La Nana: el drama micro

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La Nana

En 2009, La nana ganó un premio mayor en el festival de Sundance confirmando el buen momento que empezaba a pasar el cine chileno y que hoy ya no es secreto (baste ver la nominación al Oscar para No hace pocos meses).  Como La sagrada familia, Tony Manero o El salvavidas, La nana es obra de un director joven y casi debutante (Sebastián Silva); aprovecha al máximo las posibilidades que abre el cine digital –fue filmada en quince días en la casa del cineasta– y comparte valores estéticos del ayer nuevo cine argentino, con el que lo une además cierta impronta generacional.

Cierto, La nana es una de esas películas “minimalistas” que casi no utiliza los trucos del cine comercial: una situación argumental de vida o muerte, imágenes de gran espectáculo, música subrayando o construyendo el “clima”.  Y sin embargo brindará igual diversión y emoción que aquél al espectador que se anime a verla.  Silva toma una situación típica, la de la empleada doméstica “cama adentro”, y evita los lugares comunes tanto del folletín como de la denuncia teñida de paternalismo, tan común en el cine latinoamericano.  Desde el principio vemos que Raquel, la mucama que no es linda ni buena pero sí fiel y dedicada, ha hecho de la familia para la que trabaja la suya propia: una suerte de síndrome de Estocolmo que se da en el rubro y que será el sustrato, la semilla del drama, que se desencadenará cuando su salud se resienta y la patrona decida agregar una ayudanta, poniendo así en cuestión su lugar en la casa.

En este sentido, La nana funciona como una versión mínima y latina de Lo que queda del día (1993), aquel dramón de James Ivory con Anthony Hopkins y Emma Thompson (basado en brillante novela de Kazuo Ishiguro).  Allí veíamos al lacayo Stevens preocuparse más por los detalles de una importante celebración que por la salud decreciente de su padre, que moría en pleno convite.  Una escena dramática que terminaba de forjar el reprimido carácter de Stevens ante el espectador, y que Ivory reprodujo del libro tal cual.  Silva lo hace de manera mucho más simple y sutil: al comienzo de La nana, la familia le arma a la mucama una modesta celebración por su cumpleaños.  Mientras agradece los regalos, algo incómoda por ser el centro de la escena, Raquel recibe un llamado de su madre.  Después de intercambiar unas pocas frases con ella, le corta “porque aquí la familia me está celebrando”.  Es claro a quiénes considera Raquel su familia.

A diferencia entonces de La ceremonia (Chabrol) o la película de Ivory, y más en sintonía con el papel de la servidumbre en películas como Cama adentro o las de Lucrecia Martel, aquí no hay nada de trágico: nadie muere, nadie es amenazado ni chantajeado ni sufre por amor, no ocurre nada extraordinario, nada de lo que se piensa como “materia de ficción”.  Van llegando diversas ayudantas y Raquel entra en una crisis de celos que sacará a la luz sus más bajos instintos.  Sorpresivamente, todo esto da lugar a una comedia…  Que surge no ya del gag guionado, sino del detalle con que son observados todos los personajes, con sus virtudes, mañas y miserias.  El trabajo del elenco es sobresaliente –en especial el protagónico de Catalina Saavedra, en la línea de una Isabelle Huppert– pero florece a partir de la habilidad de Sebastián Silva como narrador.  El guión, que escribió con Pedro Peirano (No, 31 minutos) se basa en sucesos de su propia familia, y se nota: hay cosas que no se pueden inventar.

La gran lección de La nana, la que tendrían que aprender todos los estudiantes de cine, es que el drama, la ficción, pueden encontrarse en cualquier parte.  Algunos maestros lo supieron siempre: basta con ver una película de Rohmer o leer un cuento de Scott Fitzgerald (por ejemplo, “Berenice se corta el pelo”).  Ya vimos demasiados operaprimistas metiendo un revólver en el bolso de un personaje para construir interés dramático en algo que por sí mismo no lo despierta.  Queremos más películas como La nana.

 

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