Una aventura de altura

 

El Hobbit - La desolación de Smaug

 

Hace algo más de diez años Peter Jackson logró una proeza, al convertir un libro de peso y de culto –los tres tomos eternos de Tolkien– en un artefacto cinematográfico que, si bien no era para todo el mundo, ofrecía aventura, acción, fantasía, intriga, emoción, magia y pérdida. Jackson consiguió, se ha dicho, recuperar algo de la experiencia iniciática, el fervor de una lectura que solo puede funcionar al tope de sus potencialidades en un momento de la vida, en la adolescencia, para millones de espectadores de todas las edades. Lo que hizo con El Señor de los Anillos lo catapultó de su estatuto de imaginativo realizador de bajo presupuesto y clase B, a emperador de uno de los subgéneros más rentables del cine contemporáneo: la fantasía épica. Así que, después de varios intentos de delegar a su sucesora El Hobbit –que transcurre y fue publicada mucho antes que El Señor de los Anillos, lo que convierte a su adaptación en lo que hoy se llama comúnmente “precuela”– en otras manos, para poder salir un poco de ese mundo de enanos, Jackson se encontró con que era el único capaz de retomar las riendas del universo que había plasmado.

“Jackson se encontró con que era el único capaz de retomar las riendas del universo que había plasmado.”

En la escasa década transcurrida desde aquella trilogía hasta esta saga de origen que la producción también decidió convertir en una aventura en tres partes, el relato cinematográfico se vio afectado por el influjo de infinidad de series y miniseries televisivas, muchas de los cuales se forjaron en la fuente de Tolkien y Jackson. Con lo cual, lo que un tiempo atrás hubiera parecido una exageración –¡tres nuevas películas de cerca de tres horas cada una!– cobra una nueva perspectiva en tiempos de Game of Thrones, volviendo al que probablemente sea el origen de toda la aventura tolkieniana: el relato eterno, la aventura que continúa indefinidamente, del folletín decimonónico.

Y Jackson lo hizo de nuevo, pero esta vez produciendo un doble juego: El Hobbit funciona, por sus imágenes, barrocas de diseños escenográficos y criaturas digitales, si se quiere por el 3D y el sistema de altísima definición que pone a prueba, como un artefacto que necesita de la pantalla grande para desplegar la “experiencia completa”, toda su espectacularidad. Pero ya vista una o dos veces, pasa a convertirse en la película perfecta para seguir reviendo en otras pantallas: la del televisor inteligente, la computadora, o hasta el celular; porque su estructura, el devenir del relato, se presta para verse en partes, episódicamente, como una de esas miniseries que tienen a públicos de todo el mundo en vilo por cinco o seis años, siguiéndolas semanalmente o en maratones. Pasado el estreno en cines –y mientras esperamos la próxima, o las próximas–, es la aventura que podría no terminar, que querríamos que no  lo hiciera, nunca.

Dicho lo cual, La desolación de Smaug, capítulo 2 de El Hobbit, empieza a cumplir las promesas empeñadas en el episodio previo: el mismísimo Smaug, de hecho, el tremendo dragón cuya presencia se anunciaba ominosamente en la última imagen de El Hobbit: un viaje inesperado, en el plano enorme del reptílico ojo de la bestia,  ahora se hace esperar un poco, pero finalmente despliega sus alas en un inolvidable combate dialéctico con el protagonista. La voz del bicharraco alado de aliento de fuego es la del chico británico del momento –el Sherlock de la BBC–, Benedict Cumberbatch: esto es, gravedad y profundidad. Y la espera, por otro lado, está matizada con otras aventuras, un episodio tremebundo con unas arañas gigantes y sigilosas que hiela los huesos y eriza la piel –un triunfo de efectos especiales y puesta en escena de suspenso–, y con la incorporación de un personaje femenino que aporta equilibrio y belleza: a la intensa elfa Tauriel, invento de los guionistas a puro girl power que no había en el libro original, la interpreta Evangeline Lilly, la Pecosa de Lost. Así, claro –con ese dragón, esas arañas, esa chica– dan ganas de que cualquier película dure tres, seis, diez horas.

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