Qué tendrá el petiso

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Al Pacino

 

Con los años nuestra imagen de Al Pacino ha cambiado: el sufrido actor del Método, que se robaba las escenas casi sin querer, ha mutado gradualmente en el divo que parece trabajar sobre seguro para que nadie a su alrededor pueda echarle sombra.  Basta ver la evolución de sus parejas femeninas en el cine: Diane Keaton (El Padrino, 1972) era seis años menor que él; Michelle Pfeiffer (Caracortada, 1983), dieciocho; Penelope Ann Miller (Carlito’s Way, 1994), veinticuatro; alguna de las varias mujeres que le hacen ojitos en 88 minutos (2007) bien podría ser su nieta.

Claro que Pacino (73 años al momento de esta nota) no está solo: otras estrellas masculinas de su generación, como Nicholson o De Niro, han tenido una evolución similar.  Pero nadie ha sido más consecuente que él en el estrellato: sus películas recientes hablan de un actor al que le importa cada vez menos lo que filma, que se siente cómodo convirtiendo una película en “tanque” con su sola presencia.  Arrugado, disfónico y con una importante biaba capilar de la que no se avergüenza –y que el periodismo no le reprocha; hasta en eso tienen ventaja las estrellas masculinas-, el viejo Al sigue haciendo películas de acción aunque al correr parezca ir pateándose las características ojeras.

“Diane Keaton (El Padrino, 1972) era seis años menor que él; Michelle Pfeiffer (Caracortada, 1983), dieciocho; Penelope Ann Miller (Carlito’s Way, 1994), veinticuatro; alguna de las varias mujeres que le hacen ojitos en 88 minutos (2007) bien podría ser su nieta.

Todo indica que no volverán los tiempos en que pasaba de Coppola a De Palma o Lumet, empeñado en hacer del héroe cinematográfico un hombre común; ahora poco importa quién dirige los films, siempre serán películas “de Pacino”, donde el actor parece interpretarse a sí mismo (Pacino detective, abogado, etc.) más que componer un personaje.  Puede darse el lujo: sigue cobrando fortunas por esos papeles.  Comparemos 88 minutos (director: Jon Avnet) con Noches blancas (2002, de Christopher Nolan; ambas pueden verse en Qubit).  El hombre parece estar haciendo el mismo papel: el veterano canchero que despierta admiración entre sus discípulos, y que esconde una mancha en su pasado, pero igual cumplirá con su destino de héroe.  Que en un film sea un psiquiatra forense en Seattle y en el otro un detective inspector en Alaska es anecdótico: hay más similitudes que diferencias.  Pacino es Pacino.  El secreto/mancha, condición para enriquecer el personaje, suele añadirse al guion por pedido del propio actor; así se hizo en el thriller de Nolan, quien por entonces sólo era conocido por Memento y reescribió algunos tramos sin protestar (la película rehace un thriller noruego de 1997).

El cambio en la carrera de Pacino (algo similar le pasó a De Niro) fue en los ochenta: desanimado, Al llegó a pasar cuatro años fuera de la pantalla, dedicándose al teatro, su verdadera pasión.  Cuando volvió en 1989 con Prohibida obsesión y la tercera parte de El Padrino, ya era otro, aunque al principio no nos dimos cuenta.  Resignado a su estrellato, se relajó y empezó a disfrutarlo: su filmografía se volvió más prolífica y versátil, menos pretenciosa.  La personalidad se impuso, como siempre y sin distinguir géneros, de la comedia romántica (Frankie y Johnny) a la adaptación de un comic como Dick Tracy; del thriller de corrupción política (City Hall) al drama deportivo (Un domingo cualquiera).  Cuando recibió su demorado Oscar por Perfume de mujer (1992), y mientras la crítica se deshacía en elogios por su interpretación del ciego que había hecho originalmente Vittorio Gassman, admitió sin culpa que no había visto “ni un solo metro” (sic) de la película.

En el “siga siga” de esta segunda parte de su carrera hay excepciones, y suelen estar relacionadas con el teatro.  El hombrecito bigger than life supo aceptar un papel secundario en El precio de la ambición (1992), adaptación de una obra de David Mamet; y trabajar en televisión, también con Mamet, encarnando a un sorprendente Phil Spector (2013).  Entrevistó a las grandes estrellas del teatro británico para su interesante docudrama sobre Shakespeare, En busca de Ricardo III (1996, dirigido por él mismo), donde juega con el papel principal de ese drama isabelino; hace poco repitió la experiencia con Wilde Salome (2011), sobre Oscar Wilde.  Brasco (1997), quizá el mejor de sus trabajos crepusculares, tiene un pulso teatral y fue dirigido por otro británico, Mike Newell.

El interesado en ese Pacino más serio y disciplinado hará bien en ver la meritoria adaptación de El mercader de Venecia que protagonizó en 2004 y que también puede verse en Qubit http://www.qubit.tv/content/85/el-mercader-de-venecia.  Allí este hijo de italoamericanos se revela como una opción perfecta para el usurero Shylock, odiado abiertamente en la antisemita sociedad veneciana del siglo XVI.  Al deja de lado el glamour y se lo nota interesado en dejar la mejor impresión en sus colegas británicos.  El clima amigable, lejos de divismos, debe haber colaborado para que el director Michael Radford (1984, El cartero) entregue una versión amena y accesible de la clásica pieza.  El film se cierra con un plano que remite al final del primer Padrino; sólo que la puerta que antes dejaba afuera a Kay, la ingenua esposa de Michael Corleone, ahora se cierra sobre el propio Pacino, cuando Shylock es puesto de patitas en la calle.

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