Emma Stone le dice “no” a Los Cazafantasmas

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Para el director, Paul Feig, Emma Stone sería una excelente Cazafantasmas, pero tendrá que ser en otra ocasión.

 

Desde que se hackearon los mails de Sony, se sabe que la actriz era la favorita para liderar el reparto del “reboot” femenino de Los Cazafantasmas.

En una entrevista para The Wall Street Journal, Stone comentó que “el guión era muy divertido” y luego agregó: “Simplemente no sentía que fuera el momento adecuado para mí. Una franquicia es un gran compromiso, un trabajo a tiempo completo. Creo que necesito un minuto de descanso antes de meterme de lleno un un proyecto así”.  La actriz que interpretó a Gwen Stacy en las dos primeras entregas de The Amazing Spiderman se ha mostrado entusiasmada, sin embargo, al preguntársele por un papel de villana respondió: “Eso sería fantástico”.

 

“Simplemente no sentía que fuera el momento adecuado para mí”

 

En Los Cazafantasmas 3, Kristen Wiig, Melissa McCarhty, Leslie Jones y Kate McKinnon son la nueva generación femenina que tomará el lugar de Bill Murray, Dan Aykroyd, Harold Ramis Y Ernie Hudson. La película, dirigida por Paul Feig, se estrena en EE.UU el 22 de julio de 2016. En cuanto a Emma Stone, en julio de este año, llega a la pantalla grande en Irrational Man, largometraje dirigido por Woody Allen, donde se la podrá ver nuevamente en un papel protagónico.

 

Mirá Los Cazafantasmas y Los Cazafantasmas 2 en Qubit.tv.

 

La fiesta interminable

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La primera actuación de Woody Allen en cine no fue en una película dirigida por él, pero sí en una basada en un guión de su autoría. Si bien posiblemente la historia recuerde más What’s New Pussycat? por la canción de Burt Bacharach compuesta para la película y cantada por Tom Jones, o por haber sido el debut de Allen, esta película de 1965 se sigue disfrutando hoy, posiblemente no con el desparpajo transgresor con que se habrá visto en los sixties, pero sí con una alegría libertaria que el cine ya supo olvidar.

 

Protagonizada por un muy joven Peter O’Toole, por un Peter Sellers un tanto deslucido pero en la cima de su carrera (había filmado para entonces dos de la películas de la serie de la Pantera Rosa y un par con Stanley Kubrick) y por una muy joven Romy Schneider (recién bajada de Sissi, ansiosa por entrar al cine de este siglo), What’s New Pussycat? funciona en buena medida gracias a la libertad que se toma hasta con sus propios personajes. La historia y los problemas de Michael James (O’Toole), un joven que sabe que quiere casarse pero no puede dejar de acostarse con todas las mujeres que se le tiran encima por el camino, es poco más que una excusa para ir recorriendo salones de París, bares de striptease, casas varias y chateaux que funcionan prácticamente como telo, todos poblados por una fauna de maniáticos sexuales de distinta índole y forma, frustrados y ninfomaníacas, maridos cornudos y amigos calenturientos, paracaidistas y campesinos que buscan una orgía, todos arrastrados por mareas incontenibles de deseo. Y todo cubierto por colores extravagantes, mucho terciopelo y cortes de plano recortados con bordes arabescos.

 

Si bien el guión de Allen resulta un tanto disperso y recuerda todavía ciertos formas de la televisión (rasgos que su cine irá depurando), ya se pueden ver buena parte de sus temas centrales (el deseo, la pareja) y encontramos ya la influencia de Fellini (con una cita directa a 8 y medio) y también la de Groucho Marx en una serie de diálogos afilados aunque no del todo consistentes. La escena de persecución en el hotel hacia el final le debe mucho al cine de los hermanos Marx.

 

“La historia y los problemas de Michael James (O’Toole), un joven que sabe que quiere casarse pero no puede dejar de acostarse con todas las mujeres que se le tiran encima por el camino, es poco más que una excusa para ir recorriendo salones de París, bares de striptease, casas varias y chateaux”.

 

Después idas y vueltas, de las peleas y reencuentros de la pareja protagonista, del momento hermosamente absurdo a orillas del Sena, cuando hacia el final la fiesta alocada y sexual que nos propone What’s New Pussycat? alcanza su clímax, se produce una escena hermosamente juguetona. Los personajes se reúnen y se enredan, se cruzan y se descruzan, salen corriendo e intentan escapar de la policía y para hacerlo no encuentran medio mejor que unos karting que aparecen a un costado. Empieza entonces la persecución: una secuencia ridícula, absurda, hermosa, confusa, ilógica y cómica. La cámara filma de frente a Romy Schneider, que avanza sonriendo por las calles de un pueblito francés con su pequeña excusa de auto, su pequeña excusa de huida, su pequeña excusa de argumento. Ese momento, esa sonrisa de Romy, esa alegría juguetona y liberada de una gran actriz a la que pusieron a andar en karting posiblemente sea uno de esos milagros fortuitos que el cine sabe ofrecer. Y solo era posible en una película como esta.

