Adventureland y los ochenta

Críticas

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Una vez, Norman Mailer había publicado un libro entero dedicado a Marilyn Monroe y alguien le preguntó a su colega Truman Capote a qué se debería la obsesión de Mailer con la actriz.  El autor de A sangre fría fue cáustico: “probablemente a que nunca la conoció”.  Como persona que vivió su primera juventud en los años ochenta, siento algo parecido cuando pienso en la obsesión reciente con la cultura popular de aquella década: creo que de haber estado ahí, estos veinteañeros se habrían decepcionado (y tal vez a mi generación le habría pasado lo mismo con sus mitificados sesenta).  Pero al menos los sesentistas vivieron revoluciones y cambios, la llegada del hombre a la Luna.  Hoy mismo, la web es una fuente de cambios constantes, de nuevas experiencias por virtuales que parezcan. Ahora veamos las novedades que dominaron los ochenta: el VHS, el SIDA y la máquina de ritmos.

 

La nostalgia es truculenta, engañadora; sobre todo si viene de Hollywood.  En los ochenta, por primera vez, el rock parecía ser tratado con real atención por los centros de difusión de la cultura, ocupando los grandes espacios. Pero detrás de la esperanza de la nueva generación había tufillo a marketing.  La ópera-rock concebida desde el vamos por músicos como Roger Waters o Pete Townshend dejó su lugar a comedias juveniles con argumentos intercambiables y bandas sonoras con diez o doce bandas de moda, que a veces ni siquiera sonaban en la película.  El aliento autogestionado de proyectos que apuntaban a diferenciarse de la media –lo que hoy llamaríamos indie– fue reemplazado por películas-envase a medida de los rankings de las radios.  Todo muy reaganiano.

Una película como Adventureland (2009), tan detallista con la cultura de la época, no habría podido hacerse en los ochenta.  Para empezar, su protagonista es un loser que no puede ir a la universidad porque sus padres no tienen plata y termina laburando en un Italpark pueblerino. El actor Jesse Eisenberg se parece algo a Steve Guttenberg, el protagonista de éxitos de los ochenta como Cortocircuito, pero las películas no podrían ser más diferentes.  El mérito es de Greg Mottola, el autor y director de Adventureland, que también lo fue de Superbad; pero aquí los gags son secundarios y lo principal es un clima agridulce que recuerda un poco el de su estupenda ópera prima, The Daytrippers.  El tono moderado pone en evidencia, justamente, el glamour artificial de las juvenilias ochentosas que de alguna manera emula.

 

“Una película como Adventureland (2009), tan detallista con la cultura de la época, no habría podido hacerse en los ochenta.”

 

Basta ver las elecciones musicales de Mottola, lo más parecido a pasar un rato de verdad por la época.  En Adventureland hace algo impensado: poner repetidas veces una misma canción –algo que el guión justifica– y encima se trata de “Rock me Amadeus”, uno de esos temas que sonaban todo el tiempo en las radios por obligaciones con las discográficas.  (Explicación: el músico austríaco Falco había tenido un verdadero hit en 1982 con “Der Kommissar”, que le valió un contrato internacional, y la compañía correspondiente difundió a mansalva la subsiguiente “Rock me Amadeus”, consiguiendo como siempre el hastío del público de a pie.)  La cara de disgusto de Jesse Eisenberg cada vez que suena la canción sería impensable en una película ochentosa.  Pero lo cierto es que el criterio musical de las radios de entonces era tan cerrado como en las actuales, o peor, y la mayoría de los artistas que hoy recordamos no tenían cabida en sus playlists.  Digamos, por cada tema de Sumo que podía escucharse en alguna FM argentina sonaban veinte de bandas instantáneas como Graffiti, Los Intocables o Certamente Roma (¡que imitaban a Fito Páez!)

Pero no todo fue un bajón; hubo momentos donde algo de lo que realmente pasaba en el ambiente –lo que los americanos llaman sense of place– se encontraba en la pantalla. El regreso de los muertos vivos (1985) es un buen ejemplo: a la vez homenaje y parodia de los zombies de George A. Romero, el film de Dan O’Bannon (guionista de la primera Alien) es una loca carrera de vísceras y extremidades sueltas por el encuadre –en pleno auge de los FX full flesh de Rick Baker, que dieron pie a un nuevo género llamado gore o splatter–, chicas tetonas a grito pelado como Jewel Shepard –quien con los años terminaría escribiendo estupendas crónicas sobre Hollywood– y música de alto voltaje cubriendo cada fotograma.  Están las omnipresentes máquinas de ritmo, claro, pero también bandas del punk más garagero como The Cramps o T.S.O.L.: todo velocidad y descontrol.  El regreso… tenía ya entonces un sabor rabiosamente barato –como diciendo “soy trash y me gusta serlo”–, era una invocación a lo más primal de la adolescencia, estúpida a un nivel militante, divertida a morir.  Fue un gran éxito del VHS.  La clase de película que hubieran disfrutado los personajes de Adventureland.
Nota: Un saludo para Peli, en cuya casa vimos El regreso de los muertos vivos para luego salir en banda al grito de “manden más cerebros…”

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