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Asalto a la prisión 13: gestos de cine

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Esta semana QubitTV sumó a su catálogo Asalto a la prisión 13, la segunda película de John Carpenter como guionista y director. Para conmemorar tan grata ocasión, aquí van algunas palabras sobre un thriller de acción de una eficacia y sencillez formidables:

john carpenter

Decir que John Carpenter es fanático de Howard Hawks no es una novedad. La influencia del director de La adorable revoltosa y El Dorado en los films del “Horror Master” resulta innegable: desde su economía narrativa, pasando por el profesionalismo de sus personajes y hasta sus homenajes más directos, el cine de Carpenter está tan habitado por el de Hawks como el husky siberiano de La cosa por, bueno, La Cosa. Asimismo, y habiendo ya citado aquella inolvidable remake, son más de una las películas de su autoría que nacieron como fruto de su admiración por Hawks. Asalto a la prisión 13 es, en efecto, una de ellas.

Ideada como una suerte de Río Bravo moderna y ultraviolenta, tiene más de un punto en común con la película protagonizada por John Wayne. De hecho, en un pequeño y sutil homenaje puesto al pasar, su personaje –John T. Chance– figura en los créditos del film de Carpenter como su editor*. Pero las conexiones no terminan allí: desde el comienzo de Asalto…, en su introducción a las diferentes líneas narrativas que –sabemos– en algún momento se reunirán, se puede apreciar una manipulación tan cuidada y paciente como aquella exhibida por Hawks en la silenciosa primera secuencia de Río Bravo.

montaje

Hablando de silencio, éste también es de vital importancia para Asalto…, particularmente para la construcción de sus antagonistas, cuyas escenas se caracterizan por una inusual falta de diálogo, inquietantes silencios y, sobre todo, la irrupción musical de la inconfundible banda sonora del film. Compuesta por el propio Carpenter, su uso nos remite a la de John Williams en Tiburón, en tanto que su aparición en el relato es inmediatamente asociada a la presencia de “los villanos”; de manera que, apenas suenan las notas iniciales de esta pieza, nos vemos inmersos en una ineludible tensión. Sabemos que la amenaza se acerca, que las vidas de los personajes pronto estarán en peligro y que no hay nada que podamos hacer para advertirles. En pocas palabras, suspenso en su más pura expresión.

Por otra parte, estas escenas (el tiroteo inicial, el pacto de sangre, el paseo en auto) ofrecen un efectivo contraste con aquellas que presentan al protagonista del relato: el oficial Ethan Bishop, quien será víctima del famoso “ten cuidado con lo que deseas”. Deseoso de probarse en su nuevo puesto, bromea con su jefe y le dice que desea ser un héroe desde su primera noche. “Ya no existen los héroes, Bishop, sólo hombres que siguen órdenes” es la respuesta que obtiene, y es aquí que se manifiesta por primera vez la puesta en jaque del heroísmo, uno de los temas centrales de Asalto a la prisión 13.

Ethan BishopAustin Stoker

A lo largo del film y como acérrimo hawksiano que es, Carpenter se encarga de comprobar que el heroísmo no sólo sigue existiendo, sino que además sobrevive en y gracias a personajes que, a priori, no se presentan como héroes convencionales. Hablamos de los “héroes carpenterianos”, aquellos que –desde su cinismo, aparente desidia, y la alienación y subestimación de los demás– desafían prejuicios y encarnan aquellos valores que el cine clásico siempre le atribuyó a los John Waynes, Jimmy Stewarts y Gary Coopers. En cambio, acá nos encontramos frente a una joven secretaria de pocas pulgas y armas tomar (Laurie Zimmer), un oficial de policía negro y de escasa experiencia (Austin Stoker) y, sobre todo, un reconocido asesino a la espera de la silla (Darwin Joston).

heroes

Austin Stoker, Laurie Zimmer y Darwin Joston, los héroes del segundo film de John Carpenter.

