Olmedo perdido y recuperado

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no toca boton

Mi primera imagen de Alberto Olmedo viene de un programa que ya nadie recuerda: se llamaba Alberto Vilar, el indomable y en él interpretaba a un oficinista que siempre llegaba tarde y piropeaba a una sensual María Esther Gamas.  Era 1974 y yo, un crío de primaria.  Más duradera es la impresión que me dejó un ciclo que llevaba su nombre, durante 1978-79, con sketches como “El Ceniciento”, parodia invertida del cuento infantil (los hermanos le gritaban “¡andá a trabajar, Asdrúbal!”), o el delirante “Los andaluces”, donde se trenzaba en duelos verbales con Adolfo García Grau por los favores de Ethel Rojo.  Eran ciclos de humor blanco, donde el sexo era un terreno vedado pero sutilmente aludido.  Mucho se ha dicho sobre el repentismo incorporado por Olmedo a esos y otros programas de humor, pero su mayor capital siempre fue la gestualidad: los nuevos sentidos que disparaba a un guion estándar con sólo levantar una ceja, o esgrimiendo las mil formas de su sonrisa burlona.  Era irresistible.

Con la democracia llegó No toca botón y un (para mí) nuevo Olmedo, más picante y con libros de Hugo Sofovich: allí se travistió por primera vez (en “Lucy”, basada en la película Tootsie) y surgieron sketches de antología como aquel en que Javier Portales le tomaba examen de manejo a Susana Traverso, o la antesala en el canal de los personajes Borges y Álvarez, que antes se habían llamado Stanislavski y Grotowski.  Olmedo y Portales se sacaban chispas solos o peleando por la Traverso (que exhibía un interesante costado reo) o la más inaccesible Judith Gabbani.

Casi nada de todo eso existe hoy; tampoco El chupete, programa nocturno de los setenta que no me dejaban ver y que terminó abruptamente tras una mítica emisión en la que anunciaron el fallecimiento del actor y se armó un escándalo (Olmedo tuvo que publicar una carta titulada “Pido perdón por mi muerte”; igual los echaron).  Aquella broma macabra tiene mil versiones, porque los tapes nunca se conservaron, como tampoco los de los otros programas nombrados: algunos nunca se grabaron, otros fueron borrados o se perdieron en incendios.  De los primeros 25 años de televisión de Olmedo apenas sobreviven algunos tapes de Piluso y un breve ciclo con Susana Giménez.

El archivo deforma la memoria, porque hoy todos recurrimos, al nombrar a Olmedo, a sus últimos personajes: el Manosanta, Rogelio Roldán o el magistral dictador de Costa Pobre.  Y las “chicas Olmedo” son esas últimas y jóvenes modelos que lo acompañaron cuando el ciclo se mudó a Canal 9.  Es más, para una nueva generación Olmedo simboliza el humor de los años ochenta cuando en realidad entonces ya era un consagrado, casi un antiguo (el verdadero humor de los ochenta estaba en programas como Semanario Insólito o La noticia rebelde, pero de ellos se conserva todavía menos).  La repetición eterna de un mismo sketch es el recurso de un humor pretérito, forjado antes de Satiricón y los Monty Python.  La forma y el contenido de aquellos programas son de otra Argentina, más provinciana.  Pero el apogeo de esa cultura –los sesenta y setenta- ha desaparecido; sólo quedan las películas, donde Olmedo no podía improvisar, ni encontraba la adrenalina que había descubierto y preservado de los tiempos de la televisión en vivo.  Así y todo, los tapes que pueden verse en Qubit alcanzan para descubrir a un verdadero iluminado de la comicidad, imitado (Francella) pero jamás repetido

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