La guerra infinita del cine nacional

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Hace un par de semanas, en una reunión familiar, mencioné que iba a ir al cine a ver una película de terror argentina. Me refería a Aterrados, el sobresaliente film de Demián Rugna que muchos bautizaron como el mejor de dicho género rodado en nuestro país. Sin ánimos de caer en ese tipo de innecesarias hipérboles –que, desde el prejuicio que despiertan, suelen perjudicar más de lo que engrandecen a su objeto, si es que tal fuese su objetivo–, creo con sinceridad que, dentro de la cinematografía local, Aterrados es una película verdaderamente extraordinaria (en el sentido más literal de la palabra), y lamento que no posea la misma difusión y convocatoria que ciertos exponentes extranjeros del género.

Pero el lamento sobre el que pretendo explayarme no es éste sino otro, que nació en aquella reunión: tras escuchar mi plan, un familiar que no formaba parte de la conversación irrumpió en ella para desembuchar su opinión; una tan desagradable que incluso ahora, escribiendo esta nota, me cuesta repetir. Iba más o menos así: “No entiendo… ¿la película es mala porque es de terror o porque es argentina? ¿Por qué la vas a ver?”. En retrospectiva, me arrepiento de no haberle respondido, pero la realidad es que sus palabras me tomaron por tal sorpresa que, antes que perder la compostura y replicar con una iracunda perorata, preferí guardar silencio e ignorarlo.

‘Aterrados’ (2017), de Demián Rugna.

Habiendo ya pasado unas semanas y viendo que sus palabras –aún resonantes en mi cabeza– podían serme de utilidad para escribir un par de ideas, me animo a responderle. En primer lugar, ninguna película es “mala” a priori: puede ocurrir que cierto film nos resulte fallido, malogrado o incluso que no se condiga con nuestros gustos cinematográficos o visión de lo que el cine es/debería ser. Sin embargo, ello no significa que, en tanto expresión artística, un film deba caer víctima de un juicio de valor tan reduccionista y absolutista como decir que es “bueno” o “malo”, de la misma manera que tampoco se puede justificar dicha adjetivación argumentando que lo es por inscribirse en tal o cual género, por escapar a dicha categorización, o incluso por haber sido filmado en determinado país.

Juan José Campanella dijo una vez que los argentinos vemos “películas malas” de Hollywood todo el tiempo pero que, a pesar a ello, seguimos consumiendo cine estadounidense con regularidad; algo que no ocurre con el cine nacional ya que, luego de una experiencia poco disfrutable con X título local, el espectador automáticamente desarrolla un prejuicio contra todo el cine argentino. Lamentablemente, dicho prejuicio es uno de los mayores males que aqueja a nuestro cine. Se trata de una traba ideológica, una suerte de virus cultural que, arraigado en el imaginario colectivo y manifiesto en las lastimosas palabras de aquel familiar, incluso pareciera ser alimentado por el propio sistema de distribución y exhibición. Veamos sino el caso de Las Vegas, la desopilante comedia de rematrimonio de Juan Villegas que, tras apenas una semana de exhibición, quedó relegada a sólo dos proyecciones en el Gaumont. Uno podría argumentar que el film tal vez no haya cumplido con la media de continuidad pero, como afirmó su director en Twitter, ese no fue el caso. Aún así, el film deberá padecer el capricho de los exhibidores, quienes, probablemente, estén muy ocupados contando las ganancias que las innumerables pantallas de Avengers: Infinity War les han traído.

Santiago Gobernori y Valentín Oliva en ‘Las Vegas’ (2018), de Juan Villegas.

Por otra parte, no es casualidad que, antes de sus estrenos comerciales, tanto Aterrados como Las Vegas fueron estrenadas y celebradas en el circuito de festivales (la primera participó de la competencia argentina en Mar del Plata, y la segunda ofició como función de apertura de la vigésima edición del BAFICI, nada menos), obteniendo múltiples elogios por parte del público y la crítica. Empero, nada de ello impidió que ambos films estén luchando a regañadientes por un espacio en la colmada cartelera local. ¿Acaso los festivales se han vuelto el último salvavidas de nuestro cine?

Sí, es cierto. La última película de Armando Bo, estrenada el jueves pasado, logró un insólito segundo puesto en la taquilla del fin de semana. Pero Animal, con su extensa campaña publicitaria, elenco convocante y distribución a cargo de la major de mayor peso (Disney), está lejos de augurar un destino similar al de los films de Rugna y Villegas. De hecho, que Aterrados haya obtenido una cuarta semana de exhibición en salas comerciales está mucho más cerca de ser un milagro que una decisión habitual dentro del sistema de exhibición. Bajo este panorama, esperanzarse con la desaparición del prejuicio hacia nuestro cine resulta tan ilusorio como creer que éste tiene posibilidades de brillar en una pantalla por fuera de la de un festival… o, por lo menos, de demostrarle a aquel familiar que sus preguntas, además de desubicadas, son infundadas.

 

 

 

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2 Replies to “La guerra infinita del cine nacional”

  1. Pablo Rivadavia dice:

    Muy buena la nota! Me pasa lo mismo con mis amigos, es lamentable la verdad.
    Una lástima. Aguante el cine argentino, carajo.

  2. Román Javier Giordano dice:

    El tiempo se encarga de macerar las críticas; y es benévolo y justo con las grandes obras. Pocas ventas y muchos elogios: el destino de las grandes obras.

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