La violencia está en nosotros: Una historia violenta

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Una historia violenta

Con la ayuda de Wikipedia, es fácil ver hasta qué punto Estados Unidos es un país sumamente particular. En primer lugar, es casi el único país de los llamados “occidentales” en donde existe, y se practica bastante activamente, la pena de muerte. Lo acompañan en la cruzada solamente países centroamericanos, africanos y asiáticos. También es, por lejos, el país en donde hubo la mayor cantidad de asesinos seriales. Tiene más del doble que el segundo, que es Gran Bretaña. Futbolísticamente hablando, sería el Barcelona de los asesinos seriales. Y, por poner un tercer ejemplo casi al azar, es un país que ha participado en varias guerras por década desde hace más de 100 años. No es cuestión de ponerse a hacer sociología barata frente a fenómenos tan variados y tan complejos, pero basta echar un vistazo a vuelo de pájaro para darse cuenta de que se trata de un país que tiene, tuvo y probablemente tendrá una relación bastante carnal con la violencia. A History of Violence, una de las mejores películas de la última década, fue traducida en la Argentina como Una historia violenta, pero una traducción más fiel sería Una historia de violencia. El título elegido por David Cronenberg sitúa la historia violenta que narra la película en el marco de una violencia más global. Una historia violenta contra el telón de fondo de una historia de violencia.

El argumento de Una historia violenta es engañosamente sencillo y puede reducirse a unas pocas líneas: La familia Stall (padre, madre, dos hijos) vive una vida pacífica y feliz en uno de esos pueblos perdidos en el centro de los Estados Unidos. Un día como cualquier otro, el padre (Viggo Mortensen) detiene un robo en la cafetería en la que trabaja, matando a los dos asaltantes, y cobra cierta notoriedad pública. A partir de allí, su vida da un vuelco de 180 grados. Tras ser erigido como héroe local y aparecer en algunos medios, llegan al pueblo dos gángsters que afirman conocerlo y empiezan a acecharlo a él y a su familia para que se haga cargo de una deuda de su pasado. Durante la primera mitad de Una historia violenta, las preguntas y la tensión van creciendo a un ritmo asfixiante: ¿Exactamente qué quieren los gángsteres con Tom Stall? ¿Es cierto que ese padre de familia tan aparentemente bueno y sencillo tiene un pasado oscuro o lo están confundiendo con otra persona? ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar él para defender a su familia? La segunda mitad, en la que las preguntas se disipan y Tom Stall toma el toro por las astas, es casi otra película: una de acción sequísima, áspera, prácticamente muda. El final, también uno de los mejores de la última década, cierra de forma sutil y contundente la película.

Una historia violenta tiene la enorme virtud de no estar machacando constantemente con el tema de la violencia a gran escala descrita en el primer párrafo. En ningún momento aparece un noticiero de fondo diciendo algo sobre la Guerra de Irak. Ningún personaje dice como al pasar que van a ejecutar a alguien en una cárcel. En la película de Cronenberg, especialmente al principio, la violencia es algo más subterráneo y latente. Una presencia ominosa que está agazapada detrás de una fachada de feliz cotidianeidad, siempre a punto de manifestarse y contaminarlo todo. La violencia aparece en las pesadillas que sufre la hija menor, en el acoso diario que padece con resignación el hijo mayor en la escuela y finalmente, en esos asaltantes y gángsteres que vienen de afuera a alterar la paz familiar y comunitaria. Pero es justamente ese afuera el que se irá borroneando a lo largo de la película. ¿En dónde está realmente la violencia? ¿Hay verdaderamente un afuera y un adentro? Las dos escenas de sexo de Una historia violenta son claves en este sentido. La primera, al principio de la película, es tierna y juguetona. La segunda, cerca del final, es salvaje, al borde de lo animalesco. A medida que avanza la trama, la ambigüedad va ganando terreno progresivamente y la violencia empieza a teñirlo todo de un gris cada vez más oscuro. Finalmente, al igual que otras grandes películas estadounidenses, como Un tiro en la noche (John Ford, 1962), La violencia está en nosotros (John Boorman, 1972) y Blue Velvet (David Lynch, 1986), Una historia violenta comienza mostrando dos versiones claramente contrapuestas de un país y termina sugiriendo que el límite entre ambas es poco claro, que quizás no sean más que las dos caras de una misma moneda.

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