Incluso hoy, a más de cuatro décadas de su estreno, Asalto… continúa sorprendiendo. Entre otras razones, por tratarse de una “segunda película”. Del mismo modo que Bielinsky con El aura o Tarantino con Tiempos violentos, Carpenter ostenta una inteligencia y economía narrativa verdaderamente atípicas para un realizador que se encuentra apenas en su segundo film. Esto puede apreciarse sin problemas en la serie de sutilezas que habita Asalto…, en todo aquello “que no se dice” o, para ser más específicos, en aquello que no se dice mediante diálogos, sino mediante gestos, tanto de la cámara como de los personajes.

john wayne

Ringo Kid (John Wayne) y Napoleon Wilson (Darwin Joston), dos héroes cortados con la misma tijera.

Se trata, por ejemplo, del cigarrillo que Napoleon Wilson (Darwin Joston) le solicita a todos los que lo rodean. En un principio, funciona a modo de comic relief; pero luego, cuando la mujer a la que él valora por su valentía le regala uno –en un momento de clara conexión entre ellos– el acto se resignifica por completo. Algo similar ocurre cuando Ethan le lanza un rifle a Napoleon: lo que a primera vista se presenta como un mero reflejo de supervivencia, es en verdad todo un acto de fe, la firma de una alianza, la unión entre dos lados de la Ley en pos de luchar contra un mal mayor. Tal como ocurría con los personajes de John Wayne y Dean Martin en Río Bravo, los gestos más relevantes de Asalto… se dan entre sus protagonistas masculinos: pese a su fama e historial criminal, Napoleon recibe el respeto y la confianza de Ethan y, en retorno, lo reconoce como autoridad. El silencioso cruce de miradas que se da en esta escena es prueba irrefutable de ello:

A la distancia, uno podría preguntarse por qué el policía decide confiar en el criminal. La respuesta es sencilla: porque lo ha visto actuar, y lo importante en este tipo de cine –ese que Hawks y Ford pregonaban– son las acciones de los personajes, no lo que se dice sobre ellos. Es un cine de acciones, no de palabras. Carpenter lo sabe y por ello puede llevar adelante el film de la manera en que lo hace: respeta al espectador ahorrándole diálogos explicativos e innecesarias justificaciones psicológicas, apela al desplazamiento de los cuerpos, juega con los límites del espacio y hasta se da el gusto de tirarle un baldazo de agua fría a la audiencia con una escena que, hoy, ya creemos imposible.

murder

Revisitar films es una actividad fundamental para el ejercicio de la cinefilia, pero en casos como Asalto a la prisión 13 se vuelve, además, una suerte de necesidad que uno, como espectador, inevitablemente siente. Particularmente en estas épocas de películas mediocres que reciben cuanta atención y premios esté dispuesto a entregar el Sindicato de Barrenderos, la Academia de Cine de Calamuchita o la tía del vecino del primo. Por el contrario, films como éste nos recuerdan que otro tipo de cine es posible: uno en el que el accionar de los personajes importa (tanto ante los ojos de los demás como para el devenir de la historia); un cine que puede ser entretenido sin jamás subestimar al espectador; inteligente y económico, nunca pretencioso o limitado; hawksiano hasta los huesos… y carpenteriano hasta la muerte.

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*En dichos créditos también podrán encontrar el nombre de Tommy (Lee) Wallace, íntimo amigo y frecuente colaborador de Carpenter, y responsable de una de las mejores secuelas de su slasher de 1978: Halloween III – Noche de brujas, película de la que ya hablamos acá.

One Reply to “Asalto a la prisión 13: gestos de cine”

  1. Patricio dice:

    Hola buenas noches
    Les escribo a quien corresponda para avisar que mientras veía esta película la misma presentó muchisimos inconvenientes, al punto de tener que parar en más de una oportunidad la reproducción.
    Desde ya gracias

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