tamaños, formas y colores. De hecho, el prejuicio más arraigado que existe en cuanto a los documentales (es decir, que son todos más o menos iguales, todos más o menos parecidos al descrito en el primer párrafo) es también el más errado. Por cada decisión que toma un documentalista, hay otro que tomó exactamente la contraria. Hay documentales que no tienen ni una sola imagen de material de archivo y hay otros que están hechos solamente de material de archivo. Hay documentales que evitan sistemáticamente las entrevistas y otros que giran completamente en torno a ellos. Documentales que se apoyan en una voz en off omnipresente y documentales que prescinden 100% de ella. Documentales que vociferan verdades y documentales que tímidamente transmiten dudas. Hay documentales didácticos y documentales narrativos. Documentales combativos y documentales poéticos. Hay, en fin, documentales para todos los gustos.

¿No lo convencí? ¿Todavía se aferra a su promesa de no ver más documentales? ¿Sigue teniendo pesadillas con la Guerra del Peloponeso? Hágame caso y comience una terapia de desintoxicación con estos tres documentales:

This Film is Not Yet Rated: Para descubrir y describir cómo funciona el sistema de calificaciones cinematográficas (PG-13, NC-17, etc.) en los Estados Unidos, Kirby Dick contrata a dos detectives lesbianas para infiltrarse en ese oscuro mundo en el que se le “estampan” las calificaciones a las películas… un mundo hecho de oficinas, pasillos, microcines, influencias, contactos, leyes no escritas, grandes estudios, curas, ligas de amas de casa y un largo y siniestro etcétera. Una película graciosa, potente y perfectamente documentada.

Grass: La historia de la marihuana en el Siglo XX en los Estados Unidos. O sea: La historia de los diferentes modos en los que se intentó justificar la ilegalización de la marihuana en los EE.UU. O sea: La historia de cómo apareció la marihuana retratada en el cine, la televisión, la radio, la música y los diarios estadounidenses. O sea: La historia de los estrafalarios mitos, leyendas, exageraciones y mentiras que se construyeron alrededor de la marihuana. O sea: Una película clave (y tremendamente divertida) para entender el grado de manipulación al que hay que recurrir para defender medidas ridículas.

Fetishes: Cuarentones que fingen ser bebés (se ponen pañales y todo) y son castigados por sus amas… judíos que juegan a estar en campos de concentración y sufren las represalias de madamas disfrazadas de guardias nazis… Látigos, esposas, cuero, dominación, simulacros de violaciones… Hay fantasías para todos los gustos (para todos los gustos más o menos retorcidos, claro) en este documental sobre Pandora’s Box, un lujoso club de sadomasoquismo en Nueva York. Y hay un gran documentalista, Nick Broomfield, un gentleman británico, irónico e incisivo, que no se cansa de preguntar y de indagar sobre todas estas prácticas.

 

This Film is Not Yet Rated, Grass y Fetishes pueden verse online en Qubit.tv, los primeros dos, gratis.

Terror Natural vs. Terror Sobrenatural

Terror

Terror

Supongamos que abrimos el ropero y nos encontramos con el fantasma de una chica asesinada. Tiene la mirada vacía, la piel verdosa y se le ven las marcas de los cuchillazos que pusieron fin a su vida. ¿Nuestra reacción? Seguramente peguemos un tremendo alarido. Ahora supongamos que abrimos ese mismo ropero pero en vez de un fantasma nos topamos con un asesino serial, grandote, enmascarado y cargando una motosierra. ¿La reacción variaría? Probablemente no: en este caso también pegaríamos un tremendo alarido. De hecho, si pudiéramos medir ambos gritos, seguramente nos encontraríamos con que ambos poseen exactamente la misma intensidad, volumen y duración. El pavor y el miedo serían prácticamente iguales. Sin embargo, estaríamos ante dos fenómenos radicalmente diferentes: uno natural (el asesino) y el otro sobrenatural (el fantasma).

De las muchísimas formas de dividir y catalogar el cine de terror, esta es una de las más habituales. El equipo del Terror Natural podría formar así: Al arco, Jack el Destripador; en la defensa, Tiburón, Piraña, Tarántula y Anaconda; en el mediocampo, la Esquizofrenia, la Paranoia y la Psicosis; arriba, Hannibal Lecter, el asesino del Zodiaco y Charles Manson. Son todos fenómenos, personajes y criaturas que pertenecen al orden de lo real. Existen, existieron o podrían haberlo hecho. El director técnico podría ser Sigmund Freud, consumado explorador de los impulsos, fantasías y miedos que anidan en nuestro interior y que pugnan por emerger. Por otro lado, el equipo del Terror Sobrenatural saldría a la cancha así: Al arco, Alien; abajo, Frankenstein, Drácula, el Hombre Lobo y La Momia; en el medio, Freddy Krueger, Carrie, La Cosa y el Bebé de Rosemary; arriba, La Mujer Pantera y alguno de los fantasmas de Amityville. Zombies, extraterrestres, poderes sobrenaturales, asesinos que atacan en pesadillas… Criaturas, fenómenos y personajes que exceden a lo real. El técnico, como no podría ser de otra manera, sería el Amo de lo Sobrenatural, el Señor Diablo.