Jazz: películas con swing

Jazz en el cine

Jazz en el cine

 

El jazz evolucionó junto con el cine a lo largo del siglo XX.  Participó de él como música de fondo, aportando estrellas casi siempre maltratadas por los estudios (ahí está Billie Holiday haciendo de sierva en Nueva Orleans ¡y casi no la dejan cantar!) y también como tema de biopics descafeinados en el Hollywood clásico y mayoritariamente blanco.  Para cuando eso empezó a cambiar, el rock había reemplazado al jazz en el gusto popular y el número de producciones dedicadas al género se hizo mucho más pequeño.

En los años noventa dos películas de ficción se dedicaron a reconstruir los treinta con singular fortuna.  En Kansas City, Robert Altman reconstruye el mundo de garitos y juerga en que se desarrolló el swing, cantera de orquestas bailables –como la de Count Basie– y de cantantes que empezaban trabajando en ellas –como la Holiday– para no hablar de muchos instrumentistas que luego formarían sus propios grupos.  El argumento de Kansas City (1996), insignificante como es costumbre en Altman, nos recuerda que ese auge fue fogoneado por los gangsters que contaban con protección política y eran dueños de los locales donde los músicos tocaban.  Pero lo importante es que Altman se sirvió de la joven generación neoclásica –con nombres como James Carter y Joshua Redman– para interpretar a leyendas del género como Lester Young, Ben Webster y Coleman Hawkins, “pelando” solos en vivo ante las cámaras mientras un gurrumín llamado Charlie Parker –que luego inventaría el bebop– observaba entre bastidores.  Altman era de Kansas y conocía el paño.

Dulce y melancólico (1999) se ocupa de otro sonido, el hot creado por Louis Armstrong en Nueva Orleans y Chicago; el que pronto replicaría Django Reinhardt en París con un pequeño grupo de cuerdas.  Sean Penn compone a un músico norteamericano que vive a la sombra de Django: se supone que es el “segundo mejor guitarrista del mundo”.  Es conocida la afición de Woody Allen por el jazz, pero nunca lo representó mejor que en esta película, realizada en el formato de falso documental que tan bien le sienta; Penn brinda una gran interpretación del ególatra Emmet Ray, aunque si prestan atención notarán que sus partes de guitarra están dobladas por un músico profesional.

Entre los documentales de Qubit encontrarán Blues del hombre salvaje (Barbara Kopple, 1997), que sigue una gira de Woody con su mentado grupo de homenaje al jazz primigenio (el mismo que se le superpone con la noche del Oscar).  Pero la película resulta más iluminadora sobre su polémico matrimonio con Soon-Yi Previn: descubrimos que al final el director de Dulce y melancólico es un sometido y casi la podemos oír a la coreana diciendo: “¡sí, andate a tocar el clarinete con tus amigos!”  Más y mejor música se encontrará en Imagine the Sound (1981), documental del canadiense Ron Mann centrado en figuras del free y donde se puede ver en acción a figuras como Archie Shepp o el aporreador de pianos Cecil Taylor.

Dos películas francesas permiten apreciar cómo en los cincuenta el buen jazz daba una pátina de sofisticación a la gran pantalla: Sin aliento (1960) cuenta con un irresistible score del pianista galo Martial Solal (luego Godard viraría a otras músicas); mientras que Louis Malle contó para su policial Ascensor para el cadalso (1958) con una partitura original de Miles Davis, quien andaba por París haciéndose arrumacos con la chansonnière Juliette Greco.

“El jazz evolucionó junto con el cine a lo largo del siglo XX.  Participó de él como música de fondo, aportando estrellas casi siempre maltratadas por los estudios y también como tema de biopics descafeinados en el Hollywood clásico y mayoritariamente blanco.”

Pero el jazz también puede aparecer allí donde menos se lo espera: por ejemplo, en El sabor de la cereza (1997), ese clásico iraní cuyo final debe haber sido uno de los más debatidos en los últimos años.  Kiarostami agrega a ese clímax ambiguo y a la vez dramático un “anticlímax” con imágenes en video del rodaje, como diciéndonos: “it’s just a movie”.  La música, que aparece por primera vez en el film en esa escena, es una célebre versión de Louis Armstrong del “St. James Infirmary Blues”, canción tradicional y anónima interpretada al estilo de los cortejos fúnebres de Nueva Orleans, con todo lo que esto supone en el contexto de la película.  Así es el jazz: sin frontera social ni geográfica, inspirador y eterno.