El amor atado

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Hay algo placentero, sensual, seductor en la forma en la que Joe Wright filma el color verde en Expiación, deseo y pecado. En la primera parte de la película, el verde lo inunda todo: la campiña inglesa, el verano y el calor, el vestido de fiesta que usa Keira Knightley en la noche que funciona como eje de la película. Todo es muy tranquilo, simple, bucólico, pero hay una tensión que flota en el aire, un deseo contenido que se siente en la cámara que busca, se pasea, pareciera querer mostrar algo que no se anima a mostrar. No se anima a mostrar como sus personajes no se animan a ver: hay algo de la represión de la sociedad inglesa antes de la guerra (esa que estaba a punto de cambiar para siempre), algo de esa sensualidad que se vuelve más pronunciada cuanto más se intenta negarla. Hay algo que quiere estallar en Expiación…, algo que busca, algo que late. Y Joe Wright, el gran cineasta elegante, lo muestra con mano relajada.

“Cuando finalmente la tensión estalla, lo que resulta que tenemos en nuestras manos es una gran historia de amor: de esas historias clásicas, con amores prohibidos, familias rancias y pasiones que luchan contra todo.”

Cuando finalmente la tensión estalla, lo que resulta que tenemos en nuestras manos es una gran historia de amor: de esas historias clásicas, con amores prohibidos, familias rancias y pasiones que luchan contra todo. De esas historias de amor con color de melodrama que pueden arrastrar al espectador, sobre todo gracias al trabajo de Keira Knightley y James McAvoy, y al trabajo de Wright, que sabe entregarse al melodrama sin olvidar nunca la sobriedad de un inglés correcto, amable. El romanticismo inglés corre por dentro. Es esa sobriedad la que le permite vestir su historia de amor de grandes escenarios históricos, de colores más apagados que los verdes del principio, de culpas y guerra y sangre. Incluso le permite un pequeño juego final (cortesía de Ian McEwan, autor de la novela en la que se basa la película), en el que la película reflexiona sobre la ficción y vuelve todavía más punzante esa historia de amantes cruzados y ese aire de destino maldito. Sin grandes gestos ni grandes despliegues (aunque sí con grandes planos secuencia), Wright construye un melodrama moderno, capaz de resultar a la vez arrasador y moderado para el espectador actual.

Uno de los grandes descubrimientos de Expiación… fue Saoirse Ronan, que por entonces tenía 13 años, y que interpreta a Briony Tallis. En el otro extremo, al final de su vida, el mismo personaje será interpretado por la gran Vanessa Redgrave. Saoirse, esa chica pálida de nombre impronunciable, es el centro de Expiación…: unos ojos celestes, temblorosos, ya no tan inocentes, que creen ver algo que no ven, que se niegan a ver lo que vieron, que no saben ver lo que todavía no conocen, esa tensión verde que vibra en la primera parte de la película.

 

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