Canciones de amor

Críticas

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El musical es uno de esos géneros esquivos, complejos de asimilar si no se vieron varias películas. O si no se suspende la incredulidad como punto de partida. Así y todo los hay de distinto tipo pero con una suerte de obsesión común, que se pregunta cómo cotejar las ilusiones y la fantasía con los datos de la realidad cotidiana. O al menos eso hizo el musical durante mucho tiempo, hasta que los franceses nuevaoleros de los sesenta comenzaron a tirar las cosas por la borda y permitieron que el mundo “real” se intersectara con el mundo ideal, generando un efecto ya no solo indiscernible entre ambos extremos, sino un cambio en el tono, en el estilo, en donde lo musical se vuelve algo más melancólico y en donde el mundo real transita con las resistencias de la palabra cantada, que supone un modo de conjurar los embates de la vida diaria.

Canciones de amor -en la mejor tradición de los musicales de Resnais y Demy- propone un retorno a esa tradición del musical moderno, pero le suma un cambio de registro todavía más brusco, como si no le bastara ser lo suficientemente melancólico y tristón, opta por partirse en dos mitades: la primera de ellas con un formato de comedia leve, de enredos amorosos, de triángulos no muy bien tolerados por una de las partes de esa figura geométrica, pero con un tono definitivamente juguetón; la segunda, en cambio, opta por la oscuridad, por los tonos bajos, por la tristeza sin retorno. En ambas mitades el logro está en la apropiación de lo que parecen ser canciones populares (pero que están cuidadosamente compuestas para la película, exclusivamente), con las que los personajes hablan (y se hablan) a corazón abierto.

Canciones de amor -en la mejor tradición de los musicales de Resnais y Demy- propone un retorno a esa tradición del musical moderno”.

Christophe Honoré tenía 37 años al momento de hacer esta película, que revisa nostálgicamente algo que el cine francés supo hacer pero que durante décadas había abandonado (exceptuando algún acercamiento desesperado de parte de François Ozon). Con esta y otras películas posteriores, Honoré quiere hacer juego con su apellido y la tradición a la que interpela. Y por eso lanza un puente hacia el pasado, que, cuando habla con amor, es también un arma cargada de futuro.

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