Top Gun 2: vuelve Maverick

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El productor David Ellison confirmó en una rueda de prensa que Tom Cruise volverá con su papel de Maverick.

 

Según Ellison la trama se adecuará a los cambios que ha tenido la Fuerza Aérea de los Estados Unidos en los últimos 30 años, destacando el uso de drones. “Justin Marks está escribiendo el guion en estos momentos, tiene ideas muy buenas para actualizar el mundo de los pilotos militares. Maverick tendrá un gran papel en la película, no hay Top Gun sin Maverick, y Marverick va a estar interpretado por Maverick. No sé qué espera la gente, pero tenemos muchas esperanzas de poder comenzar con esta película muy pronto. Pero como todo, esto se reduce en el guion, y eso le corresponde a Justin” declaró el productor.

 

“No hay Top Gun sin Maverick, y Marverick va a estar interpretado por Maverick”

 

Más allá de que hace un tiempo se suponía que Tom Cruise volvería, pero con un papel secundario, Ellison afirmó el actor que está muy comprometido con el proyecto y que tiene muchas ganas de rodar en esos aviones de nuevo.

 

¿Tenés ganas de verlo de nuevo en el papel de Maverick?

 

 

 

Al filo del mañana: una vez más, con sentimiento

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Wikipedia tiene una rara entrada dedicada enteramente a películas con “time loops”: argumentos en los que una fracción del tiempo se reitera al menos una vez. Films sobre “el rulo del tiempo”: los hay más o menos conocidos; la lista puede revelar historias que no conoce el cinéfilo más curtido en este tipo de cachivaches. Hay una, por ejemplo, titulada 12:01, un telefilm dirigido por el veterano Jack Sholder en 1993, que en Argentina solía darse cada tanto en televisión abierta. 12:01 estaba protagonizada por un oficinista común que quedaba atascado en el peor día de su vida; el día en que presenciaba la muerte de la chica de sus sueños. Mediante un golpe de magia (del guión) a la hora señalada en el título el protagonista vuelve a empezar el mismo fatídico día, una y otra vez. Eventualmente, el muchacho decide que puede sacar ventaja de la posibilidad de examinar en detalle los eventos de la jornada. Vive y aprende. Si el argumento les suena es porque, claro, se parece bastante en su estructura básica al de Hechizo del tiempo (Groundhog Day), la comedia de Harold Ramis estrenada en cines ese mismo año, y en la que el protagonista, condenado a volver a vivir una y otra vez el mismo día, también aprende, y cambia, y logra cambiar a otros.

 

Veinte años después nadie recuerda a la más que decente 12:01, pero cada vez que aparece una película que le hace ese mismo rulo al tiempo es inevitable pensar en Groundhog Day, Phil Connor y la marmota que predice el clima y su vive-vuelve a vivir-aprende. Este año volvió a ocurrir cuando se estrenó Edge of Tomorrow, o Al filo del mañana, y la verdad es que es una premisa perfecta y aun en el cambio de género –esta es más bien de ciencia ficción y acción pesada con extraterrestres y kick-ass girl– y aunque está basada en una novela japonesa para adolescentes (All You Need is Kill, según su título internacional) sigue teniendo algo de remake libérrima de Hechizo del tiempo: por su humor, porque hay interés y conquista romántica, porque su héroe es, en principio, y aunque se trate de Tom Cruise, un antihéroe.

El slogan con que llegó a los cines Al filo del mañana funciona como una especie de postulado de modernidad:  “Vive. Muere. Repite”, que equivale al vivir y volver a vivir para aprender de sus antecesoras pero aludiendo a la dinámica más fugaz de un videojuego. Las primeras secuencias de la historia son, de hecho, puro videojuego, pero narradas con un timing y un manejo del montaje asombrosos: la elipsis consigue un efecto particularmente gracioso cada vez que parece que vamos a ser sometidos, de nuevo, a la reiteración de las escenas iniciales. El que queda atrapado sin comerla ni beberla en esta reiteración es el mencionado anti-héroe de Tom Cruise, que no, no interpreta al soldadito-modelo y action hero que esperarán los fans de Misión: Imposible, sino que por el contrario, es el militar-de-escritorio, un experto en relaciones públicas y marketing que solo ocasionalmente se encuentra trabajando para el ejército justo cuando la humanidad está perdiendo la guerra contra una invasión extraterrestre. Y al que, sin consultarlo ni entrenarlo, de pronto lo mandan al campo de batalla.

