BAFICI: (20) años de cine

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Hay dos sensaciones que recuerdo haber tenido al cumplir veinte años. La primera, sorpresa por lo rápido que habían pasado esas dos décadas; la segunda, un infantil rechazo hacia la idea de estar cada vez más cerca de los treinta. Este año, la vigésima edición del Bafici me hizo recordar aquella sensación inicial: la fugacidad con la que acaba el festival siempre lo toma a uno por sorpresa. Es inevitable. Por más que nuestro cuerpo anhele físicamente su conclusión, pidiéndonos menores dosis diarias de café y muchas más horas de sueño, al finalizar las funciones sorpresa del domingo por la noche es imposible no preguntarse “¿Cómo? ¿Ya terminó? ¿Tan rápido?”.

Tal como esos once días de idas y vueltas entre las sedes, estos veinte años de Bafici “pasaron volando”. Sin embargo, la mirada del festival hacia el futuro no podría estar más alejada de mi rechazo por envejecer, digno de Joey de Friends. Contrariamente, el “Bafichi” –como dicen los extranjeros– abraza los desafíos que aparecen en el camino (programar tres funciones de una película de catorce horas, por ejemplo) y asume su edad con orgullo, postura que este año le permitió franquear el baño de nostalgia en el que se podría haber sumergido como consecuencia de su aniversario. De todos modos, el (20) BAFICI ya acabó y la difícil reinserción en la rutina, gris, nublada y ajena a la felicidad que tres films al día pueden generar, es ahora nuestra principal meta. Pero antes de dar vuelta la página y quedar a la espera del próximo evento que nos permita paliar la incurable cinefilia, me gustaría recordar algunos de esos instantes que, sacados de contexto, podrán sonar absurdos, pero que en el marco del festival porteño son moneda corriente.

Distinguir a un legendario director extranjero deambulando por la entrada del Recoleta Mall, poder acercarse a él, conversar acerca del insólito clima de la ciudad y luego entrar juntos a ver uno de sus films (compuesto de tan solo un plano fijo de 45 minutos) es una de esas inverosímiles secuencias que el Bafici puede proveer. Esperar la llegada de ¡John Waters! rodeado tanto de reconocidos críticos como de fans con el bigote pintado; pasar al lado de un hombre delgado con sombrero y no percatarse de que es Ewen Bremner (¡Spud! ¡De Trainspotting!) comiendo una empanada de verdura; y presenciar la misma situación diez días después, pero con Porcel Jr. y una de chorizo colorado. Como bien dijo Sergio Wolf en una de las charlas de esta edición, “cualquier cosa puede ocurrir en el festival”.

Sin ánimos de seguir reforzando dicho punto y que esta nota se torne un sensiblero listado de momentos (aunque me queden afuera las risas al unísono durante la sobresaliente película de apertura de Juan Villegas, el silencio sepulcral ante la potencia de Las hijas del fuego y la indescriptible experiencia de ver Fuego por primera vez en la pantalla grande), me gustaría compartirles tan sólo uno más, el cual tuve el placer de vivir a la salida del reestreno de E.T., el extraterrestre. Debían haber pasado más de diez años desde la última vez que había visto el film de Spielberg, por lo que era un reencuentro más que esperado para mí. No obstante, jamás imaginé que fuese a conmoverme de la forma que lo hizo.

Sus créditos rodaban hace ya un largo rato, pero mi cuerpo se resistía a volver a la realidad. De repente, las luces del Gaumont se encendieron, invitándonos a abandonar la sala. Sorpresivamente, nadie a mi alrededor parecía querer hacerlo: decenas de adultos, todos igual de emocionados que yo, secaban sus lágrimas y demoraban el mayor tiempo posible en dejar sus butacas. Eventualmente, nos vimos obligados a salir y, una vez afuera del cine, recordé que en apenas media hora comenzaba en el Village Recoleta la proyección de Grass, la última película de Hong Sang-Soo. El tiempo apremiaba y los medios de transporte escaseaban. Inmerso en una encrucijada y con la música de John Williams aún sonando en mi cabeza, giré hacia la plaza y corrí en busca de una bicicleta. Sí, el subte estaba a una cuadra y probablemente hubiese sido una solución mucho más práctica, pero la conmoción cinéfila en que estaba inmerso era tal que, sin dudarlo, tomé una de las bicis (con canastito y todo, me faltaba el alien cabezón nomás) y pedalee como un desquiciado por Av. Callao.

Probablemente se estén preguntando qué tiene que ver este extenso racconto con el cumpleaños del festival. Meramente el hecho de que, mientras emprendía esa carrera contra el tiempo y los impredecibles taxistas porteños, me sentí invadido por una rebosante cinefilia, esa misma que atraviesa estos (primeros) veinte años de Bafici y que, a mi parecer, hoy ya constituye un rasgo inherente a su identidad. Además, si no fuese por ese contagioso espíritu pasional, ¿cómo justificaría aquel innecesario esfuerzo físico, motivado únicamente por el deseo de arribar a tiempo a la proyección de una película independiente coreana, rodada en blanco y negro? Es cierto, en sus dos décadas de vida el festival puede haber mutado enormemente, pero su compromiso con la cultura persiste. Por ello, las autoridades, los artistas y los años podrán pasar, pero su capacidad para atraer a miles de personas e invitarlas a degustar el menú de cine más variado posible siempre seguirá vigente… y, si tenemos suerte, tal vez hasta nos haga creer que somos Elliot y podemos volar.

 

Felices 20 años, Bafici… y un brindis por muchos más.

 

 

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