Alamar: la selfie del pájaro

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Dicen que niños y animales son enemigos del actor, porque cuando aparecen pueden robarse cualquier escena. Es así: esa pura espontaneidad habitual en ellos produce una magia más riesgosa que cualquier guión, divirtiendo aun cuando su energía sea pura dispersión.  El cine trató de explotar ese atractivo creando profesionales, monstruitos que imitan the real thing.  Así, decenas de perros fueron entrenados –y a veces la palmaban– para simular un único can superhéroe, como Lassie o Benji; chicos caprichosos y mentecatos en la vida real repiten los mohínes que les piden los grandes para convertirse en estrellas igual de caprichosas pero ahora impunes, como Macaulay Culkin o Shirley Temple.  Sí, cada tanto apareció un niño buen actor –y genios como Truffaut o Spielberg que sabían dirigirlos– pero aprendimos, a veces dolorosamente, que son la excepción a la regla.

El cine digital permite un acercamiento nuevo al fenómeno: ya no se trata de educar al salvaje, matando parte de su ser en el proceso, sino de capturar lo espontáneo.  Sin depender del celuloide, hoy una cámara puede permanecer prendida durante horas, incluso sin la presencia de un operador, lujo que antes sólo podía permitirse un millonario como Andy Warhol.  La idea prendió en la televisión y dio vida al reality, ese género que concentra la perversión voyeurista del medio.  Pero con un poco más de ética e ingenio, y cariño por las criaturas expuestas, se puede hacer gran cine.

“Sin depender del celuloide, hoy una cámara puede permanecer prendida durante horas, incluso sin la presencia de un operador, lujo que antes sólo podía permitirse un millonario como Andy Warhol.”

La película mexicana Alamar, como la italo-suiza La Pivellina (ambas de 2009), son notorios exponentes de la variante.  Construidas desde una situación que hace caso omiso de las diferencias entre ficción y documental, se limitan durante buena parte de su metraje a recoger y editar las reacciones de sus protagonistas.  En el caso de Alamar, ganadora del BAFICI entre otros festivales, se parte de una situación inicial que insinúa un drama o conflicto por venir: una pareja entre mexicano e italiana se separa y el niño, que vivía con sus padres en Yucatán, deberá partir a Italia con su madre, a quien apenas vemos.  La película es el testimonio de las últimas vacaciones de Natan con su padre y abuelo, que lo llevan a pescar con ellos en aguas del Caribe.

Es difícil adivinar sobre la marcha cuánto de este marco es ficticio, y en realidad no importa: luego, googleando un poco, será fácil averiguarlo.  Porque el 90 por ciento del metraje se centrará en esas vacaciones, donde el niño aprende los secretos del rústico oficio familiar.  Y ahí la película se vuelve documental, pura observación de la interacción entre ellos y la naturaleza.  Es fácil darse cuenta de que los adultos no están “haciendo como que”, sino que de verdad conocen el métier, y el asombro constante del niño también es genuino.  Más aún, vamos aprendiendo con él, y a la vez atisbando y comprendiendo los gestos de protección del adulto; nuestra identificación va del niño al padre y de vuelta a aquél durante todo el film.

Y entonces aparece lo inesperado, lo increíble, el ingrediente que hace a una película memorable.  Un ave zancuda curiosea por los alrededores y termina haciéndose “amiga” del chico, que la bautiza como Blanquita.  El bicho se convierte en un personaje más de la película; vuelve a visitarlos, y aprendemos a distinguirlo de otras aves.  En eso estamos cuando sucede un plano imposible en el cine “de antes”: desde la cabaña flotante donde está la familia, vemos al pájaro distraído, en el fondo del plano. Natan lo llama: “¡Blanquita!”  Y Blanquita planea en dirección a la cámara y termina posada frente a nosotros, en foco, en primerísimo plano.  Un milagro visual no muy distinto a aquella selfie que se sacó un mono de Indonesia sin saber que sería visto por millones de personas en todo el mundo.  De la misma manera, Blanquita entra al arcón de los grandes recuerdos cinematográficos de cualquiera que vea una vez Alamar, la película donde la realidad parece actuar para nosotros.  Podríamos imaginar a Spielberg o James Cameron reconstruyendo ese plano a la perfección en una computadora, pero el aura que tiene en Alamar –para usar el término del filósofo Walter Benjamin- es irremplazable… y eso que fue capturado por una cámara digital.

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¡A ver documentales!

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