 

“Ah, no, lo mío no es la acción”, le explica con su mejor sonrisa de acá-evidentemente-hay-un-error” al general que lo quiere despachar al frente ya mismo, “De hecho, ni siquiera tolero la visión de la sangre. Ni un corte con papel”. Este tipo de escenas convierten Al filo del mañana en la película perfecta tanto para los seguidores de Tom Cruise como para sus detractores: quienes siempre estuvieron convencidos de que es uno de los grandes actores de su generación, acá podrán constatar su versatilidad; quienes siempre lo consideraron un poco limitado, habrán podido comprobar que este es el Cruise de más de 50 años que ha decidido reinventarse un poco a sí mismo y en el proceso va descubriendo un sentido del humor que antes estaba ausente de sus personajes, que se burla un poco de ese carácter de action-hero. Quienes hayan visto Tropic Thunder (Una guerra de película) ya tuvieron una prueba breve pero asombrosa del Cruise comediante que Hollywood y el mundo se estaban perdiendo. Ahora ese comediante es protagonista. Mientras Bill Murray se pone más serio y melancólico, Cruise se desata.

 

“El slogan con que llegó a los cines Al filo del mañana funciona como una especie de postulado de modernidad:  “Vive. Muere. Repite”, que equivale al vivir y volver a vivir para aprender de sus antecesoras pero aludiendo a la dinámica más fugaz de un videojuego.”

 

Y está la chica, por supuesto, “siempre hay una chica”. Y antes de cumplir 30 la inglesa Emily Blunt ya había probado su fuerza todo terreno, poniendo en pantalla un remolino de erotismo (Mi verano de amor), conservadurismo y resistencia (El diablo viste a la moda) y hasta la parodia de este conservadurismo (Los Muppets), haciendo drama de corset (La joven Victoria); y comedia matrimonial (Eternamente comprometidos); siempre irresistible. Ahora hace la que le faltaba: heroína de acción, la fatal Rita Vrataski, icono de la guerra contra el invasor, la que eventualmente se une al atribulado Cruise para dejar de dar vueltas en redondo y ponerle fin a la masacre. Y mejor no contar más.

 

El director de la película es Doug Liman, un cineasta surgido del indie cuya revelación fue con dos films pequeños de cierta repercusión en los noventa, Swingers y Go: Viviendo sin límites, que luego inició la saga Bourne con Identidad desconocida;  juntó a Brad Pitt y Angelina Jolie en El Sr. y la Sra Smith y luego alternó una carrera en la televisión con un par de films más. A este no le fue particularmente bien en los cines, pero lo cierto es que tocó competir en algunos territorios con películas mucho menos buenas y mucho más promocionadas (Maléfica). De todos modos, parece el tipo de película destinada a construir un pequeño culto a su alrededor, a ser redescubierta; a revivir, y a ser vista una y otra vez, replicando su encantador truco argumental, su loop, su irresistible hechizo del tiempo: Vive. Muere. Repite.

Talento sin ego

Philip Seymour Hoffman

Philip Seymour Hoffman

La muerte, en febrero pasado, de Philip Seymour Hoffman tomó a todos por sorpresa.  En los obituarios la opinión fue unánime: Hoffman, de 46 años de edad, era el mejor actor estadounidense de su generación.  Por una vez, la alabanza no sonó como una de esas hipérboles que circulan por los medios en parecidas circunstancias. Hoffman tenía espaldas para semejante sayo: lo mismo se decía de él en vida.

