Aventuras en los ochenta

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Los Goonies

 

Nostalgia aparte, de verdad hubo días dorados para los que fuimos chicos en los ochenta y tuvimos la suerte de que las aventuras que soñábamos aparecieran en la pantalla de los cines de la mano artesanal y cinéfila de Joe Dante, Steven Spielberg, Richard Donner o Rob Reiner (aunque en ese momento en que las películas tenían nombre y actores pero no director, poco podía importar quiénes eran estos tipos). Si uno tenía una pandilla de amigos y fantaseaba con que los extraterrestres, viajes intergalácticos o barcos piratas se volvieran reales, ahí estaba el cine (con películas como Los exploradores de Dante, E.T., Cuenta conmigo) que como por arte de magia los mostraba y demostraba hasta qué punto eran posibles. Los Goonies es una de esas películas: filmada por uno de esos directores que hacían bien su trabajo antes que ser estrellas (y bien que Donner lo hizo bien con las Arma mortal y las Superman), desde el comienzo establece claramente cómo funciona ese guiño que va del consumo a la producción del cine, o del nene sentado y deseante frente a la tele al nene que agarra la bicicleta y sale a buscar la aventura. Porque mientras en el televisor de una familia muy normal (la de Corey Feldman) de un típico pueblito costero con pinos se ve la escena de persecución que abre Una Eva y dos Adanes, por la ventana pasa el auto de los Fratelli recién escapados de la cárcel y perseguidos por la policía local. Los chicos de esa pandilla que se hace llamar Los Goonies todavía no lo saben, pero en las calles de su pueblo se está armando una que los va a llevar a todos al corazón mismo de una película, una con delincuentes y leyendas piratas y primeros besos robados en la oscuridad de una caverna.

“Si uno tenía una pandilla de amigos y fantaseaba con que los extraterrestres, viajes intergalácticos o barcos piratas se volvieran reales, ahí estaba el cine (con películas como Los exploradores de Dante, E.T., Cuenta conmigo) que como por arte de magia los mostraba y demostraba hasta qué punto eran posibles. Los Goonies es una de esas películas.”

Si Los Goonies es una película que da para volver a ver, solos o acompañados por hijos o sobrinos, ahora que otras películas como Súper 8 tratan de recuperar la calidad y la calidez de ese espíritu de los ochentas, es porque todo lo que contiene está tan bien hecho que sigue resultando altamente atractivo, y muy en especial el casting de pibitos que van a atravesar ese viaje de Indiana-Jones-en-miniatura: presten especial atención al pequeño oriental que no deja de sacar gadgets de un sobretodo de inventor enloquecido (con esa pasión por el invento casero que representa este cine como objeto a nivel microscópico y que está también en Gremlins, por ejemplo), al gordito lloroso de campera roja, y a un Corey Feldman descarado que acababa de descubrir el sexo y hace chistes tan zarpados que probablemente en su momento apenas los entendimos. El cine de los ochenta supo capturar grandes porciones de infancia en el cuerpo y el habla de chicos reales y reconocibles, y además y como una yapa sentimental, no deja de ser seductor embarcarse en una aventura que al fin y al cabo tenía como fin –en el argumento bastante típico de “juntar unos pesos para salvar nuestras casas que los empresarios malvados quieren rematar” – lograr aquello que nosotros no pudimos: que todo siguiera siendo igual, por un poco más de tiempo.

 

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