La fiesta de todos

Críticas

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Ya nadie habla de liberación sexual, incluso parece que esa idea tiene olor a naftalina de varias décadas atrás (tampoco casi nadie habla de liberación a secas y tal vez sea porque se asume que, masoquismo mediante, estamos condenados a las ataduras). Lo cierto es que estando la liberación sexual metida en el closet, el que mejor renueva la apuesta por ella es John Waters, que sigue buscando derrumbar los últimos tabúes que pesan sobre cualquier forma de ejercicio de la sexualidad. Adictos al sexo, su última película a la fecha, es su proclama por un cine al servicio del descontrol, siempre en forma de comedia sin límites. “El sexo es lo más divertido que se puede hacer sin reír”, escribió Woody Allen, y aunque participó como actor en una película de Allen, Waters piensa distinto: uno de los actos más libertarios en relación al sexo es poderlo ejecutar pataleando de risa.

A Dirty Shame

El elenco de ‘Adictos al sexo’.

A partir de una guerra entre tribus del mismo barrio, de un lado los vecinos pacatos y del otro los pervertidos, la película se vuelve fiesta tribal, una orgía comunitaria que recupera el exceso de las primeras películas underground de Waters. Y volver a dibujar los suburbios de Baltimore significa también mostrar su catálogo de freaks, de sexópatas en busca de nuevos adeptos a la religión de la porno-anarquía. Por eso los fetichistas reinan en Adictos al sexo, sobre todo si nos podemos reír de sus fetiches, porque la excitación con risa hace temblar el cuerpo por partida doble. Alguien que se erotiza con la basura y otro al vestirse y actuar como un bebé, un matrimonio swinger que amenaza con nudismo cachondo, una stripper ninfómana tetona XXL y un trío de osos (hombres peludos, fornidos y gordos) son algunos vecinos que pueblan esta película suburbial, comandados todos por Ray Ray, sacerdote de la tribu porno interpretado por Johnny Knoxville, el doble de cuerpo de sí mismo, perfecto cómplice de Waters en el gag porno-físico, que había entregado toda la incorrección corporal en su saga televisiva y cinematográfica Jackass.

Johnny Knoxville en ‘Adictos al sexo’.

Cultor de un erotismo cinematográfico deforme, descartado de los gustos mayoritarios, Waters hace pequeños montajes vertiginosos de la historia de las nudies, o películas nudistas, cada vez que algún personaje se interna en el culto orgiástico, como un homenaje al pasado del sexo en el cine. Por eso, ante todo, en Adictos al sexo hay un revisionismo hilarante que alucina cuerpos sin estilización, con toda la carga de absurdo y fealdad, que el porno más industrial descartó y que Waters recupera como patrimonio de la propia humanidad. Como queda claro en un libro de reciente edición, Mis modelos de conducta, Waters fue pionero en la revisión del pasado porno, iluminando lo obsceno desde nuevos puntos de vista, como ya lo demuestra su parodia de Garganta profunda (1972) en Pink Flamingos (1972). Con sus gestos de terrorismo humorístico sexual, Waters prefiguró a Boogie Nights (1997, Paul Thomas Anderson) y a De deformes y de hombres (1998, Aleksey Balabanov), dos películas clave –y que se pueden ver en Qubit, al igual que Adictos al sexo– que retratan al mundo porno desde perspectivas que tratan de liberarse de la mecánica reproducción del sexo explícito.

 

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