El amante

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Marguerite Duras siempre afirmó que la historia le había pasado a ella, pero quién sabe: El amante pertenece a la literatura, y entre tantos libros que retratan las relaciones nunca desprovistas de conflicto entre el imperio francés y las colonias del sur asiático, el de Duras tiene la particularidad de enfocar desde el erotismo uno de esos vínculos posibles. O mejor dicho imposibles, porque es un amor prohibido lo que está en el centro de El amante, narrada –en la versión cinematográfica de Jean-Jacques Annaud- con toda la melancolía retrospectiva de la voz de Jeanne Moreau.

El argumento es simple: a fines de la década del veinte una chica de quince años (Jane March) conoce, mientras cruza en un ferry el río Mekong para volver al colegio, a un chino de clase alta (Tony Leung) que le lleva casi veinte años. Él, de familia adinerada y educado en París, está semioculto en el asiento trasero de un auto reluciente; ella tiene puesto un vestido liviano que le marca el cuerpo todavía virgen, lleva trenzas y tacos altos, y esa mezcla enloquecedora de nena con mujer se corona con el toque extravagante de un sombrero de varón, algo que nadie usa. Mientras ella está apoyada en la baranda del ferry con gesto casi impúdico él la ve, y aunque el acercamiento es pudoroso encuentra en ella una respuesta inmediata. Se hacen amantes.

De ahí en más, se encuentran en un departamento que deja pasar el bullicio de una calle comercial a través de las persianas y tienen sexo sin taparse jamás con una sábana, en escenas escultóricas que le valieron a Annaud algunas críticas de hacer soft-core, o un erotismo demasiado coreografiado. El mundo alrededor de esa habitación donde gozan los amantes es difuso, no sólo porque la lluvia borronea los contornos sino porque el sexo entre ellos niega ese mundo, lo rechaza: él tiene una novia de familia bien y un matrimonio arreglado en el horizonte, ella, hermanos brutos y una madre indiferente, una familia pobre con la que no se conecta más que desde la vergüenza.

 

“El mundo alrededor de esa habitación donde gozan los amantes es difuso, no sólo porque la lluvia borronea los contornos sino porque el sexo entre ellos niega ese mundo, lo rechaza.”

 

Marguerite Duras colaboró con la adaptación de su novela al cine hasta que se peleó con el director y nunca más volvió a decir una palabra sobre el tema; Jean-Jacques Annaud, que había dirigido proyectos tan disímiles como una versión de El nombre de la rosa, de Umberto Eco, y El oso, descubrió a Jane March después de descartar a una infinidad de chicas y la inmortalizó con trenzas y los labios pintados de rojo. Después ella tuvo una carrera desastrosa, mayormente de papeles secundarios, y nunca pudo repetir la fascinación de esa pose que la volvía a encontrar al final de la película, de nuevo con el zapato apoyado sobre la baranda de un barco, yendo de regreso a Francia para hacerse escritora y nunca más volver a ver al amante de la China. Ese barco se llama Alexandre Dumas y no deja dudas en cuanto a qué es lo que se salva de todo lo perdido. El amante es una de esas historias no del todo “de amor” en las que no vale la pena preguntarse “qué hubiera pasado si”: como si fuera necesario aclararlo, lo que viene después es la literatura.

 

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