“Secret in their eyes” ya tiene fecha de estreno

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Se trata de la remake de la película argentina de Juan José Campanella, El secreto de sus ojos, que llegará a los cines de Estados Unidos el próximo 23 de octubre.

 

Billy Ray, el director, dijo a Entertainment Weekly: “Si no estás aterrorizado cuando hacés una película como esta, simplemente es porque no estás despierto. Estás haciendo un filme que ya ha ganado un premio de la Academia, así que la vara es bastante alta”.

 

El nuevo film tiene algunos cambios en los personajes y en la trama. Por ejemplo, Irene, interpretada por Soledad Villamil ahora se llamará Claire y será Nicole Kidman. Benjamín Espósito (Ricardo Darín) se llamará Ray y Pablo (Guillermo Francella) cambia de sexo, se llama Jess y será interpretada por Julia Roberts. En cuanto a la trama, tendrá lugar en el FBI, no en la Justicia.

“Julia nunca ha interpretado un personaje como este y es una oportunidad para que el mundo la vea haciendo algo que nunca ha hecho antes. Te quita la respiración” destacó el director.

 

Hasta el momento se desconoce la fecha de estreno en los cines argentinos.

 

Dos pícaros sinvergüenzas

frank oz

frank oz

Se mantiene perfectamente vigente pero a su vez parece pertenecer a otra era: una era en la que a Michael Caine, ese mercenario extraordinario que le saca lustre a todo personaje que hace, un estudio todavía le ofrecía un protagónico clase A; una época en la que, aunque ya había una nueva generación en camino, Steve Martin aún pertenecía a la vanguardia de la nueva comedia estadounidense, estrechamente vinculada a Saturday Night Live y a directores que, como Carl Reiner y Rob Reiner, se empeñaron en mantener vivo (o resucitar) cierto espíritu clásico, el del Hollywood de los años cuarenta y cincuenta. De hecho, toda Dos pícaros sinvergüenzas parece surgir de materiales forjados de la edad de oro de la comedia, y, extrañamente, funcionó mucho mejor que su original, un film de 1964 titulado originalmente Bedtime Story y estrenado por acá como Dos seductores. La misma idea, concebida por Stanley Shapiro (que había escrito algunos de los mejores encuentros entre Rock Hudson y Doris Day) y Paul Henning (guionista de George Burns en la televisión): una competencia entre dos tipos que se dedican a estafar a mujeres adineradas; un par de con men arteros, ingeniosos, y con altas aspiraciones, que cazan a sus presas en la Riviera francesa. Como en su remake, en Dos seductores parte del truco dependía del grosero contraste entre estereotipos: un inglés con toda la clase, el refinamiento y la cultura que se espera de él, y un norteamericano más craso, emocional, ordinario. En 1988, Caine y Martin superaron en su juego lo que habían logrado 24 años antes dos grandes como David Niven y Marlon Brando.

El que lleva la batuta por supuesto es el Lawrence Jamieson de Michael Caine, porque Caine siempre fue el mejor en esto de mantener la elegancia incluso en las peores circunstancias: un perfecto caballero, un tipo nacido en la más pobre de las pobrezas en la Inglaterra de entreguerras, que se hizo de abajo y supo encarnar personajes de extracción obrera con un toque de gracia aristocrática. Caine le pone a Jamieson una convicción de hierro: es el noble caído en desgracia que seduce y engaña para procurarse una vida a lo grande. Mientras que el Freddy Benson de Martin es un chanta medio muerto de hambre que urde modestos, lastimeros cuentos para zafar de a un plato de comida por día. Forzado a aceptarlo en su propio territorio, Jamieson adopta a Benson como discípulo, pero una mujer –el potencial botín de oro que se les presenta sin aviso– los enfrenta en una cruenta guerra de humillaciones. La mujer era Glenne Headly, una treintañera pelirroja a la que su actuación en esta película le auguraba una carrera increíble que no se cumplió.

