Un oso rojo y Bolivia, de Adrián Caetano

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Un oso rojo y bolivia

Pocos cineastas conjugan satisfactoriamente las reivindicaciones sociales y la diversión eficaz. Los que lo consiguen son los mejores, porque sus películas actúan sobre el presente y además lo sobreviven. Adrián Caetano es uno de esos y se distingue de sus compañeros de la generación de directores del nuevo cine argentino surgida en la segunda mitad de los 90 por su convicción y capacidad para filmar entretenimiento político y política entretenida. Caetano es, además, un independiente, un clásico, un narrador contundente y económico, un materialista suelto en la aldea global y virtual de las imágenes. Como John Carpenter, sin ir más lejos, que hacía películas de vampiros anticlericales y de ciencia ficción en villas miseria, a quien admira sin menoscabo de su originalidad porque sabe que un seguidor es fiel al espíritu y no a la letra de la ley del maestro. Nada sobrenatural hay en Un oso rojo ni en Bolivia, las dos que se pueden ver en Qubit, porque el terror que muestran es el del racismo, la insuficiencia bienpensante y la pobreza, no provocado por fantasmas sino por gente de carne y hueso como uno, y porque a su manera son westerns, vale decir películas en las que la tensión entre el individuo y la comunidad, así como entre los diversos poderes que se disputan sus dominios, se decide a los tiros, que en su caso no es una forma trivial, sino sintética y elocuente, de exponer el funcionamiento psíquico y cultural de personas y sociedades sin aburrir a nadie. Los protagonistas de una y de otra son el Oso, un remisero que recién salió de la cárcel, y Freddy, inmigrante boliviano que trabaja de mozo en un bar. A los dos los desvela una sola cosa: conseguir la plata suficiente para mantener a sus familias, perdida en un caso, distante en el otro. Alrededor de ambos hay una serie de personajes inolvidables de distinta naturaleza, desde el mítico gángster compuesto por René Lavand a Rosa, la compañera de laburo paraguaya de Freddy, pasando por los más grises pero quizá los más importantes de todos, tipos mentalmente colonizados, ciudadanos vencidos y cargados de resentimiento, incapaces de llevar adelante algo que no sea una reacción destructiva contra lo que temen o envidian. Lo mejor de estas dos ficciones consiste en hacernos ver que la mayor parte de los espectadores somos esos del montón, prestos a juzgar desde afuera sin jugarnos el cuerpo, con las necesidades mínimas cubiertas, pero, justamente por eso, tan temerosos como para hacer cualquier cosa con tal de preservar la alienada seguridad de nuestra condición. Y sin discursos ni propaganda, sólo con la potencia de guiones brillantes en los que pueden escucharse declaraciones de principios como ‘Toda la plata es afanada’, o secuencias de montaje conmovedoramente heroicas en las que la épica del trabajo es exaltada a través de un hombre que calma la sed sirviéndose soda de un sifón en cámara lenta y reparte sus propinas a partes iguales con los compañeros de trabajo, mientras el plano vibra al son de Los Kjarcas.

Adrián Caetano es un director con capacidad para filmar entretenimiento político y política entretenida, un narrador contundente y económico.

 

 

 

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