Balnearios: a las aguas

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Balnearios: a las aguas

 

Mar del Sur, de las playas, de Miramar, de Zucco. Esos son los cuatro capítulos que componen Balnearios, una película que observa las costumbres del veraneo en la Argentina. ¿Observa? En realidad mucho más. Cuenta historias inventadas que simulan ser reales, describe con un ojo atento al detalle, y una voz, una voz en off definitoria: siempre sofisticada, sorprendida, anonadada, nada popular, borgeana, a veces rebuscada, y siempre exquisita. Balnearios se saca de encima cualquier atisbo de corrección política y se mete con cierta idea de las vacaciones. Lo verdadero no siempre es exactamente lo mismo que lo cierto. Tal vez en Balnearios haya mucho inventado, pero todo es cierto, con el poder de convencernos, de hacernos comparar lo visto con nuestras experiencias y observaciones: la historia del enorme hotel, o la vida de ese señor que celebra la vida de las aguas de los diques y pinta y esculpe unas cosas que se ven (y suenan) de una forma increíble. Y, sobre todo, son rigurosamente ciertas esas costumbres de la Costa Atlántica de la Provincia de Buenos Aires: la parafernalia playera, la disposición de las sombrillas, la caminata nocturna, los juegos en la arena, los locales de recuerdos, el viento, las olas, los perros, la relación con el mar. Y esta película sobre el veraneo tiene, además, la osadía, la capacidad y la inventiva (tres características que el director Mariano Llinás llevaría a nuevas cumbres en su posterior Historias extraordinarias) de usar diversos estilos mediante colores, fotografías, canciones, múltiples narraciones y descripciones. Cada historia, cada descripción, cada nueva situación se nutren de una creatividad desbordante, que puede llevarnos del chiste burlón a la emoción ante conexiones inesperadas. Balnearios es un mapa brillante que revela ángulos insospechados de territorios que creíamos perfectamente conocidos.

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