Dos artistas enormes

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Algunas novelas cuentan una historia pero En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, infinitamente ambiciosa y embelesada con su condición de novela total, quiso contar un mundo. De los sucesos políticos más resonantes al desamparo dramático de un niño que sufre cuando la mamá no le va a dar el beso de las buenas noches, del lenguaje particular de una sirvienta campesina hasta las excentricidades de un barón homosexual e histérico, del culto al ingenio y al refinamiento de la aristocracia, y la fascinación de un chico por ese refinamiento, y su desilusión posterior en aras del descubrimiento de verdades artísticas superiores, todo tiene lugar en ese territorio anchísimo que son los siete tomos de En busca del tiempo perdido. Rememoración emocionada de una época, y relato melancólico de un niño que nunca se recuperó del todo del derrumbe temprano de los mitos, y teorización sobre el arte, o sobre las posibilidades del arte para capturar el tiempo (pero no el tiempo en su duración sino en su esencia, su verdad, su forma trascendente), todo este mundo se comprime y avanza en el encadenamiento de las frases interminablemente largas y filigranadas de Proust, que todo lo analizan, todo lo envuelven, todo lo relacionan.

¿A quién se le podía ocurrir filmar todo esto, que es literatura en su estado más puro? No hubo muchos valientes: Volker Schlöndorff lo intentó, pero a decir verdad, sólo hizo una película de narrativa más o menos convencional con el primer tomo de En busca del tiempo perdido en Un amor de Swann (1984). Tuvieron que pasar quince años para que un cineasta mucho más ambicioso como Raúl Ruiz, chileno exiliado luego del golpe de Pinochet y compatriota de Proust por adopción (aunque el cine francés, hay que decirlo, también lo recibió con los brazos abiertos), se aventurara a convertir en imágenes el último tomo de la obra, El tiempo recobrado. La tarea, por supuesto, era imposible, y el cine tuvo que buscar su propio camino para construir un equivalente visual de esa especie de síntesis absoluta y de triunfo de la memoria que es El tiempo recobrado. Pero así como hay mucho de Proust –los personajes están, los hechos están, las frases faltan-, también hay un componente fantástico que es el del cine de Ruiz, el narrador enamorado de los cuentos extraños como los de Misterios de Lisboa (2010), el contador de historias tan fascinado con el mundo proustiano como con las leyendas de provincia chilenas de La recta provincia (2007) (en los dos casos, y esto habla de la falta de prejuicios de Ruiz a la hora de pensar el cine, se trata de series de televisión que también se proyectaron como películas). El tiempo recobrado, la novela, es el punto culminante en la extensísima obra de Marcel Proust, y El tiempo recobrado, la película, también marca un momento altísimo en la obra de Ruiz, que moriría unos años y pocas películas después, pero también es una buena puerta de entrada a la creación de dos artistas enormes.

 

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