Ebrio, apasionado y brillante

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John Huston es uno de los grandes irlandeses del cine, lo que no quiere decir que naciera en Irlanda sino que sentía correr en sus venas sangre irlandesa. Más que sangre, alcohol. Por eso esa filmografía suya a la que sólo cabe describir como bamboleante, ebria, apasionada y brillante. Huston fue, en Hollywood, uno de los primeros guionistas que pasó a la dirección y uno de los primeros directores a los que el mundo reconoció como autor, fue el cineasta que más y mejores finales ha filmado, y fue el realizador de por lo menos diez grandísimas películas, cosa de la que pocos colegas suyos pueden  ufanarse. Tanta es su influencia que Clint Eastwood lo tomó como modelo en Cazador blanco, corazón negro, en la que hacía de un director de cine obsesionado como Huston con cazar elefantes en Africa, jorobar a los productores, seducir mujer y pelearse a golpes de puño.

Habida cuenta de la gran cantidad y calidad de felices finales tristes filmados por Huston, comencemos por la última película de su carrera, la mejor despedida que alguien haya rodado nunca. Desde ahora y para siempre adapta un cuento de Joyce (The Dead, que es el título original de la película) cuya anécdota es pequeña, pero no trivial. Dos mujeres organizan un baile en la Dublín invernal de principios del siglo pasado. Durante la fiesta se come, se bebe, se charla, se canta, se baila, se recita, se tocan instrumentos, se discursa, se saca el cuero y se hacen correr chismes, entre otras rutinas ceremoniales decimonónicas y no tanto, que aquí parecen un réquiem de Huston para el mundo de sus ancestros y para sí mismo (murió seis días antes del estreno en el Festival de Venecia). No hay lentitud, sino calidez, ternura y lirismo. Entre otras fabulosas revelaciones, el protagonista, hombre de mediana edad, aprenderá que el peor rival por el amor de su mujer es un fantasma. El recuerdo clave de uno de los personajes de esta película, tomado del cuento, les sirvió a Rossellini y a Kiarostami para filmar Viaje en Italia y Copia certificada.

Las muertes, derrotas y fracasos del cine de Huston tienen el aire y el aura anti heroicos, románticos y sagrados que Hollywood le daba a sus ficciones y protagonistas. Bogart quizá sea el mejor ejemplo de perdedor admirable, de vencedor moral. Y Bogart era uno de los grandes amigos de Huston, entre otras cosas porque lo había transformado en el detective privado por excelencia del cine clásico en El halcón maltés. Poco después de aquel noir fundamental, filmaron juntos El tesoro de Sierra Madre, mezcla de policial y western contemporáneo en el que nadie gana salvo los espectadores, que asistimos al duelo de actuaciones desatado entre Bogart, Walter Huston (el viejo de John) y Tim Holt. El oro es la meta mítica por excelencia, símbolo de lo más deseado y de lo imposible, trampa para los idealistas y los impacientes. Nadie mejor que Huston para filmar en México (su otra patria, El Dorado más allá de la frontera, paraíso pagano) esta tragedia clásica disfrazada de película de tiros en la que los personajes descubren quiénes son cuando ya no les sirve para nada.

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