Por supuesto, hay una gama intermedia de películas de terror que plantan su bandera en el terreno de la incertidumbre: están en ese límite difuso que separa lo natural de lo sobrenatural. ¿A esa nena realmente le están pasando cosas diabólicas o es todo culpa de esas pastillas que está tomando? ¿A esa estudiante de psicología la persiguen criaturas de la noche o es su propia psiquis que se está resquebrajando? El espectador se debate entre una explicación natural y una sobrenatural. Una cita del filósofo e historiador Todorov ilustra a la perfección esta ambigüedad: “En un mundo que es el nuestro, el que conocemos, sin diablos, hadas, ni vampiros, se produce un acontecimiento imposible de explicar por las leyes de ese mismo mundo familiar. El que percibe el acontecimiento debe optar por una de las dos soluciones posibles: o bien se trata de una ilusión de los sentidos, de un producto de la imaginación, y las leyes del mundo siguen siendo lo que son, o bien el acontecimiento se produjo realmente, es parte integrante de la realidad, y entonces esta realidad está regida por leyes que desconocemos. O bien el diablo es una ilusión, un ser imaginario, o bien existe realmente, como los demás seres, con la diferencia de que rara vez se lo encuentra. Lo fantástico tiene lugar en esta incertidumbre”. Obviamente, sería imposible armar un equipo del Terror Ambiguo: ¿Quién sabe para qué lado patearía cada jugador?

 

En Qubit.tv tenemos decenas de películas de terror. Te invitamos a verlas y a que nos digas qué tipo de terror preferís y por qué. Películas de Terror en Qubit.tv

¿Y a vos quién te llamó, futuro?

Películas Online

Películas online - ¿Y a vos quién te llamó, futuro?

En una época todo era más fácil. Uno iba al cine, elegía una de las películas en cartelera (o más de una, si era cine continuado), la veía y a otra cosa. Felizmente las cosas se fueron complicando a un ritmo estratosférico a medida que aparecieron, en orden cronológico: (a) los cineclubes, (b) los festivales de cine, (c) la televisión, (c) los reproductores hogareños, (d) Internet y el mundo de las películas online. Consideren, por ejemplo, cuántas películas podía ver una persona por año en 1920 y cuántas ahora. No, mejor: Consideren cuántas películas se perdía una persona en 1920 y cuántas ahora. El menú de opciones se amplió exponencialmente, llegando a límites salvajes. Sin exagerar mucho, se puede decir que prácticamente toda la historia del cine está al alcance de un click.

¿Esto quiere decir que estamos en el paraíso cinéfilo? No del todo. En las salas de cine, el mejor lugar para ver… bueno, cine… el panorama no es tan alentador. Además de ser cada vez más caro, lo que puede verse no es variado bajo ningún criterio, ni estético, ni geográfico, ni temático, ni ningún otro que se nos ocurra. En relación al número de películas que se filman por año, podemos ver en pantalla grande un porcentaje realmente ínfimo. Los festivales de cine y los cineclubes ayudan a paliar la situación, pero tampoco pueden hacer magia. De modo que muchas películas, por no decir la mayoría, solo pueden verse en pantallas de televisión o computadora. Lo cual tampoco es tan grave, considerando que los formatos hogareños se ven y escuchan cada vez mejor. Lo cierto es que, lo queramos o no, nos guste o no, lo hayamos previsto o nos haya tomado por sorpresa, en la actualidad este es el modo de consumo más extendido y no parece que vaya a cambiar en un futuro cercano.

[gn_quote style=”1″] ¿Esto quiere decir que estamos en el paraíso cinéfilo? No del todo. En las salas de cine, el mejor lugar para ver… bueno, cine… el panorama no es tan alentador. Además de ser cada vez más caro, lo que puede verse no es variado bajo ningún criterio, ni estético, ni geográfico, ni temático, ni ningún otro que se nos ocurra. [/gn_quote]

Paralelamente, y a raíz de estos cambios, los espectadores actuales están en un estado de mutación constante. Si en una época remota la gente iba al cine, veía lo que había y volvía a su casa, en las últimas décadas empezaron a aparecer nuevos tipos de espectadores. Está el público más “festivalero”, el  público de televisión por cable o satelital, el público que solo ve series, el público de DVDs o Blurays, el público cibernauta… Algunos son muy proactivos y se mueven como pez en el agua en este nuevo panorama: buscan lo que quieren ver y van y lo ven. Pero hay muchos otros que están un poco a la deriva, en un limbo: por ejemplo, se sientan frente a una computadora y se paralizan. No saben dónde buscar o ver películas online, o no saben dónde conseguir subtítulos, o cómo usarlos, o se bajan una película para chicos y termina siendo una pornográfica (¡pasa!), o cualquier otro “o” que a uno se le ocurra, porque en muchos aspectos y para mucha gente Internet es una verdadera selva. Pero además de este aspecto más técnico, está el tema de la cantidad, que de tan grande puede marear: ¿Qué ver? ¿A quién hacerle caso? ¿Vale la pena arriesgarse con esa película experimental checa sobre amebas? ¿Es garantía de algo que una película haya estado en 73 festivales? ¿O que la hayan visto 300 trillones de personas? Hay muchísimas películas para descargar o ver online, sí, pero no siempre sabemos qué.

Por eso, la máxima aspiración de este blog es convertirse en una especie de brújula (o, más acorde con estos tiempos, un GPS) más o menos confiable, más o menos interesante, que ayude a recorrer los cada vez más inciertos territorios del cine. La idea es recomendar y proponer y hablar y pelearnos y discutir sobre las películas para ver online que tenemos en  Qubit.tv y de esa forma recuperar, al menos un poco, eso que se pierde cuando uno ve una película desde su sillón y no desde una butaca: la dimensión más social y colectiva del cine. Ojalá nos acompañen.