Conan o muerte

Críticas

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Ahí donde el imaginario adolescente masculino cruza rock metálico, sagas fantacientíficas y complemento de pesas, la aventura de Conan reina: una ficción destinada a sublimar la testosterona burbujeante de los años del acné y el bigotito anchoa.  Originalmente una serie de relatos pulp escritos por Robert E. Howard para la revista Weird Tales (la misma que publicaba a Lovecraft), Conan evolucionó con nuevas aventuras escritas por otros autores a la muerte de Howard, y luego llegó a una nueva generación en versión cómic.  Pero recién en los años ochenta el personaje puso un pie –más precisamente, una bota peluda talle 45– en el cine, reviviendo el género de sword & sorcery (espadas y brujería) e instalando una nueva estrella europea en Hollywood: el fisicoculturista Arnold Schwarzenegger.

 

El principal crédito cinematográfico del austríaco, que rondaba los 30 años de edad al ser convocado, era el documental Pumping Iron (1977), que registraba su sexta victoria consecutiva en el concurso Mr. Olimpia (con Lou “Hulk” Ferrigno como contrafigura).  Los productores lo llamaron porque el teutón (nota: siempre quise poner “el teutón”) lucía igual al Conan dibujado por Frank Frazetta en los libros de la saga.

 

La verdad es que hoy Conan el bárbaro (1982) es aludida como “la primera de Arnold”, pero en ese momento era la nueva película de John Milius, el polémico guionista de Apocalypse Now cuyas ideas conservadoras y apego por las armas le habían valido el mote de “fascista zen”.  A tal punto esto era así que al momento del estreno, los críticos se dedicaron a buscar “mensajes subliminales” –como se decía entonces- para acusar a la película de reaccionaria: ponían énfasis, por ejemplo, en que el héroe era interpretado por un actor ario y el villano por uno negro (sí, no es joda).  Por suerte, nada de eso le importó mucho a los millones de motoqueros y nerds que llenaron los cines y la recomendaron sin reservas.  Milius, al revés de lo que solían hacer los directores de la industria con estos materiales, se había tomado muy en serio el encargo y construyó –a partir de un primer tratamiento escrito por ¡Oliver Stone!– un film de pocos diálogos pero gran dimensión épica, donde los temas clásicos del género –miedo, poder, destino- son abordados en profundidad, y subrayados por un monumental score de Basil Poledouris.  Mucho se habló en su momento de la brutalidad de la película, que incluye literales baños de sangre, pero Milius contestaba que en su Conan “nadie muere gratuitamente” y el tiempo le ha dado la razón.  Desde la primera escena de pillaje en el pueblo donde Conan vive con su familia, el peso de la violencia ejercida sobre los personajes deriva más que nada de su grado de desarrollo en términos narrativos, su humanidad y atractivo. Milius incluye rasgos de humor que ironizan sobre el propio Conan –una famosa escena lo muestra borracho, noqueando a un camello de una trompada– pero nunca se ríe de la saga, y rodeó a su novata estrella con un elenco superlativo: James Earl Jones como el maléfico y memorable Thulsa Doom, Max von Sydow en un breve pero importante papel, y la bailarina Sandahl Bergman –revelación del All That Jazz de Bob Fosse– como elástica compañera de aventuras.

Conan el bárbaro fue, por lo menos hasta la trilogía El señor de los anillos, la película-vara contra la que se medían todas las contribuciones cinematográficas al género, y hubo muchas.  Su productor Dino De Laurentiis fue el primero en aprovechar el éxito con un segundo film, Conan el destructor (1984), con Schwarzenegger y parte del elenco original; y, un año después, la “derivada” Guerrero rojo (Red Sonja), que en realidad es sobre una guerrera, la “Colorada Sonia” del título original interpretada por Brigitte Nielsen, y donde Arnold juega un rol secundario.  En estas películas, con Milius reemplazado por el veterano Richard Fleischer, el tono cambia y se acerca más a la media televisiva, con poca sangre, castillos de telgopor y un Conan ya convertido en héroe clásico.  Cuando vuelve a darle una trompada a un camello, por ejemplo, se pretende que nos riamos con él y no a sus expensas (es que ahora los guionistas eran de la Marvel).  El mayor acierto de Conan el destructor fue, probablemente, el casting de la modelo y cantante Grace Jones como una amazona que combate a lanzazo limpio.

 

En los treinta años transcurridos desde Conan el destructor Schwarzenegger no dejó de manifestar su intención de participar en una tercera parte, en la que Conan cumpliría al fin la profecía del dios Crom coronándose rey de su propio pueblo.  Extrañamente, el actor lograría primero gobernar en la vida real, como titular –durante dos períodos- del estado de California.  Ahora que está retirado de la política dicen que, por fin, el proyecto va a concretarse y se buscan locaciones en Almería, el set español donde fuera filmada Conan el bárbaro, así como incontables westerns.  No sólo de Terminator vive el hombre.

 

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