Oh, Maggie

blog_qubit_secretariaPasan los años y La secretaria (Secretary) sigue siendo una anomalía, un fantasma en la máquina que nos trae aventuras por metro desde ese lugar algo imaginario que solemos llamar Hollywood.  Una comedia romántica cuya protagonista acaba de salir de un psiquiátrico y encuentra el camino del amor… ¡en una relación sadomasoquista!  Claro, dicho así parece una parodia: pero La secretaria triunfa justamente por tomarse en serio el tema y presentar personajes de carne y hueso, sin circo y sin caer en el chiste fácil. Ahora que se prepara una adaptación al cine del best-seller Cincuenta sombras de Grey, sépanlo: La secretaria lo hizo mucho antes y –seguramente- mucho mejor.

Para empezar, el argumento no surge de una saga marketinera como la de E.L. James sino de un cuento publicado en los ochenta por Mary Gaitskill, una muy buena escritora que suele colaborar en revistas como Esquire y el New Yorker.  Dicen que a la autora le pareció –con justicia– algo reblandecida la muy libre adaptación, pero es justamente la mezcla de sordidez y cuento de hadas lo que hace de esta película algo único.  El espectáculo lo aportan el director-adaptador Steven Shainberg –quien luego haría con menos suerte un film sobre Diane Arbus- y sus actores, en especial Maggie Gyllenhaal, quien para entonces ya tenía 23 años de edad y llevaba diez haciendo cine, pero que en esta película cobró status de revelación.

Extrañamente, Maggie no se ha convertido en la estrella que merecería ser, si bien la hemos visto desde entonces en muchos papeles secundarios (revisar Loco corazón, Donnie Darko, Batman: El caballero de la noche, Stranger than Fiction…)  Con su sonrisa enmarcada por los cachetes más lindos de Hollywood, la hermana de Jake e hija de Stephen (el director de Paris Trout y Una mujer peligrosa) suele transmitir una serenidad que Lee, la secretaria del título, está lejos de poseer.  De movida, se nos muestra su difícil vida en el seno de una familia altamente disociada, que resultaría ominosa si no fuera por un tono de distanciamiento similar al de algunos films de David Lynch (la música es de Angelo Badalamenti, y algunos decorados parecen salidos de Terciopelo azul). Lee habla poco, se flagela en secreto y sólo podemos imaginar lo que desencadenó su visita a una institución mental.  El clima va cambiando cuando consigue trabajo como asistenta de un abogado (James Spader), quien le despierta primero curiosidad y pronto un arrobamiento difícil de disimular.  Que a Spader le van bien los personajes con algo de oscuridad –a pesar de sus facciones algo infantiles– no es novedad.  Increíblemente, en la película estrenada en 2002 el apellido de su personaje es… ¡Grey!  (¿No tendrían que demandar por plagio a E.L. James?)

“Ahora que se prepara una adaptación al cine del best-seller Cincuenta sombras de Grey, sépanlo: La secretaria lo hizo mucho antes y –seguramente- mucho mejor.”

Lo que atormenta a Lee es su propio y recién descubierto deseo masoquista, y la sumisión a su jefe será la válvula de escape ideal (sí, es extraña la película).  Sus avances al Sr. Grey y la manera en que éste va descubriendo su secreto y entrando en el juego dan pie a algunas de las escenas de seducción más jugadas -y divertidas- del cine norteamericano reciente.  La película se sostiene en un guión mínimo, con pocos y formales diálogos; es el gran trabajo de los actores el que nos permite adivinar sus pensamientos, leer entre líneas.  Y la Gyllenhaal nos conquista desde el principio: hay que ver cómo se las arregla para seducir sin dejar de mostrarse vulnerable.  En algún momento de la película nos cae la ficha: estamos de su lado, hinchamos por ella y queremos que logre lo que quiere, aunque a nosotros nos cueste concebirlo.

Shainberg, por su parte, salpica con unas cuantas escenas que detallan las fantasías de Lee –aunque su carácter onírico, más de una vez, deja en duda al espectador- y resuelve con pericia el necesario arco dramático: ¿cómo lograr un clímax con un personaje cuya característica principal es la pasividad?  La respuesta está en una de las secuencias más extraordinarias -y bizarras- que puedan verse en una película del género.  Cuando todo termina, esta aventurera del sometimiento ha conquistado nuestro corazón, y nos prometemos seguir a Maggie Gyllenhaal hasta en el papel más chiquito que le manden a hacer.  Es una leona.

