Nerds: Mi mundo privado

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Cine y coleccionismo

“Mi novia me había dejado, así que hice lo que cualquier hombre en un trance semejante: ordené mis discos”.  Algo así dice John Cusack al comienzo de Alta fidelidad (High Fidelity, 2000), versión de Stephen Frears que popularizó la novela del también inglés Nick Hornby.  El actor, que participó en la adaptación del libro, interpreta al dueño de una disquería especializada en vinilos: hoy día, una antigüedad al cuadrado.  Rob/Cusack decide analizar su historia sentimental para descubrir qué hizo mal, lo que incluirá reencuentros con antiguas novias -y no tanto- para pedir opinión.  La pasión que pone en diseccionar sentimientos es similar a la que dedica a hablar de sus discos, algo aún más desarrollado en la novela.  Rob es un coleccionista y un obseso, lo que algunos llaman nerd aunque no sea tragalibros.  Un niño grande que quiere tener sus sentimientos bajo control como hace con sus discos-juguetes; pero cada tanto le salta la púa y tiene que acomodarse.

El coleccionismo suele ser un signo de introspección y el cine ha demostrado, sobre el cambio de milenio, una extraña capacidad para sacarle jugo.  Después de todo, la cinefilia es la más elusiva obsesión que pueda imaginarse: si bien algunos la concretan en objetos como DVDs o copias en fílmico –es decir, la fetichizan– el cinéfilo ante todo atesora miradas, la experiencia de ver esas películas.  La diferencia entre “la vi/no la vi” y “la tengo/no la tengo” no es gratuita y puede separar el goce intelectual de la neurosis, aunque sea benigna.  Ahí lo tienen al bueno de Seymour, un coleccionista de discos de pasta (allá de blues y jazz, acá serían tangueros) en Ghost World (2002), adaptación del magistral comic de Daniel Clowes.  Seymour resulta todavía más entrañable que Rob, un poco porque lo interpreta Steve Buscemi (no muchos nerds tienen la facha de Cusack) y también porque lo vemos desde fuera: el punto de vista es el de dos adolescentes aburridas (Thora Birch de Belleza americana y Scarlett Johansson con la nariz de fábrica) que lo hacen objeto de una burla cruel.  Entre diálogos desopilantes de insatisfacción hormonal, literalmente extraídos del comic por su autor, Enid/Birch va pasando de la joda a la compasión y luego a la admiración, mientras busca un sentido a su vida insoportablemente normal.  El director del film, Terry Zwigoff –nombre a seguir: cinco películas, ninguna mala– también atesora viejos 78 RPM, de ahí que Seymour haya crecido considerablemente como personaje en el paso del papel a la pantalla (su amigo Robert Crumb, que aportó dibujos originales al proyecto, comparte la afición).  Ghost World no se estrenó en la Argentina: es un pequeño tesoro esperando ser descubierto.  ¡Y en Qubit la ofrecen gratis!

“El coleccionismo suele ser un signo de introspección y el cine ha demostrado, sobre el cambio de milenio, una extraña capacidad para sacarle jugo.”

Claro que estos introvertidos nerds que se dedican a cirujear antigüedades también pueden resultar un poco siniestros.  Uno que se pasó al lado oscuro de la Fuerza es el personaje de Samuel L. Jackson en El protegido (Unbreakable, 2000), la película que hizo M. Night Shyamalan justo después de Sexto sentido.  Por esa época el ingenio de sus guiones no había llegado aún a la caricatura; en este caso, despertó la admiración pública de Quentin Tarantino.  Elijah/Jackson es un pudiente galerista/coleccionista de comics que cree tener la clave de lo que le sucede al protagonista del film (Bruce Willis), quien viene de sufrir un accidente y empieza a intuir que algo sobrenatural está pasando.  No conviene anticipar mucho más, pero Elijah es un ejemplo –desde lo fantástico– de cómo el mal puede surgir de la marginación, el control y la obsesión, las mismas cosas que hicieron a Rob y a Seymour tan “ingenuos” y queribles en los otros films.  Cada tanto conviene vaciar la vitrina y decirnos, con cara de póster: “si amas a alguien, déjalo libre”.

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