Mr. Turner

Críticas

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Es difícil saber –sin tomarse un avión y recorrer el Reino Unido de norte a sur para verificarlo– si los británicos son bellos como Hugh Grant y Kate Moss o se parecen más a esos personajes de piel blanca, con partes rosadas que más que rubor parecen sarpullidos, las bocas finas como un papel y los rasgos tan “average” que dan ganas de llorar, de la familia que los gobierna. O si se parecen, para el caso, a los personajes muy británicos de las películas del británico Mike Leigh, un director que trabajó siempre con los mismos actores, que se dividen a grandes rasgos (a veces, demasiado grandes) en: mujeres de voz chillona, dientudas y de papadas colgantes como Ruth Sheen, o ratoncitos nerviosos como Brenda Blethyn, y varones que gruñen, payasescos y de nariz en punta como Jim Broadbent o redondos, retacones y con cara de nutria rechoncha como Timothy Spall.

Lo cierto es que si el cine de Mike Leigh es especial es porque con esas caras, esos cuerpos –y el universo que convocan, de gente de clase trabajadora que está entrando a la tercera edad, arruinada o más o menos conforme, negada, sola, a veces abiertamente mediocre–, las películas construyen la emoción sin atajos. Es decir: uno nunca se conmueve porque algún personaje de belleza publicitaria sonría o se le suelte una lágrima, sino por esa intimidad con seres siempre imperfectos, perdedores, acaso demasiado humanos. Y es con la cara y el cuerpo peliagudos de Timothy Spall como materia prima que en Mr. Turner, Leigh filma por primera vez una película de artista, género que se presta fácilmente para todo tipo de melosidades, profundidades, mitificaciones y rebusques, generalmente orientados a ilustrar la difícil estancia de un alma bella en un mundo adverso que no lo comprende.

Sólo que en el caso de Leigh, y en perfecta coherencia con sus películas anteriores, la poca o mucha belleza que pueda haber en las pinturas del artista romántico que rompió los moldes academicistas y llegó a prefigurar el impresionismo (hay mucha, y aunque violenta es sutilísima) no encuentra ni reclama una correspondencia escultórica en la mano regordeta que conduce en pincel, ni en los ojos que estudian un cielo incendiado. Además, aunque la ambientación de época es prolijísima y los encuadres cuidadosos de los paisajes persiguen la semejanza con los óleos y las acuarelas del autor, la película presenta a Turner desde el principio como un trabajador y un estudioso: de viaje por Holanda, se lo ve escudriñar el cielo pensativo y tomar notas en una libreta, sin dejar de hacer con la boca unos movimientos espantosos, casi de bicho. Y vuelto al hogar, lo primero que hace es preparar un caballete, pedir un lienzo, preparar todo para pintar. Después se verá al padre ir hasta la tienda a comprar unos polvos para preparar los colores que faltan, y discutir con el almacenero lo caro que está el azul, que se importa desde Afganistán. ¿Y después? No, no sigue la típica secuencia del pintor arrebatado dejándose llevar por un aliento divino en el momento de la creación; este Turner le da un beso al papá, a modo de agradecimiento, y después tiene sexo con una sirvienta fea, todo como al pasar.

Así, sin énfasis pero con destellos de emoción tan ronca como la voz de Turner o Spall cuando trata de cantar a Purcell con una dama de alcurnia que lo acompaña en el piano (y ni siquiera se acuerda la letra, pero la siente), Mike Leigh construye un artista memorable, complejo, tan concentrado genuinamente en su tarea que no puede evitar ser un bruto en muchas otras cosas, que posa toda la corrección que puede frente a una ex esposa resentida y se llena de agradecimiento frente a una posadera de carácter alegre que como primer gesto amoroso, le consigue una habitación con una ventana cómoda desde la que se puede ver el mar.

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