Ong Bak: Cine transpirado

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Del lugar menos pensado, un país que la mayoría no podríamos ni señalar en un mapa, llegó la que probablemente sea la mejor película de acción en lo que va de este siglo XXI: Ong Bak, estrenada en 2003 y filmada en Tailandia.

Tailandia  es, para sorpresa de muchos, cuna de una industria de cine de cierta importancia, pero también es (y esto tal vez otros lo sepan) la cuna de un arte marcial conocido como muay thai, un estilo particular que recuerda al kickboxing. De este contexto profundamente tailandés nace Ong Bak, una película de acción muay thai con un cierto componente nacionalista, un aire que recuerda lejanamente las películas de Bruce Lee y una agilidad que el cine parecía haber perdido.

 

La historia, como en toda buena película de acción, es simple: en un pueblo pequeño y pobre del norte de Tailandia unos ladrones se roban la cabeza de una estatua sagrada de Buda, muy venerada por todos. Un joven de la aldea (interpretado por Tony Jaa) decide ir a la capital, Bangkok, para intentar recuperar esta reliquia de las manos de unos traficantes inescrupulosos. El resto es velocidad, patadas y codazos, un ring de peleas ilegales, persecuciones por las calles de la ciudad (tanto a pie como en rickshaw) y trucos y saltos espectaculares ejecutados por el propio Jaa, quien supo trabajar alguna vez como doble de acción y que realiza todas las acrobacias de la película él mismo, sin efectos especiales ni trucos digitales, como demuestra la serie de heridas que sufrió durante el rodaje.

 

Del lugar menos pensado, un país que la mayoría no podríamos ni señalar en un mapa, llegó la que probablemente sea la mejor película de acción en lo que va de este siglo XXI: Ong Bak, estrenada en 2003 y filmada en Tailandia.

Los rumores dicen que el proyecto de Ong Bak nació por iniciativa del propio Jaa, que venía buscando una oportunidad para protagonizar una película y que, con eso en mente, armó un video de muestra en el que se veía todo lo que es capaz de hacer físicamente. Hizo circular ese video entre productores, hasta que cayó en manos de Prachya Pinkaew, un director y productor tailandés que quedó fascinado con Jaa. La película nació, entonces, alrededor de su actor protagónico, para su pleno despliegue físico. El propio Jaa había nacido en un pueblo del norte de Tailandia, tuvo sus primeras lecciones de muay thai en el templo local y venía de una familia de cuidadores de elefantes (un elemento que se vería en las secuelas de este éxito internacional que fue Ong Bak).

 

Gracias a la gran ductilidad de Jaa, a la destreza de Pinkaew, Ong Bak logra desplegar una potencia que parece salida de otra época y que tiene que ver con la acción física pura y el despliegue acrobático, algo que el cine de acción en general perdió a manos de un gigantismo digital. Las cosas que hace Jaa en pantalla son inverosímiles, parecen salidas de trucos moldeados por computadora, pero tienen todo el peso de un cine artesanal, filmado con cuerpo, con esfuerzo y sudor. No se trata solamente de las (múltiples) anécdotas de rodaje según las cuales Jaa sufrió torceduras, golpes y quemaduras varias, es algo que se puede ver en la película misma. Cuando llega una nueva secuencia de acción (y Ong Bak las tiene en cantidades generosas, es una película que sabe cuáles son sus fuertes), cuando en algún momento Tony Jaa realiza algún truco particularmente fascinante (y que a menudo involucra saltos), la propia película se detiene y repite la acción una y hasta dos veces. Jaa salta a través de un aro de alambre de púa; lo vemos una, dos veces. Jaa trepa por las paredes y cae con una doble patada; lo vemos una, dos veces. Jaa hace un giro y pega una patada en la primera vuelta y otra en la segunda. Todo esto la película se preocupa por mostrarlo en detalle y a menudo desde distintos ángulos, para que podamos apreciar toda la magnificencia de su figura principal: un milagro de puro cine llamado Tony Jaa.

 

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