Notas relacionadas:

Histeria: La historia del deseo

Una comedia romántica negativa

¡A ver documentales!

Usted está viendo en la televisión un documental sobre la guerra del Peloponeso. Un experto, con anteojos, barba y una gigantesca biblioteca de fondo, habla con voz monótona y monocorde sobre algún episodio bélico. Aparece en pantalla un mapa de la Grecia Antigua con miles de flechas que salen en miles de direcciones diferentes mientras una voz en off enumera, como si estuviera leyendo la lista del supermercado, nombres de reyes y generales, tratados y años, victorias y derrotas. El control remoto está lejos y a usted le está ganando el sueño: no tiene fuerzas como para pararse y cambiar de canal. Se le cierran los ojos. Los expertos se siguen amontonando en pantalla, pero usted ya no sabe si las palabras “Egospótamos”, “arquidámica” y  “Epidamno” están realmente saliendo de la televisión o si las está soñando, si su mente las está inventando para construir su propia guerra del Peloponeso. Justo antes de quedarse dormido, usted se promete a sí mismo nunca más en su vida ver un documental. Y después se entrega al sueño.

La pregunta es: ¿Ha hecho bien? La respuesta es categórica: no. Absoluta y decididamente no. Por un documental malo, que los hay, se va a perder miles de documentales buenos. Y no solo buenos, también ágiles, interesantes, graciosos, terroríficos, iluminadores, polémicos… y sobre todo, variados. Porque lo cierto es que hay documentales de todos los tamaños, formas y colores. De hecho, el prejuicio más arraigado que existe en cuanto a los documentales (es decir, que son todos más o menos iguales, todos más o menos parecidos al descrito en el primer párrafo) es también el más errado. Por cada decisión que toma un documentalista, hay otro que tomó exactamente la contraria. Hay documentales que no tienen ni una sola imagen de material de archivo y hay otros que están hechos solamente de material de archivo. Hay documentales que evitan sistemáticamente las entrevistas y otros que giran completamente en torno a ellos. Documentales que se apoyan en una voz en off omnipresente y documentales que prescinden 100% de ella. Documentales que vociferan verdades y documentales que tímidamente transmiten dudas. Hay documentales didácticos y documentales narrativos. Documentales combativos y documentales poéticos. Hay, en fin, documentales para todos los gustos.

¿No lo convencí? ¿Todavía se aferra a su promesa de no ver más documentales? ¿Sigue teniendo pesadillas con la Guerra del Peloponeso? Hágame caso y comience una terapia de desintoxicación con estos tres documentales:

This Film is Not Yet Rated: Para descubrir y describir cómo funciona el sistema de calificaciones cinematográficas (PG-13, NC-17, etc.) en los Estados Unidos, Kirby Dick contrata a dos detectives lesbianas para infiltrarse en ese oscuro mundo en el que se le “estampan” las calificaciones a las películas… un mundo hecho de oficinas, pasillos, microcines, influencias, contactos, leyes no escritas, grandes estudios, curas, ligas de amas de casa y un largo y siniestro etcétera. Una película graciosa, potente y perfectamente documentada.

Grass: La historia de la marihuana en el Siglo XX en los Estados Unidos. O sea: La historia de los diferentes modos en los que se intentó justificar la ilegalización de la marihuana en los EE.UU. O sea: La historia de cómo apareció la marihuana retratada en el cine, la televisión, la radio, la música y los diarios estadounidenses. O sea: La historia de los estrafalarios mitos, leyendas, exageraciones y mentiras que se construyeron alrededor de la marihuana. O sea: Una película clave (y tremendamente divertida) para entender el grado de manipulación al que hay que recurrir para defender medidas ridículas.

Fetishes: Cuarentones que fingen ser bebés (se ponen pañales y todo) y son castigados por sus amas… judíos que juegan a estar en campos de concentración y sufren las represalias de madamas disfrazadas de guardias nazis… Látigos, esposas, cuero, dominación, simulacros de violaciones… Hay fantasías para todos los gustos (para todos los gustos más o menos retorcidos, claro) en este documental sobre Pandora’s Box, un lujoso club de sadomasoquismo en Nueva York. Y hay un gran documentalista, Nick Broomfield, un gentleman británico, irónico e incisivo, que no se cansa de preguntar y de indagar sobre todas estas prácticas.

 

This Film is Not Yet Rated, Grass y Fetishes pueden verse online en Qubit.tv, los primeros dos, gratis.