Tras el éxito de la película, Dos pícaros sinvergüenzas fue adaptada con éxito para Broadway, y este mismo año también en el West End londinense, y acá, en la calle Corrientes, con Guillermo Francella y Adrián Suar, pero lo cierto es que más allá del atractivo de la premisa argumental, la mente maestra detrás de aquella remake que superó al original fue su director, Frank Oz, que –después de La tiendita del horror, El cristal encantado y la segunda película de los Muppets–, por primera vez se ponía al mando de una puesta en escena que no contenía muppets o algún tipo de marioneta entre sus actores principales, pero supo mover los hilos de la narración con el más perfecto timing. Inglés de nacimiento pero criado en Bélgica y curtido entre Estados Unidos y Gran Bretaña en sus largos años de trabajo al comando de –entre muchas otras criaturas a las que dotó de una personalidad única– Miss Piggy y el maestro Yoda, Frank Richard Oznowicz es el maestro del  artificio, el rey de la comedia no canonizada de los ochenta y los noventa. Oz el mago.

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Aventuras en los ochenta

Perversidad

Fritz Lang

Fritz Lang

Perversidad (Scarlet Street) aparece luego de la “trilogía social” con la que Fritz Lang aterriza en los Estados Unidos en 1936 (y que conforman Furia, Solo se vive una vez y You and Me). Y se ubica temporal y temáticamente junto a La mujer del cuadro, con la cual mantiene una muy cercana y enfermiza relación espejada, que el crítico e historiador alemán Tom Gunning analiza con precisión y profundidad en su libro dedicado a los films del director.

En esta, George G. Robison interpreta a un cajero, leal y confiable, y pintor en sus ratos libres, que se siente revivir cuando conoce a Kitty (Joan Bennett), una mujer manipuladora y algo ingenua que comienza aprovecharse de él pero que, al mismo tiempo, le ofrece la posibilidad de liberarse de todas las situaciones y personas que lo oprimen en su vida. El cerebro malvado detrás de ella es en realidad su novio (Dan Duryea), un vividor con un particular sentido de la moda. Los tres personajes son tan malvadamente definidos, sus miserias tan finamente descriptas, que es imposible no rendirse antes sus imperfecciones y desestimar las acusaciones misóginas que se le atribuyen al film. Que el protagonista se llame Christopher Cross (ninguna relación con el cantante) hace imposible no mencionar sus implicancias: Chris Cross = crisscross = entrecruzado / traicionado. Dudley Nichols, guionista de los primeros filmes de Renoir en Estados Unidos, es el responsable de adaptar la historia original de Georges de La Fouchardière en un clásico relato de ambición y traiciones. Y que se permite numerosas críticas al cine, a la mediocridad cultural y al mercado del arte. Perversidad es también la primera remake que Lang realiza (y la última, vale aclarar) ya que esta misma historia había sido convertida en película unos años antes (en 1931) por Jean Renoir con La chienne.

“Los tres personajes son tan malvadamente definidos, sus miserias tan finamente descriptas, que es imposible no rendirse antes sus imperfecciones”

Analizando cierta obra de literatura, el escritor y crítico inglés Cyril Conolly expresaba sobre ella que “no se trata de una obra de arte, porque carece de composición interna”. Frente a esta película de Lang, de las menos mencionadas en una importante filmografía (que incluye Metrópolis, M, el vampiro y El testamento del Dr. Mabuse) se puede asegurar que sus múltiples composiciones y niveles de lectura la convierten en una pequeña obra de arte a descubrir.

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La rubia gigante

El ataque de la mujer de 50 pies

El ataque de la mujer de 50 pies

¿Cuánto mide una mujer enojada? El cine no suele hacerse esa clase de preguntas, pero las películas de clase B son un rincón del cine donde vale todo. O donde todo vale poco pero rinde bastante más. A ver: cuando allá por la primera mitad del siglo XX la factoría hollywoodense descubrió el modo de sacarle un poco más de jugo a los grandes estudios y se inventó además la doble función, brotaron las creaciones de bajísimo presupuesto pero bastante oficio para ofrecer esa segunda película que tenía que ser atractiva, impresionar en ese sentido que de tan básico tiene un aire de infancia, siempre en los cauces del cine de género (terror, ciencia ficción, etc.). Y los papeles femeninos, con destinos más estereotipados en las grandes producciones, se llenaron de chicas mutantes que padecían extrañas infecciones de las islas del Caribe en Yo caminé con un zombie (1943) o se convertían de dulces gatitas en panteras mortales, como en la bellísima Cat People (1941), por nombrar sólo un par de clásicos de Jacques Tourneur.

