Victoria, paranoia y Berlín

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Llama poderosamente la atención que un film del calibre de Victoria no haya tenido mayor repercusión que algunos premios menores en su país de origen, Alemania, luego de su estreno en febrero de 2015. En Argentina, la última película del actor y cineasta alemán Sebastian Schipper, se estrenó en la competencia Vanguardia y Género del 17º BAFICI y hoy felizmente ya fue incorporada al catálogo de Qubit, pocos meses después de su estreno comercial en salas, en octubre de 2015.

 

Cualquier ser humano racional con una pizca de sensibilidad estética no puede dejar de apreciar sus méritos. El film consta de un sólo plano secuencia durante sus casi dos horas y media de vida. Sin embargo Victoria es una gran película no sólo por su innegable proeza técnica, sino además por su sorprendente precisión para manejar los climas sumamente versátiles que la animan. Esto último, en gran parte mérito de la preciosa interpretación de su protagonista, la joven actriz española Laia Costa, y del impecable trabajo de su camarógrafo y director de fotografía Sturla Brandth Grøvlen.

 

Victoria es una gran película no sólo por su innegable proeza técnica, sino además por su sorprendente precisión para manejar los climas sumamente versátiles que la animan.

 

Lejos de intentar seducirnos con impactantes vueltas de tuerca, el film alemán, cuyo guión apenas superó las diez páginas, trabaja el suspenso por intensidades a través del cuerpo de sus actores. Con personajes sombríos y enigmáticos, en el estupendo marco escenográfico que provee la imponente Berlín, su misterio se desdobla poco a poco en secuencias de una desesperante cotidianidad nocturna al borde del colapso. De ésta manera, Schipper logra sostener la tensión hasta el final. Y todo sin depender de elementos externos que por regla general frustran el curso natural de la acción, ésto es, su duración. El film no necesita de música incidental (los momentos selectos en los que apela a ella su función resulta más bien atmosférica) ni de artilugios de montaje para enfatizar los acontecimientos. En Victoria los elementos fluyen y colisionan por peso propio.

 

La interpretación de la joven Laia Costa merece un párrafo aparte. Sin haber representado grandes papeles en su incipiente carrera, su impronta en Victoria es deslumbrante y durante toda la película su personaje constituye el vehículo de la paranoia que se respira como azufre. Remanso y abismo, la joven española nos arrastra por una corriente de indeterminación donde los roles de víctima y cómplice se intercambian al infinito.

 

Si bien lleva el nombre de su protagonista, Victoria no es un “boy meets girl” devenido thriller, tampoco es un mero raconto de las experiencias fatídicas de una noche de juerga, ni las desventuras de una chica solitaria en una tierra desconocida. Con todo, el film de Schipper es también el retrato de una criatura desde sus mismas entrañas. La criatura en cuestión es de cemento y se llama Berlín, que mágica y embustera, gruñe y reclama su papel protagónico desde el inicio. Porque más allá de la historia que viven sus personajes, Victoria es un film generacional. Imagen viva de una ciudad y de las personas que la habitan desde la perspectiva de quien conoce a la perfección sus parajes más recónditos y oscuros.

 

Con la arriesgada Victoria, Schipper (si no lo conocés lo podés ver en su faceta actoral como protagonista en el drama ‘Tres’ de Tom Tykwer, también disponible en Qubit) logra inscribirse como autor en nuestra siempre cambiante nueva era del cine marcada por la irrupción del digital, que ya domina la escena contemporánea. Contra todos los nostálgicos y pesimistas que predican el fin de un arte que apenas cuenta con poco más de cien años de edad, Victoria colabora con estilo y virtuosismo en la convicción de que nuestro querido séptimo arte está más vivo que nunca. Gracias a las nuevas tecnologías que facilitan la producción de películas independientes (y su posterior exhibición en múltiples medios), podemos disfrutar cada vez más de un cine diferente. Un cine vivo y osado que no debe rendir cuentas a nadie. Capaz de crear monstruos sin efectos especiales, capaz de conmover y seducir sin artimañas. En resumidas cuentas, un cine que no pretende decirnos cómo debe ser el mundo ni cómo debemos comportarnos frente a él. Por el contrario, abrazamos este cine que nos pone cara a cara con un recorte del mundo, rostro esquivo y muchas veces incómodo, pero decidido a librar la batalla por nuevos horizontes estéticos.

 

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