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No veo películas viejas

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«No veo películas viejas» o «las películas en blanco y negro son aburridas» o «tal película envejeció mal». Hay quienes dicen cosas como estas cuando les recomiendo algún clásico para ver en Qubit. Le doy vueltas al asunto, intento dar con un argumento irrefutable para persuadir a fundamentalistas de la novedad, y fracaso, una y otra vez, tapado por el humo de la publicidad y el hype. Quizás es una quimera. Después de todo, pienso, es una cuestión de gustos.

Lo cierto es que hay películas. Las hay del presente y las hay del pasado. Las hay excelentes y no tan buenas. Logradas y fallidas. Divertidas y aburridas. En color y en blanco y negro. En sepia y en azul. También es cierto que tenemos una facultad de juzgar que media entre la sensibilidad y la razón, y que hace que consideremos algunos objetos bellos y otros no tanto, y conformemos un cierto tipo de gusto, en sintonía o en oposición a los parámetros dominantes de belleza de una época, una cultura y una clase social que nos condicionan. Me pregunto si acaso no seremos las personas, y nuestro sentido del gusto, quienes envejecemos mal.

Yo, por ejemplo, soy viejo, pero no tan viejo como para andar diciendo que no veo películas viejas. Cuando pienso en las películas de mi generación, pienso en las que descubría en puntitas de pie por las portadas de VHS que juntaban polvo en los anaqueles de ese videoclub-tugurio atendido por un pelado en Murguiondo y Crisóstomo Álvarez. Películas como Perros de la calle, The Addiction o Simple Men. Ay, los 90. Me dicen que estas películas son viejas, bueno. En cualquier momento me van a decir que una película de 2010 es vieja —¿no lo hacen ya?—, y luego habrá quienes digan que es vieja la película que se estrenó hace un par de meses. ¡Qué sentido del gusto más escueto y artrítico!

Todo esto viene a cuento de lo que me sucedió anoche cuando volví a ver Lo que sucedió aquella noche. Frank Capra dirigió esta comedia romántica en 1934; tenía 37 años, un viejo como yo. La película, considerada la madre —más bien la abuela a esta altura— de las comedias screwball, empezó con una energía arrolladora desde el primer minuto. Y mientras me sacudía las telarañas y me arrancaba de los ojos la resaca del CGI, pensaba: ¿Cómo puede ser que una abuela de 86 años sea tan ágil? ¿Cómo hace para conservar el ingenio, el timing y la frescura con más de ocho décadas de vida? Durante poco más de una hora y media volví a sentirme joven. Las personas envejecen. Los gustos envejecen. Las películas no.

Y todo parece indicar que en materia de gusto estamos cada vez más cerca de la necrológica. Somos como un anciano que se regodea una y otra vez con el mismo cuento porque sus neuronas están demasiado débiles como para aventurarse a nuevas sinapsis. Habitamos una suerte de demencia estética… Bueno, ya me estoy quejando demasiado, al final sí soy un viejo. Es que me sale tan fácil ser pesimista. Ay, los 90.

El pesimismo sin dudas es de viejo amargado. Salgamos de ahí. Igual que a la historia, dieron por muerto al cine tantas veces y tantas otras resucitó. El cine no tiene fecha de vencimiento, y paradójicamente, la mayoría de las películas que hoy consideramos jóvenes nacen con un pie en la tumba. Gobernadas por las prerrogativas del marketing, avergonzadas de sus arrugas y de sus manchas, se cubren el cuerpo con artilugios. El resultado estético es distópico, clonístico, formulaico, tanático. Demasiado serias como para ser tomadas en serio, demasiado risueñas como para hacer reír. Películas hechas con filtros de Instagram. El truco nace caduco y pronto se olvida.

¡Pero hay excepciones! Cada vez más tristemente esporádicas, pero las hay. Es innegable que todavía hay gente joven haciendo cine: Martin Scorsese, Lucrecia Martel, Quentin Tarantino, Clint Eastwood, Edgar Wright, Kelly Reichardt, Robert Eggers, Taika Waititi, Bong Joon-Ho, Paolo Sorrentino, Harmony Korine, Greta Gerwig, Judd Apatow, Adam McKay, y más.

Si se ponen a revisar las comedias románticas de los últimos tiempos, difícilmente encuentren una con tanto brío como la supuestamente vetusta Lo que sucedió aquella noche. «Vos porque estudiaste», me dicen, imaginando que me gustan las películas por su pericia técnica, o «vos porque le prestás atención a otras cosas», imaginando que como un oráculo interpreto los simbolismos sugeridos por una puesta de luces. ¿Desde cuándo el cine se convirtió en un arte para eruditos que estudian las películas como si fueran fósiles?

Por supuesto que una película de 1934 tiene cuestiones que pueden resultar anticuadas. Pero olvídense de ustedes por un rato y presten atención a cómo apuntan, disparan y aciertan esos diálogos a tan sólo siete años de la primera película sonora de la historia. Fíjense en el lenguaje corporal de la pareja de protagonistas. En los gestos atinados de Clark Gable y en las miradas oportunas de Claudette Colbert. En la lucidez y la precisión de Capra para poner en escena esta historia de amor entre opuestos cuya fórmula seguro han visto replicada hasta el hartazgo, pero que acá brilla por su eficacia y su originalidad. Vean, y más importante, sientan cómo resplandece en esos contraluces mágicos el mito del Hollywood de oro. Eso no envejece, viejo.

Denme argumentos. Díganme que la película no les gustó porque la encontraron fallida en esto o aquello, porque tiene tal o cual problema de guion, porque no comparten la forma en la que elige representar una cierta problemática, porque les cae mal el protagonista, o simplemente porque estaban de mal humor cuando la vieron. Pero hablemos de cine como si fuéramos jóvenes, como si nos arrojásemos al agua para huir del mandato paterno, como si en cualquier momento, de imprevisto, en un viaje en micro o en un hotel al costado de la ruta, pudiéramos enamorarnos de una persona desconocida. O díganme que no les gusta el cine. Pero por favor, no me digan «no veo películas viejas».

 


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One Reply to “No veo películas viejas”

  1. Rita dice:

    excelente entrada!

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