Nancy Archer, la protagonista de El ataque de la mujer de 50 pies, pertenece a ese linaje de mujeres peligrosas aunque su vida en un pueblito chato y algo vulgar de los Estados Unidos no prometa demasiado: el marido la engaña, quiere robarle la empresa del padre y hacerla pasar por loca, en fin, cosas de todos los días. Cosas que Nancy soporta sin chistar como toda buena esposa de posguerra. Hasta que una noche, manejando por el desierto, se cruza con una nave espacial con forma de perla que la somete a un extraño tratamiento. Y partir de ahí, cuando Nancy monta en cólera, agárrense porque no hay paredes ni cadenas que la contengan.

El primer ataque de la mujer gigante tuvo lugar en 1958 y en él la idea superó a la ejecución por varios pies de altura. Pero en 1993, un excéntrico llamado Christopher Guest que en los años siguientes entregaría varios de los mejores ejemplares del género conocido como mockumentary (o falso documental) hizo una segunda versión televisiva que mejora por mucho a la primera. Y si se puede afirmarlo sin caer en la polémica es porque esta segunda versión, además de tener mejores secuencias, mejores personajes secundarios y una amante del marido de Nancy que está casi toda la película en corpiño, es la película de Daryl Hannah. La extraña criatura entre vikinga y angelical que en los ochenta se transformó para el cine en sirena (en Splash y con Tom Hanks) y luego fue la heroína de una versión de Cyrano de Bergerac que tenía a Steve Martin como narigón enamorado (son cosas que pasaban en los ochenta), se ofrece en esta remake en versión post-feminista y aumentada. Los ochenta pasaron con sus penas y glorias pero Daryl sigue siendo increíble: desde la docilidad algo naif, tan rara en una rubia de mandíbula cuadrada y casi un metro ochenta, a su versión monstruosa, en taparrabos y con pelo electrificado, gigante es la mejor forma de verla.

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Cine memorable: Algo para recordar

Cine romántico

Cine romántico

 

En Sintonía de amor, de Nora Ephron, Sam ha quedado viudo y esa pérdida lo sume en una pena profunda, casi existencial. Decide mudarse de ciudad, cambiar de trabajo, recomenzar su vida. Su pequeño hijo quiere ayudarlo a recuperar la alegría y llama a un programa de radio, de esos que van a la medianoche donde la gente cuenta sus pesares y una locutora engolada intenta consolarlos. En una charla trasnochada, Sam finalmente se anima a compartir su nostalgia con millones de radioescuchas. En la otra punta del mapa, Annie escucha atenta el recuerdo de un amor perdido: “Lo supe la primera vez que la toqué… le dí la mano para bajar del auto y lo supe. Fue como magia”. En esas palabras que vienen de la distancia, entrecortadas por la interferencia de la radio, Sintonía de amor rinde uno de los homenajes más cálidos e inolvidables al amor en el cine. Pero no a cualquier amor, sino a ese amor mágico, eterno, a veces imposible, a veces lacrimógeno, que solo ocurre en las películas. Y por ello, la película que se hace omnipresente, que define los sueños de Annie, que marca el lugar de encuentro entre los futuros amantes, que impregna el ambiente de esa melancolía fresca y placentera que solo el cine clásico despierta, no es otra que Algo para recordar. Porque si hay una película que entiende del amor en el cine, es Algo para recordar.

Casi veinte años después de su primera versión de ese affaire contrariado, allá por 1939 -entonces con Rex Harrison e Irene Dunne-, el director Leo McCarey regresa a los encuentros y desencuentros en las puertas del Empire State, a los viajes en transatlántico por las costas de París, a las canciones melosas al piano y en la voz de Vic Damone. En ese regreso, Cary Grant y Deborah Kerr protagonizan el encuentro fortuito de dos personalidades dispares, de dos almas distintas, casi opuestas, que pueden llegar a congeniar y hasta a entenderse. Porque el amor, en definitiva, no deja de ser un acto subversivo, un intento de superar ese encierro hedonista en uno mismo y aventurarse a todos los claroscuros emotivos que ese riesgo comporta.

Jean Renoir dijo una vez que Leo McCarey entendía mejor a la gente que cualquier otro director de Hollywood. Hay algo en esa mezcla de ligereza y sentimentalismo, quizás solo comparable con el estilo de Frank Capra en los 40, que hace de sus digresiones nostálgicas la esencia de su alquimia. Tal vez por ello sus grandes escenas, sus momentos emotivos, sus números cómicos se filtran imperceptiblemente en el cine de hoy. Porque, como el amor de Sam, hay películas que se hicieron para resistir mágicamente en la memoria.