Como todo actor de raza, este neoyorquino se forjó un nombre en el teatro, ambiente donde no dejó de ser respetado aun después de incursionar, como tantos colegas de escenario, en Hollywood. Su tipo no convencional, macizo y a la vez vulnerable, parecía condenarlo allí a papeles de reparto, en un ambiente donde la estampa y el carisma suelen valer más que el talento: así pasó, desapercibido para el gran público, por películas de comienzos de los noventa como Perfume de mujer, Las cosas de la vida o aquella remake de La fuga con el matrimonio Alec Baldwin – Kim Basinger.  Su gran chance la tendría en la segunda mitad de esa década, y se la dio el californiano Paul Thomas Anderson, quien contó con él desde su primera película Hard Eight (también haría mucho por las carreras de John C. Reilly, Luis Guzmán y el veterano Philip Baker Hall).  En la segunda, Boogie Nights (1997), Hoffman compuso a un homoerótico –y patético– admirador de la estrella porno interpretada por Mark Wahlberg.  Al año siguiente interpretó uno de los personajes más repulsivos de Felicidad, la polémica película de Todd Solondz: un gordo solitario que llamaba por teléfono a la vecina para masturbarse.  Esos dos papeles fueron el espaldarazo definitivo para una carrera que tendría su máximo pico de popularidad en 2006, cuando ganó el Oscar al mejor actor protagónico por su trabajo en Capote y la Academia en pleno se puso de pie para aplaudirlo.

Hoffman era uno de esos actores que siempre están bien en su papel, capaces de mejorar con su presencia una mala película.  Si bien Hoffman tuvo su cuota de protagónicos –incluido uno memorable en el film más reciente de Anderson, The Master– no dejó de hacer roles secundarios en títulos como Moneyball o La hora 25.  Su principal virtud era evidente en aquel doblete Boogie Nights – Felicidad: abrazar un personaje poco agradecido –incluso desagradable– sobre el papel, volviéndolo tridimensional y hasta querible: hacerlo “respirar”.  En el teatro suelen ser papeles buscados por su posiblidad de lucimiento, son el pan del actor. Pero en Hollywood la imagen es lo más importante y las grandes figuras suelen preocuparse por la influencia que un rol así puede tener en su carrera. Es el ámbito de actores como Tom Cruise, alguien que cuando por una vez tiene que morir en una película (Colateral), lo hace sentado. Por toda la simpatía y admiración que puedan generar en la platea, no dejan de ser unidimensionales.

Claro que, cada tanto, uno de estos intérpretes físicos y glamorosos quiere brillar también en el oficio del actor: sufrir y transitar emociones, conmover (mostrando de paso que ellos también tienen sensibilidad y sofisticación).  Cruise lo hizo en la película coral de Anderson, Magnolia (1999), aceptando en prueba de “humildad” un papel de reparto.  Por supuesto, Tomasito hizo todas sus escenas largando fluorescencia por los ojos, dispuesto a comerse la pantalla. El papel parecía hecho a su medida: un gurú del levante con un secreto familiar que lo acompleja. Cerca del final del film, el personaje se reúne finalmente con su padre moribundo, interpretado por Jason Robards.  ¿Y quién está ahí junto a ellos? Hoffman, el enfermero que ha logrado reunirlos. He aquí un ejemplo para todos los actores secundarios con la ingrata tarea de presenciar el lucimiento ajeno. Es claro que ésta va a ser la gran escena de Cruise, el momento en que lo veremos quebrarse y hasta gimotear un poco, como si fuera de carne y hueso finalmente. Lo que hace Hoffman es limitarse a estar ahí, en segundo plano, emocionándose con él, sin interferir: aportando lo justo y necesario para que los demás brillen.  Esa aparente ausencia de ego, tan inusual en Hollywood, lo pone en la línea de los grandes actores de reparto de la historia del cine, de Walter Brennan a John Cazale, de George Kennedy a Stephen Tobolowsky. Y eso que era más conocido que todos ellos.  Hasta se dio el lujo de dirigir una película, Jack Goes Boating (2010), donde con cierto alivio pudimos comprobar que, después de todo, tenía los mismos tics y caprichos que otros actores cuando les dan vía libre…  Descubrir que Hoffman era perfecto hubiera sido demasiado; no se lo hubiéramos bancado más que a Cruise.

 

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