Vértigo, El ciudadano, 2001: las listas y los clásicos

Digámoslo de una vez: las listas no sirven para nada, pero cómo nos gusta hacerlas.  También, inevitablemente, nos gusta revisar las de otros, comparar, descubrir.  La gente de la revista británica Sight & Sound, verdadera decana del periodismo cinematográfico, viene haciendo desde siempre su lista de las mejores películas de todos los tiempos.  Es una tradición que se cumple cada década, concretamente en los años que terminan en el número 2.  Y siendo que estamos en 2012, acaba de publicarse la nueva edición de la encuesta, que incluye a críticos y cineastas de todo el mundo.  Esta vez con una novedad mayor: por primera vez en 50 años El ciudadano –Orson Welles, 1941– no está a la cabeza de la lista (ocupa el segundo lugar).  Le ganó Vértigo –Alfred Hitchcock, 1958–, que encabeza el ranking por primera vez, para alegría de este cronista, ya que es su favorita personal.  Ambas películas pueden verse en Qubit, así como 2001 Odisea del espacio –Stanley Kubrick, 1968; sexta– y Ocho y medio –Federico Fellini, 1963–, que cierra el top ten.

Antes de hablar de las películas, unas palabras sobre nuestra compulsión por las listas, por hacerlas y leerlas.  Como ocurre con los premios Oscar, las categorías “mejor” o “primero” remiten a un espíritu de campeonato que poco tiene que ver con el cine y mucho con la mirada que los no cinéfilos tienen del séptimo arte.  Es que las cucardas son útiles para aquellos que quieren parecer al tanto, sin tomarse el trabajo de ver las películas para juzgar por sí mismos.  Así, hablarán de tal o cual película prestigiosa con el aire del nuevo rico que convida a un húesped con un costoso Cohiba –el cigarro de la marca cubana– mientras aclara con sonrisa canchera: “son los mejores” (escena repetida en muchas películas con cigarros, vinos o trufas).  Estamos seguros de que ese señor nunca se molestó en probar otra variedad, y que tomó la recomendación de alguna revista de moda.

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Si tenemos en cuenta el reparo del párrafo anterior, la lista de Sight & Sound puede ser una buena introducción al tema, del mismo modo que las antologías de cuentos sirven para conocer autores.  El desafío es ver algo más de cada director que la película mencionada en la lista y que se supondría es, de las suyas, la “mejor”.  Lo que funciona como “mejor” en una lista universal puede ser muy diferente si pensamos sólo en la carrera de ese director, o en las películas de su tiempo. Y difícilmente tengamos una idea de ese director o ese tiempo sin ver cómo formas, temas e ideas se repiten con distintas variaciones en otras películas relacionadas.

Vértigo es una obra arrebatadora, de sentidos múltiples, más moderna a cada nueva visión; una verdadera cumbre –y a la vez una desviación, el comienzo del fin de lo clásico– en el Hollywood de su época.  Y sin embargo, mucha más gente vio Psicosis, que por supuesto también es genial, pero es otra cosa, más acá de esa frontera de lo clásico que Vértigo supo marcar.  No digo más porque conviene acercarse a Vértigo sabiendo lo menos posible de su argumento, incluso del reparto. Después, seguir con Hitchcock –una fuente inagotable y diversa– y revisar lo que otros dijeron de esta película: no hace mucho, el filósofo esloveno Slavoj Žižek hizo un brillante análisis de las formas del inconsciente en esta película y en toda la obra de Hitch.

El ciudadano es quizá la primera película de Hollywood que se piensa a sí misma como arte, como algo más que entertainment.  Welles la hizo con un contrato privilegiado que le daba todo el poder, algo impensable para un operaprimista.  Hombre de teatro que se había hecho famoso con su emisión radial de La guerra de los mundos, Welles vio todo el cine que pudo y tomó ideas de los directores más avanzados de su tiempo (entre ellos Wyler y Ford) para ponerlas al servicio de una travesura: contar en clave la historia del mayor empresario mediático de Estados Unidos (William Randolph Hearst), quien luego intentaría impedir el estreno.  Tienta decir que los logros formales de la película serían mejor apreciados en la pantalla grande…  pero lo cierto es que el cronista vio por primera vez estos films en formato VHS, en un televisor analógico de 20 pulgadas, que por ejemplo cortaba los bordes laterales de la imagen; y de todos modos quedó impresionado.  Hoy los adelantos digitales permiten ver la imagen completa y con una definición mucho mayor.  El ciudadano es una de las películas sobre las que más se ha escrito, y las polémicas en su torno incluyen una célebre intervención de la crítica Pauline Kael, quien se animó a discutir la dimensión de Welles como autor del film rescatando el papel central del guionista Herman Mankiewicz, que había trabajado para Hearst.

 

2001 Odisea del espacio fue durante muchos años la película emblema de una nueva generación de cinéfilos, los que crecieron escuchando “rock progresivo” y leyendo a Ballard o a Tolkien.  Realizada justo cuando la tradicional autocensura norteamericana hacía mutis por el foro, construye su suspenso sin una explicación final coherente y unívoca: es un film de preguntas, más parecido a lo que hacían europeos como Bergman o Antonioni que al tradicional cine de ciencia ficción.  Por otro lado, sus efectos visuales también instalaron un nuevo estándar y elevaron las pretensiones artísticas de lo que hasta entonces era visto como un “subgénero”, cosa menor, carne de clase B.  Hoy algo olvidada, 2001 fue en su momento tan importante como Bonnie & Clyde o Busco mi destino… films de ruptura cuya novedad envejeció mucho más rápidamente.

 

De 8 1/2 ya se habla en otra parte de este blog.  Mejor cerremos la idea: asomarse a los clásicos es, en suma, picotear la parte de arriba de una ensalada cuyo fondo es infinito, siempre ofreciendo un nuevo sabor o combinación de ellos.  Si usted va más allá de la superficie y descubre el placer de internarse en otros mundos, se habrá recibido de cinéfilo.

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